
La paradoja de la formación profesional y el desafío de enseñar
La existencia de certificaciones como el EC0217 invita a plantear un cuestionamiento de fondo sobre el propio sistema educativo. Si la capacidad de enseñar es considerada hoy una competencia indispensable para miles de profesionistas, ¿por qué esta formación continúa siendo, en la mayoría de los casos, un componente ausente de los planes de estudio universitarios?
La contradicción resulta evidente; por un lado, el Estado reconoce oficialmente el valor de las competencias didácticas mediante estándares de certificación; por otro, esas mismas competencias permanecen al margen de la formación profesional inicial. En lugar de promover una transformación curricular que incorpore habilidades de enseñanza como parte del perfil de egreso de las licenciaturas, el sistema ha privilegiado la creación de mecanismos externos de certificación que trasladan al profesionista la responsabilidad —y, con frecuencia, también el costo— de adquirir dichas competencias una vez concluida su formación universitaria. Esta dinámica revela una fragmentación del sistema educativo; mientras las universidades acreditan el dominio disciplinar, otros organismos certifican la capacidad para transmitir ese conocimiento, como si ambas competencias fueran independientes, sin embargo, en la práctica, difícilmente puede separarse el conocimiento de la capacidad para comunicarlo, compartirlo y hacerlo significativo para otros. Saber y enseñar no son habilidades equivalentes, pero sí profundamente complementarias.
A partir de esta realidad surge una pregunta inevitable de política educativa ¿las certificaciones responden a una estrategia para elevar la calidad de la enseñanza o representan, en buena medida, un mecanismo para compensar vacíos formativos que la educación superior aún no ha resuelto?
El mercado laboral ofrece elementos para alimentar esta discusión; cada vez son más los profesionistas que, independientemente de su disciplina, deben capacitar personal, dirigir procesos de aprendizaje, transferir conocimiento, facilitar la incorporación de nuevos colaboradores o desarrollar equipos de trabajo. Si estas funciones forman parte creciente del ejercicio profesional, parecería más razonable revisar los perfiles de egreso y fortalecer los planes de estudio que continuar multiplicando certificaciones paralelas destinadas a desarrollar competencias que pudieron haberse cultivado desde la universidad.
La educación superior difícilmente puede limitarse a formar especialistas con un sólido dominio técnico; también está llamada a preparar profesionales capaces de comunicar ideas, construir conocimiento de manera colaborativa y facilitar el aprendizaje de otros. No se trata de convertir a todos los egresados en docentes, sino de reconocer que la enseñanza, en sus distintas formas, constituye hoy una competencia transversal presente en prácticamente cualquier ámbito profesional.
Mientras las universidades continúen privilegiando casi exclusivamente el conocimiento técnico y releguen la formación pedagógica a procesos posteriores de certificación, persistirá una paradoja difícil de ignorar; profesionistas plenamente competentes en su disciplina deberán volver a certificarse para demostrar una habilidad estrechamente vinculada con el ejercicio cotidiano de esa misma profesión y que, razonablemente, pudo haberse desarrollado desde su formación inicial. En consecuencia, la discusión no debería limitarse a la conveniencia de una certificación específica; el debate de fondo consiste en analizar hasta qué punto el sistema educativo está logrando anticiparse a las transformaciones del mundo laboral y responder de manera integral a las demandas sociales contemporáneas. Más que diseñar nuevos estándares para subsanar carencias formativas, el desafío parece radicar en revisar la arquitectura curricular de las profesiones e incorporar, de forma transversal, competencias relacionadas con la comunicación, la enseñanza, el liderazgo y la transferencia del conocimiento.
Solo mediante una revisión estructural de la formación profesional será posible avanzar hacia un modelo educativo que responda de manera más completa a las exigencias del siglo XXI, evitando que las certificaciones terminen desempeñando, de forma permanente, el papel de soluciones correctivas para competencias que pudieron haberse desarrollado desde el diseño mismo de la educación superior.
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