
Hoy estaba en una reunión con uno de mis proveedores cuando, entre una cosa y otra, me soltó una frase: “El escritorio es un lugar muy peligroso para el director.”
Inmediatamente saqué el celular y la apunté. Tengo esa maña. Desde que escribo con frecuencia me pasa algo chistoso: uno empieza a andar por la vida buscando la perla. Una frase. Una conversación. Algo que ves en un aeropuerto. Lo que te dice un taxista. Una sobremesa.
Una junta que parecía aburridísima y, de repente, alguien suelta algo que te hace pensar: “De aquí hay carnita”. Y hoy fue exactamente eso. Porque el escritorio sí puede ser peligrosísimo. Y no porque se vaya a caer encima de uno. Al contrario.
El problema es que es demasiado cómodo. Desde ahí todo se ve bien chulo. El Excel cuadra. La presentación tiene gráficas. Los indicadores están en verde, amarillo y rojo. Alguien preparó un reporte de 14 páginas que probablemente nadie leyó completo y todos dijimos estar de acuerdo muy serios en la junta. Y listo. Sentimos que conocemos la empresa. Hasta que sales de la oficina.
Resulta que John le Carré escribió hace décadas algo casi idéntico: “El escritorio es un lugar peligroso desde el cual ver el mundo”. Y en Hewlett-Packard existía una práctica que después Tom Peters hizo famosa: Management by Walking Around. Que dicho en Saltillense sería algo así como: Levántate de la silla y date una vuelta. No tiene mucha ciencia. Ve. Pregunta. Escucha. Asómate. Habla con la gente.
Toyota incluso convirtió esa idea en parte de su filosofía. Le llaman genchi genbutsu: ir al lugar donde están pasando las cosas y verlo con tus propios ojos. Porque hay cosas que simplemente no caben en un reporte. La cara de un cliente. El cansancio de un empleado. Una máquina que “funciona perfectamente”, pero que el operador tiene que darle 3 madrazos para que arranque. Un proceso absurdo que lleva quince años haciéndose así porque nadie se ha atrevido a preguntar por qué.
Eso no sale en PowerPoint. Y ahí creo que empieza una responsabilidad gigante del líder. Mientras más arriba estás en una organización, más fácil es alejarte de la realidad. Y además pasa algo peligrosísimo: La información empieza a llegar maquillada. No porque alguien quiera mentirte. Simplemente porque pasa por muchas manos.
El problema que empezó abajo como: “Esto está de la fregada”. Sube un nivel y se convierte en: “Tenemos un área de oportunidad”. Sube otro: “Estamos trabajando en ello”. Y cuando llega al director: “Situación bajo control”.
Una maravilla. Excepto que abajo sigue estando de la patada. Por eso creo que dirigir también implica ensuciarse un poquito los zapatos. Ir a la planta. Entrar al almacén. Sentarse con ventas. Visitar al cliente. Preguntarle al que lleva veinte años haciendo el trabajo qué cambiaría. Y, sobre todo, escuchar sin estar pensando inmediatamente qué contestar. Porque liderazgo no es saber más que todos. A veces es simplemente saber a quién preguntarle.
Pero mientras seguía pensando en esa frase, entendí que el escritorio no solamente es peligroso para un director. Todos tenemos uno. A veces nuestro escritorio es el celular. Desde ahí creemos conocer la vida de los demás. Vemos una foto y suponemos que alguien está feliz. Leemos un mensaje y creemos saber cómo está. Hablamos cinco minutos con nuestros papás y sentimos que ya sabemos cómo les fue en la semana. Preguntamos: “¿Todo bien?” “Todo bien”. Y asunto resuelto. Siguiente pendiente.
También administramos nuestras relaciones como si fueran empresas. Una llamada. Un WhatsApp. Una comida que llevamos tres meses diciendo que vamos a organizar. “Hay que vernos”. “Sí, claro”. Y otros tres meses.
Tal vez ahí también hace falta levantarnos del escritorio. Sentarnos a comer con nuestros papás. Visitar al amigo que no vemos. Escuchar una historia que ya nos contaron diez veces. Preguntar otra vez. Estar.
Y creo que escribir me ha enseñado precisamente eso. Un escritor tiene cierta responsabilidad de salir a buscar la perla. No necesariamente encerrarse enfrente de una computadora esperando que llegue la mejor idea. La perla normalmente está afuera. Está en una plática como la que tuve hoy. En el señor de la mesa de al lado. En una fábrica. En un viaje. En una plática con tu abuelo. En algo que viste camino al trabajo.
Hay historias pasando todo el tiempo. El problema es que para encontrarlas hay que estar ahí. Y con el liderazgo pasa exactamente lo mismo. Las respuestas importantes rara vez llegan solas al escritorio. Hay que ir a buscarlas.
No creo que debamos declarar la guerra a las oficinas. Mañana seguramente volveré a sentarme en la mía. El escritorio sirve. Ahí pensamos, planeamos, revisamos números y tomamos decisiones.
El problema es que confundimos el escritorio con una torre de control. Ningún reporte sustituye una conversación. Ninguna gráfica reemplaza ver a alguien a los ojos. Y ninguna pantalla alcanza a enseñarnos todo lo que está pasando allá afuera.
Así que la responsabilidad de un buen director, de un buen escritor y, pensándolo bien, de cualquier persona que quiera entender un poquito mejor su vida, empieza exactamente en el mismo lugar: Levantándose de la silla. Saliendo. Preguntando. Escuchando. Y buscando la perla. Porque el mundo está lleno de ellas. Nada más que, casi nunca están encima del escritorio.




