
Yo no escribo de política. No porque no tenga opiniones. Claro que las tengo. Simplemente hace mucho decidí que ese no era mi tema. Hay suficientes personas que saben muchísimo más, que se dedican a eso y que lo hacen todos los días. Yo prefiero escribir de otras cosas. Y hasta hoy he respetado bastante bien esa regla.
Pero también escribo. Me gusta muchísimo hacerlo. Y cuando algo toca directamente la libertad que tenemos para sentarnos frente a una computadora, escribir lo que pensamos y publicarlo sin miedo, se vuelve bastante difícil hacerse pato. Así que no voy a hablar de partidos. Ni de buenos y malos. Mucho menos de quién debería gobernar.
Voy a hablar de algo que me importa muchísimo más: la libertad de expresión. Porque hay algo de ella que a veces se nos olvida. También protege al que dice cosas que nos encabronan. Para escuchar cosas bonitas no necesitamos ninguna libertad. Qué fácil defender al que piensa como nosotros, al que nos aplaude o al que siempre levanta la mano para decir que sí.
La cosa cambia cuando alguien dice: “No estoy de acuerdo”. O peor: “Creo que lo estás haciendo mal”. Ahí es donde realmente sirve la libertad de expresión. Para que un periodista investigue. Para que alguien haga una pregunta difícil. Para que un monero se burle. Para que un columnista escriba lo que piensa. Incluso para que alguien diga una absoluta tontería.
Porque ser libre para expresarnos nunca ha significado tener razón. Significa poder decirlo. Y mañana volverlo a hacer.
Últimamente he pensado mucho en las listas. Yo hago listas para todo. La del súper. La de pendientes. La de invitados. La de cosas que tengo que hacer antes de salir de viaje. Son buenísimas. El problema empieza cuando en lugar de pendientes empiezas a poner nombres. Quién escribió. Quién criticó. Quién entrevistó a quién. Quién conoce a quién. Quién compartió qué.
Y luego vienen las flechas. Esas son mis favoritas. Porque pones veinte fotografías en una pantalla, empiezas a cruzarlas con flechas y en cinco minutos parece que acabas de descubrir quién mató a Kennedy. Este conoce a aquel. Aquel trabajó con esta. Esta entrevistó al otro. ¡No bueno!
Resulta que los periodistas conocen periodistas. Lo que sigue será descubrir que los doctores tienen amigos doctores. Pero al final de todo eso hay algo que ya no me da risa.
Pensar que algunos de los periodistas, conductores y columnistas más conocidos y respetados de este país se levantan todas las mañanas y se ponen de acuerdo para ver cómo fregar a una sola persona. Hay que creerse verdaderamente importante.
Me imagino el grupo de WhatsApp.
—Buenos días. ¿Quién le tira hoy?
—Yo puedo en la mañana.
—Yo no, tengo programa.
—Yo agarro economía.
Por favor. ¿No habrá una explicación mucho más sencilla? ¿No será que nadie se puso de acuerdo? ¿No será que personas que incluso piensan completamente distinto simplemente llegaron a conclusiones parecidas? Porque si veinte personas diferentes te están diciendo algo similar, tienes dos opciones: investigar quiénes son esas veinte personas…o escuchar qué chingados te están tratando de decir.
Ahí se me borra la sonrisa. Si un periodista miente, desmiéntelo. Si publicó un dato falso, presenta el correcto. Si un columnista escribió una pendejada, contéstale. Faltaba más. La libertad de expresión también protege el derecho a responder. Pero una cosa es contestar ideas. Y otra empezar a juntar nombres. Sobre todo cuando la lista viene de arriba.
No nos hagamos patos. No pesa igual una lista que hago yo en mi computadora que una lista presentada por alguien que tiene o representa al poder. Eso no significa que una lista sea automáticamente una amenaza o que mañana perseguirán a quienes aparecen ahí. Pero vivimos en México. Y aquí demasiados periodistas han sido amenazados y asesinados por hacer su trabajo como para fingir que señalar nombres públicamente es cualquier cosa. Hay que tener tantita memoria.
Yo escribo opinión. Y estos días me hicieron valorar muchísimo algo que quizá había empezado a dar por hecho. Tengo el privilegio de colaborar en distintos medios y compartir páginas con personas muchísimo más experimentadas y reconocidas que yo. Algunas hoy aparecen en listas. Y ahí tengo sentimientos encontrados. Por un lado, me encabrona. Pero por otro, me hizo voltear a ver algo que no agradecía lo suficiente. Jamás uno de esos medios me ha dicho qué pensar. Nunca me han pedido pegarle a alguien. Nunca me han exigido defender a otro. Nunca me han cambiado una postura para acomodarla a una línea. Me han dado libertad. Y hoy la agradezco más que nunca.
La libertad de mandar un texto sabiendo que las ideas son mías. De equivocarme. De escribir algo con lo que probablemente hasta el propio medio esté en desacuerdo. Y quiero que siga así. Mañana, el próximo año y dentro de muchos años. Pero no solamente para mí. Quiero lo mismo para quien piensa distinto. Para quien me cae gordo. Para el periodista que admiro y también para aquel que leo y pienso: “Este cuate piensa bien raro”.
Y quiero que al día siguiente ambos puedan volver a escribir. Eso es libertad de expresión. Por eso importan las listas. No solamente por los nombres que traen. Por lo que pueden provocar. Que alguien quite una pregunta. Que otro borre un párrafo. Que un periodista piense dos veces antes de publicar. Que alguien diga: “Mejor hoy no”. Ahí perdimos todos.
No necesitas prohibirle hablar a una persona si consigues que tenga miedo de hacerlo. Y aquí creo que nos toca algo a todos. No convertir esto en una pelea de partidos. No defender la libertad solamente cuando el señalado piensa como nosotros. Defenderla siempre. Seguir preguntando. Seguir escribiendo. Seguir opinando. Y cuidar entre todos algo que hasta hoy hemos tenido y que sería una estupidez empezar a dar por hecho.
Porque la libertad del que piensa como tú está facilísima de defender. La prueba de verdad es defender la del que no soportas. Así que hagamos listas. La del súper. La de pendientes. La de propósitos. La de invitados. Pero cuando alguien con poder empiece a hacer listas de quienes hablan, preguntan o critican…que no nos dé miedo seguir haciéndolo. Que no bajemos la voz. Y que nunca falte alguien suficientemente libre para decir: si hace falta, apunta mi nombre también.




