lunes, agosto 17, 2026
Inicio OPINIÓN QUE NUNCA DEJE DE SORPRENDERNOS

QUE NUNCA DEJE DE SORPRENDERNOS

Mi abuelito nació en 1950. Lo escribo porque este fin de semana, mientras viajaba con él, me puse a pensar en todo lo que ha pasado frente a sus ojos. Cuando nació, la televisión apenas comenzaba a meterse en las casas. Le tocó ver por primera vez una pantalla en blanco y negro y seguramente pensar que eso era algo impresionante.

Después llegó la TV a color. Vio aparecer aquellas computadoras enormes que ocupaban prácticamente un cuarto entero y funcionaban con tarjetas perforadas. Luego llegó el fax, que hoy parece una reliquia, pero en su momento era casi magia negra: metías una hoja por un lado y aparecía una copia del otro lado del mundo.

Después llegaron las computadoras personales. El teléfono celular. Internet. Los teléfonos dejaron de tener cable. Las cámaras dejaron de necesitar rollo. Los mapas dejaron de ser de papel. Las cartas se convirtieron en correos electrónicos y los correos, muchas veces, terminaron convertidos en un WhatsApp de tres palabras o un emoji/Sticker.

Ha visto al mundo cambiar una y otra vez. Y este fin de semana nos subimos juntos a un coche que no tenía chofer. Un Waymo. Hasta escribirlo se siente raro. Pedimos el carro, llegó por nosotros, se estacionó, nos subimos y arrancó. Solito.

El volante daba vueltas con el asiento del conductor completamente vacío. Mi abuelito y yo íbamos viendo aquella cosa como dos niños que se habían metido en una película del futuro. Nos reíamos. Veíamos el volante. Veíamos la calle. Volvíamos a ver el volante. Cada vez que daba una vuelta, frenaba o cambiaba de carril, volvíamos a sorprendernos.

En algún momento dejé de ver el coche y me quedé viéndolo a él. Pensé en todo lo que esos ojos han visto cambiar. El mismo niño que  se sentó frente a una televisión en blanco y negro estaba ahora, 76 años después, sentado junto a mí dentro de un carro manejado por una computadora. Y todavía se sorprendía. Eso fue lo que más me gustó.

Por un momento pensaría que después de ver cambiar al mundo tantas veces ya nada te impresiona. Pues no. Todavía faltaba la mejor parte. Más tarde íbamos caminando cuando vimos una tipo hielera con ruedas avanzando sola por la banqueta. Nos hicimos a un lado. Nos quedamos viéndola pasar. Era un robot repartidor.

Ahí iba el aparato, muy campante, llevando la comida de alguien. Sin repartidor, sin bicicleta, sin motocicleta y, sin ninguna preocupación en la vida. Otra vez nos paramos. Otra vez nos reímos. Otra vez quisimos entender cómo funcionaba.

Y ahí me cayó el veinte. Tal vez una de las cosas más fregonas que podemos mantener conforme pasan los años no es la juventud. Es la capacidad de asombro. De niños la traemos de fábrica. Todo es nuevo. La primera vez que vemos el mar. La primera vez que nos subimos a un avión. Una tormenta. Un edificio enorme. Un animal que nunca habíamos visto. Preguntamos por todo. ¿Cómo funciona? ¿Por qué? ¿Quién lo hizo? ¿Y cómo sabe a dónde ir?

Después crecemos y desarrollamos una habilidad bastante menos divertida: Acostumbrarnos. Y vaya que somos buenos. Hoy cargamos en la bolsa un aparato que nos permite hablar en tiempo real con alguien del otro lado del planeta, conocer nuestra ubicación exacta gracias a satélites que están allá arriba, tomar miles de fotografías, escuchar prácticamente cualquier canción que se haya grabado, consultar una biblioteca gigantesca y hacer una transferencia en segundos.

Y nos encabronamos porque tarda tantito en cargar Instagram. Qué rápido convertimos los milagros en servicios básicos. Quizá por eso me gustó tanto compartir ese momento con mi Tito. No solamente porque nos subimos a un carro autónomo. Sino porque después de 76 años viendo al mundo cambiar una y otra vez, todavía tuvo ganas de ver el volante. Todavía preguntó. Todavía se rió. Todavía dijo: “Qué bárbaro”. Y yo también.

No sé qué nos vaya a tocar ver en los próximos años. Seguramente llegará el día en que subirse a un carro sin conductor sea tan aburrido y normal como hoy tomar un elevador. Puede que los robots repartidores serán tan comunes que dejaremos de tomarles foto y empezaremos a mentarles la madre porque estorban en la banqueta. Así somos. Pero ojalá no nos pase del todo. Ojalá a los 50, a los 70 o a los 90 años todavía exista algo que nos haga detenernos. Que nos haga voltear. Preguntar. Reírnos. Decir: “No puede ser”.

Porque este fin de semana entendí que crecer no significa dejar de sorprenderse. Mi abuelito nació en 1950. Vio la televisión en blanco y negro, la televisión a color, las tarjetas perforadas, el fax, las computadoras, internet y los celulares. Y este fin de semana vio cómo un coche se manejaba solo y un robot repartía comida por la calle. Pero de todas las cosas que le ha tocado ver cambiar, creo que hubo una que me dio muchísimo gusto descubrir que sigue exactamente en el mismo lugar: su capacidad de asombro. Ojalá nunca se nos quite eso.