domingo, agosto 9, 2026
Inicio OPINIÓN HASTA GÖRING TUVO ABOGADO

HASTA GÖRING TUVO ABOGADO

Los Aliados tenían un pequeño problema al terminar la Segunda Guerra Mundial. Habían ganado. Ahora tenían que decidir qué hacer con los malos. Y vaya malos. Hitler estaba muerto, pero muchos de los hombres que habían diseñado, administrado y ejecutado la maquinaria nazi seguían vivos.

Podían fusilarlos. De hecho, casi todos querían hacerlo. Era rápido, barato y, después de todo lo que había pasado, difícilmente alguien iba a defenderlos. Pero eligieron el otro camino: Darles un juicio.

El 20 de noviembre de 1945 comenzó en Núremberg, Alemania, uno de los procesos judiciales más importantes de la historia. En el banquillo estaban personajes como Hermann Göring, mano derecha de Hitler; Joachim von Ribbentrop, ministro de Relaciones Exteriores; Wilhelm Keitel, uno de sus principales mandos militares; y Albert Speer, ministro de Armamento. No estaban acusados precisamente de estacionarse en doble fila.

Formaron parte de un régimen responsable de una guerra que dejó decenas de millones de muertos y del asesinato sistemático de seis millones de judíos. La tentación de simplemente eliminarlos era enorme. Winston Churchill era más de la idea de fusilar a los principales criminales nazis. Pero terminó ganando otra idea: Hay que juzgarlos.

Hoy se escucha “lógico”. En 1945, con Europa destruida, millones de muertos y los campos de concentración recién descubiertos, no necesariamente lo era. Y ahí está, para mí, lo fregon de Núremberg. Los ganadores tuvieron que darles a los nazis algo que los nazis les habían negado a millones de personas: La posibilidad de defenderse.

Göring tuvo abogado. Pudo hablar. Pudo negar. Pudo explicar. Pudo escuchar las acusaciones y tratar de justificarse. Y ahí llegaron las pruebas. Documentos. Órdenes. Telegramas. Fotografías. Videos. Registros. La burocracia nazi había sido tan obsesiva que terminó dejando buena parte del expediente para su propio juicio.

Ya no era: “Nosotros ganamos y ustedes perdieron”. Era: “Esto es lo que hicieron. Aquí están las pruebas. Ahora explíquenlo”. Y si que hay diferencia. Porque fusilarlos habría acabado con los hombres. Juzgarlos ayudó a evitar que después se hicieran víctimas o héroes cuando no eran ninguno de los dos.

Los dejaron hablar. Y después dejaron hablar a la evidencia. Además, no todos recibieron la misma sentencia. Doce fueron condenados a muerte, otros recibieron distintas penas de prisión y tres fueron absueltos.

Ese pequeño detalle importa. Porque si todos hubieran entrado por una puerta para salir directo rumbo a la horca, aquello habría sido una ejecución con escritorios y martillos.

El tribunal intentó distinguir responsabilidades. ¿Fue perfecto? Para nada. Núremberg fue criticado como “justicia de los vencedores”. Los jueces pertenecían a las potencias que habían ganado la guerra y los actos de los Aliados no fueron juzgados ahí de la misma manera.

Pero hay algo que me sigue impresionando. El mundo venía de solucionar sus diferencias durante seis años con tanques, bombas y cámaras de gas. Y cuando todo terminó, alguien decidió volver a poner una mesa. Unos jueces. Unos abogados. Y un expediente. Parece poca cosa. No lo es.

Ochenta años después seguimos teniendo una facilidad impresionante para dividir al mundo entre buenos y malos ( chairos vs fifis / trumpistas vs liberales). Y curiosamente, casi todos estamos convencidos de estar del lado de los buenos.

El problema llega cuando ganamos. Pedir diálogo cuando vas perdiendo es facilísimo. Hablar de respeto cuando necesitas que te respeten, también. La verdadera prueba llega cuando tienes el poder. Cuando el otro está en el suelo. Cuando tienes razón. O, por lo menos, estás convencido de tenerla.

Ahí sale esa tentación tan humana de dar una patadita extra. De humillar. De todas las que  traías guardadas. De convertir la justicia en venganza y luego ponerle un nombre más elegante para dormir tranquilos.

Obviamente nuestras peleas del día a día no son comparables con los crímenes del nazismo. Justo por eso Núremberg es muy bueno como ejemplo. Si después de todo eso pudieron sentar a Göring frente a un abogado, tal vez nosotros podemos aprender algo sobre qué hacemos con el de enfrente cuando nos toca tener la sartén por el mango.

Núremberg no nos enseñó que todos merecen perdón. Hay cosas imperdonables. Tampoco que debemos olvidar. Hay cosas que precisamente tenemos la obligación de recordar.

Nos dejó algo más: No convertirnos en aquello que odiamos o condenamos. Porque ganar una pelea te dice quién fue más fuerte. Lo que haces después con el que perdió dice mucho más sobre quién eres.

Eso aplica para países, empresas, familias, amistades y hasta para esas discusiones tontas donde, aun después de demostrar que teníamos razón, sentimos la necesidad de rematar con ro famoso: “Te lo dije”.

Los Aliados ganaron la guerra en 1945. Pero creo que una de sus victorias más difíciles pasó meses después, dentro de una sala, cuando tuvieron enfrente a algunos de sus peores enemigos. Derrotados. Desarmados. Y pudiendo darles una bala, decidieron entregarles un abogado. Hasta Göring tuvo uno. Creo que  ser mejor que el otro no se trata de solamente tener la razón. También se trata de saber qué haces con ella cuando la tienes.