Un café con mi Yo de 23 años
No estaba nervioso. Bueno… quizá un poco ansioso. Habíamos quedado de vernos a las seis de la tarde. ¿En un café? Yo ni siquiera tomo café. Él menos. Pero ese había sido el trato. Como siempre —bueno, como siempre después de muchos años de impuntualidad— llegué diez minutos antes. Pedí un té, escogí una mesa y me senté a esperarlo. A los 53 años mi forma de vestir es mucho más desenfadada: jeans, tenis y camisa con las mangas arremangadas. Supongo que, con el tiempo, uno deja de vestirse para los demás y empieza a vestirse para sentirse cómodo.
6:15 p.m. Y entonces lo vi llegar. Más flaco de lo que recordaba. Distraído. Caminando como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me vio, sonrió, se acercó y se sentó frente a mí. —¿Qué onda, cabrón? ¿Qué nos pasó? Me reí. —¡No chingues! Nomás pasaron treinta años. Vestía una playera blanca con logos, jeans y tenis. Me miró de arriba abajo. —Pues parece que el tiempo no mejoró mucho nuestra forma de vestir, ¿o sí?
—Sí cambiamos —le dije—, pero siempre terminamos regresando a donde nos sentimos cómodos. Sacó un cigarro y lo encendió. Lo observé por unos segundos. —¿Todavía Fumas? Me miró extrañado. —Pues sí… ¿tú no? —No. Dejé de fumar hace un año. Deberías hacer lo mismo. Soltó el humo y sonrió con esa seguridad que solo se tiene a los 23. —Yo lo puedo dejar cuando quiera. Primer error. Tardamos 30 años en dejarlo.
—¿Qué vas a tomar? —le pregunté. —Pues café no tomamos. Déjame pedir un refresco. Pidió su refresco y, apenas se lo llevaron a la mesa, soltó la primera pregunta seria. —Oye… ¿cómo es la vida de casado? —¿Neta me vas a preguntar eso? —Pues sí. Yo vivo a toda madre con mis papás. No tengo idea. Me reí. —La vida de casado está bien. Tiene altas y bajas. Te enojas, te contentas, discutes, haces las paces… pero está bien. —¿Y los hijos? —Tenemos dos. Y los dos ya terminaron la carrera. Se quedó callado unos segundos. Creo que intentaba imaginarse siendo papá. —No manches… Sonrió.
—Oye, ¿y cómo es la vida en 2026? —Más rápida. Mucho más rápida. La tecnología está por todas partes. Sus ojos se iluminaron. —¿A poco ya hay carros voladores? —¡Jajaja! No manches. Deberías dejar de ver tanta televisión. —¿Cuál tanta? No tenemos cable y solo hay cuatro canales.
Miró alrededor del lugar. La gente revisaba sus teléfonos, escribía mensajes, veía videos, tomaba fotografías. —Oye… ¿qué tanto ve toda esa gente los cuadritos que traen en la mano? —Son teléfonos celulares. — Orale, si los he visto en películas, pero ¿Cómo funcionan? Saqué el mío. —Es como el teléfono de la casa, pero te lo llevas a todos lados. Frunció el ceño. —A caray… ¿entonces todo mundo es importante? —¿Cómo? —Pues sí. Si eres médico o tienes un familiar enfermo, entiendo que necesiten localizarte. Pero si no… ¿nadie puede esperar a llegar a su casa para hablar por teléfono?
Me hizo reír. —Es que ya no sirven solamente para hablar. Mira, te conectas a internet, recibes mensajes, correos, fotografías, ves videos, buscas información…Abrió los ojos. —¡A la madre! ¿Internet en el teléfono? —Sí. Miró nuevamente alrededor. —¿Y de dónde se conectan a internet? Nadie tiene un cable. —Inalámbricamente. Redes, antenas, satélites…—¿A quién se le ocurrió semejante mam…? Se detuvo y volvió a mirar a la gente. —Pero… ¿ya nadie platica? Mira. Todos están viendo esas madres. Volteé a mi alrededor. Tenía razón. —Sí. Algo hemos perdido en el camino. Estamos más comunicados que nunca… pero muchas veces hablamos menos.
Se quedó pensando. Después cambió de tema. —Oye, ¿y qué hicimos toda la vida? ¿Trabajamos? ¿Viajamos? ¿Nos divertimos? —Sí. Trabajamos, viajamos y nos divertimos. —¿Mucho? —Digamos que sí. —¿Conocimos China? —Sí. Golpeó ligeramente la mesa. —¡No manches! ¿Y cómo es? —Muy grande… y hay muchísima gente. —¿Y la comida? —Digamos que encontrar un McDonald’s a veces se siente como encontrar un tesoro. Soltó una carcajada. —¡Órale! Sí has de haber sufrido. A como somos para la comida…
Nos reímos. —¿Te sigues reuniendo con los mismos amigos? —Con varios, sí. Ya no nos vemos con tanta frecuencia, pero cuando nos vemos sigue existiendo el mismo afecto. —¿Y seguimos trabajando? —Pues claro. Si no, ¿con qué comemos? Puso cara de decepción. —No manches. Yo me quiero retirar a los 50. Y si puedo antes, mejor. —Claro. A los 23 años todo parece fácil. Me miró fijamente. —Pues es fácil… ¿o quién lo hizo difícil? Me quedé callado. Qué buena pregunta. ¿Quién lo hizo difícil?
—La vida —respondí finalmente—. Las experiencias. Las responsabilidades. Y, sobre todo, nuestras decisiones. —Entonces… ¿tomamos malas decisiones? Pensé unos segundos antes de contestarle. —Digamos que hubo momentos en los que pudimos haber tomado mejores decisiones. Pero no me arrepiento de las que tomamos. Algunas nos hicieron perder tiempo, otro dinero y algunas nos dolieron bastante… pero todas nos enseñaron algo. Esas experiencias terminaron formando nuestro carácter. Asintió. —Entiendo.
Tomó un poco de refresco y me hizo la pregunta que, quizá, había esperado toda la tarde. —Entonces dime algo. ¿Qué tengo que hacer para que cuando llegue a los 53 podamos decir: “Misión cumplida”? Sonreí. —Híjole… para tener 23 años haces muy buenas preguntas. Se acomodó en la silla. —A ver. Te escucho.
—Primero: conserva a tus amigos. Pero a los verdaderos. A esos que sabes que, si les llamas a medianoche porque tienes un problema, van a estar ahí. Durante la vida siempre tendremos gente con quien salir, reírnos o pasarla bien. Pero los verdaderos amigos también aparecen cuando las cosas se ponen mal. A esos, cuídalos. Guardó silencio. —Segundo: cuando tengas oportunidad, aprende de finanzas. No necesitas convertirte en economista, pero aprende cómo funciona el dinero. Aprende a utilizar los créditos y las tarjetas a tu favor, para que las deudas nunca terminen utilizándote a ti. —Eso suena aburrido. —Lo sé. Pero créeme: algún día te vas a acordar de esta conversación. Sonrió.
—¿Qué más? —Aprende a vender. Hazte experto en ventas. —¿En ventas? ¿Y qué vamos a vender? —Primero vas a aprender a venderte como profesionista. Después tendremos la oportunidad de ser comerciantes y hacer negocios. Algún día entenderás que, de una manera u otra, todos vendemos algo: una idea, un proyecto, nuestro trabajo, nuestra experiencia o nuestra capacidad. —¿Y para eso sigo estudiando? —Vas a seguir estudiando. Mucho. No tienes idea de todo lo que todavía vas a aprender. Se rio. —Qué bueno, porque el maestro de álgebra de la prepa pensaba que ni siquiera la prepa íbamos a terminar. —Pues se equivocó. —¡Qué bueno!
—Y otra cosa: hazte experto en algo. Escoge un oficio, una profesión, una habilidad… y domínala como pocos. En el futuro habrá algo que se llama YouTube y encontrarás miles de tutoriales para aprender prácticamente cualquier cosa. —¿You qué? —YouTube. —¿Y eso qué es? —No importa. Por ahí de 2005 vas a entender. —¿Y cómo voy a saber que lo que estoy aprendiendo es lo correcto? —Porque cuando decides dominar algo de verdad, nunca es tiempo perdido. Pensó un momento.
—También aprende a tocar un instrumento. Guitarra, piano, violín… el que más te guste. Te ayudará a concentrarte, a desconectarte y, algunas veces, a olvidarte de los problemas. —¿Algo más? —Sí. Aprende otro idioma. Hablar inglés dejará de ser una diferencia; se convertirá casi en una obligación. Así que aprende otro: chino, alemán, coreano… el que quieras. Nunca sabes qué puertas puede abrirte.
Se quedó mirándome. —¿Y ya? Negué con la cabeza. —No. Falta lo más importante. Me incliné un poco hacia él. —Nunca dejes pasar la oportunidad de decirle a la gente que la quieres. Nunca pierdas la oportunidad de hacer sentir bien
a alguien. Si admiras a una persona, díselo. Si quieres a alguien, demuéstraselo. Si puedes abrazar a tus seres queridos, hazlo. Si puedes llamar a un amigo, llámalo. No guardes esas cosas para después. Su expresión cambió. —Vamos a perder gente que queremos, ¿verdad? Esta vez tardé un poco más en responder. —Sí, y va a doler mucho.
Bajó la mirada. —Es parte de la vida. Pero si les demuestras tu cariño cada vez que tengas oportunidad, cuando ya no estén no te quedarás pensando en todo lo que no dijiste. Te quedarán los recuerdos. Y créeme… con los años, los recuerdos se vuelven uno de nuestros tesoros más importantes. Miré el reloj. Habían pasado más de dos horas. Era tiempo de irnos. Nos levantamos.
Por unos segundos nos quedamos frente a frente. Treinta años de distancia separados apenas por unos centímetros. Nos dimos un abrazo. Antes de soltarlo le dije: —Espero que la próxima vez que nos veamos, te haga sentir orgulloso.
Se separó, me miró a los ojos y sonrió. —Ya lo estoy. No supe qué responder. Tal vez porque, después de tantos años buscando aprobación, resultados, éxitos y respuestas, nunca imaginé que esas tres palabras vendrían precisamente de mí mismo. Comenzó a caminar hacia la salida. De pronto se detuvo.
—¡Oye! —¿Qué? —Antes de que me vaya… dime una cosa. —¿Qué cosa? —¿Cuántas veces más van a ganar el Super Bowl los Vaqueros de Dallas en estos treinta años? Me quedé mirándolo. De todas las preguntas que podía haberme hecho…
Creo que para esa no estaba preparado.




