Columna de El Colegio de Economistas de Coahuila, A.C.

El valor de un parque en la ciudad
Por: Mtra. Gabriela De Valle Del Bosque
Cuando pensamos en la competitividad a una ciudad, la atención se centra en infraestructura, empleo, inversión o conectividad. Rara vez pensamos en el parque de la colonia. Sin embargo, ese espacio verde, aparentemente cotidiano, también forma parte de la ecuación económica y de bienestar de una ciudad.
Un parque bien ubicado, cuidado, seguro y activo genera valor urbano: mejora la calidad del entorno, incrementa su atractivo residencial y comercial y puede contribuir a elevar el valor del suelo y de las propiedades cercanas.
La lógica es sencilla. Dos viviendas con características similares no necesariamente tienen el mismo valor si una se encuentra frente a un parque arbolado, iluminado y activo y la otra junto a un espacio deteriorado, sucio e inseguro. Lo que cambia no es solamente el inmueble: cambia la calidad del entorno y, con ella, la calidad de vida que ofrece.
La plusvalía urbana, por tanto, no se construye exclusivamente dentro de una propiedad. Una parte importante se genera afuera: en las calles, las banquetas, el arbolado, la movilidad, la seguridad y, por supuesto, en la calidad del espacio público.
Pero el verdadero valor de un parque va mucho más allá de lo que puede reflejar el precio del suelo.
Para niñas, niños y jóvenes, tener cerca una cancha, juegos, árboles o actividades culturales significa contar con espacios para desarrollar habilidades, hacer deporte, convivir y descubrir nuevos intereses. Puede representar oportunidades de encuentro, pertenencia y aprovechamiento positivo del tiempo libre. Para las familias, ofrece además un lugar accesible para convivir, independientemente de su ingreso.
Es ahí donde el valor comienza a multiplicarse.
Un espacio público de calidad genera oportunidades para el deporte, la cultura y la socialización; favorece la inclusión, fortalece los vínculos comunitarios y contribuye a construir entornos más activos y seguros. El valor económico del parque escala así hacia otras dimensiones del desarrollo urbano y humano.
Por ello, rehabilitar un parque no debería entenderse únicamente como gasto en obra, equipamiento y mantenimiento. Es invertir en un activo urbano y social capaz de producir beneficios económicos, ambientales y, sobre todo, bienestar.
Esta visión conecta con uno de los principios fundamentales del desarrollo humano: el progreso de una sociedad no debería medirse únicamente por su crecimiento económico, sino también por las capacidades y oportunidades que ofrece a las personas para vivir mejor. Desde esta perspectiva, los parques son también infraestructura para el desarrollo humano, porque acercan oportunidades de salud, recreación, cultura, convivencia y desarrollo, especialmente a quienes menos alternativas tienen para acceder a ellas.
Y cuando construimos una red de espacios públicos de calidad y proximidad aparece otra dimensión: la competitividad urbana. Las ciudades no compiten solamente por empresas e inversión; también por talento y por ofrecer condiciones que permitan a las personas desarrollarse y vivir mejor.
Existe además una cuestión de equidad. Llevar espacios públicos de calidad a distintos sectores de la ciudad significa distribuir mejor las oportunidades y los beneficios del desarrollo urbano.
Un buen parque puede incrementar el valor de las propiedades que lo rodean. Una red de buenos parques puede incrementar el valor de una ciudad. Pero su mayor rendimiento se produce cuando ese valor se transforma en bienestar, oportunidades y calidad de vida.
Al final, esa es la medida más importante del desarrollo de una ciudad: no solamente cuánto vale, sino qué tan bien permite vivir.




