viernes, agosto 14, 2026
Inicio OPINIÓN EL COTIDIANO DESPERDICIO

EL COTIDIANO DESPERDICIO

Cuando un hombre es presa de sus emociones, no es su propio amo

Spinoza

Vivimos en la era de mayor auge del mercadeo emocional. Tradición oral, literatura, periodismo, poesía, teatro, radio, cine, televisión y hoy las redes sociales han sido históricamente no solo vehículos para entretener, comunicar, formar e informar, sino, básicamente, para vender emociones y sentimientos.

Cada una de ellas nos proporciona estímulos sucesivos para sentir ternura, compasión, alegría, amor, deseo, esperanza, nostalgia, pero también miedo, odio, rencor, indignación, envidia, enojo y hasta furia.

Pero la diferencia entre la venta tradicional de emociones y la revolucionada, es que pasamos de ser simples espectadores a formar parte activa del fenómeno tecnológico de la interconexión múltiple, que nos permite experimentar una amplia gama de emociones y sentimientos en pocos minutos, adherirnos o repeler a quienes emiten sus opiniones, opinar nosotros mismos y recibir aceptación o rechazo.

En las redes sociales concurren todas las expresiones humanas. Lo mismo los defensores de mascotas que sus detractores, lo que están a favor o en contra de un gobierno, de una religión o una postura respecto de temas actuales como la equidad de género y la integración a esta discusión de las nuevas autopercepciones; los que venden y los que compran, los que filosofan, los que cantan, los que nos hacen reír o capitalizan nuestra indignación.

La indignación, por cierto, tiene características que la vuelven especialmente rentable. Produce una activación intensa; proporciona la sensación de haber reconocido una injusticia; confirma nuestra pertenencia al grupo de “los buenos”; autoriza cierta agresividad contra quien ha sido colocado en el lado reprochable y permite experimentar compromiso sin asumir necesariamente una obligación posterior. El acto de condenar produce una recompensa moral inmediata.

Experimentamos a ritmo de metralla emociones y sentimientos, que nos aligeran a ratos, o nos invaden durante otros. Al final terminamos agotados, o tan embotados que nos dedicamos simplemente a “escrolear”. Cuando cesamos esa actividad ya han pasado preciadas horas de nuestra vida… desperdiciadas.

Aquí habría que precisar que consumismo no es lo mismo que consumo. Este último es la conducta, el primero un patrón dominante de repetición e incluso compulsión. Consumimos emociones y sentimientos de forma satisfactoria en una poesía, una película, una buena novela, pero lo hacemos de forma compulsiva, por tanto, insatisfactoria, en las redes sociales, y entonces sentir se convierte en una gratificación inmediata que queremos repetir constantemente o sustituirla rápidamente por otra; agotamos la experiencia sin establecer una relación duradera con aquello que la produjo y necesitamos nuevas dosis tanto como intensificar la experiencia.

En las redes la emoción es la principal protagonista; adquiere un valor económico no solo mucho más alto que en las formas tradicionales, sino difuso. No gana nada más la plataforma, sino miles de “creadores de contenido”. Ahí somos al mismo tiempo los productores, los guionistas, los directores, los actores y los espectadores.

Pagamos la infraestructura que nos permite entrar al mercado emocional: dispositivo, conexión, aplicaciones o suscripciones; una vez dentro, nos dedicamos reaccionar y nos volvemos presa fácil del algoritmo, que nos dará más y más de lo mismo.

Creemos que elegimos el contenido de acuerdo con nuestras preferencias, pero el sistema también va formándolas mediante repetición, selección y dosificación. No solamente descubre qué nos emociona; aprende a emocionarnos de maneras rentables.

Todo esto nos lleva a una pregunta antropológica muy inquietante: ¿qué ocurre cuando emociones y sentimientos dejan de surgir principalmente de la experiencia vivida y comienzan a ser solicitadas, administradas y sustituidas por estímulos sucesivos?

Dice Viktor Frankl que entre el estímulo y la respuesta hay un espacio en el tenemos el poder de elegir nuestra respuesta y, a partir de ello, ejercer plenamente nuestra libertad. La velocidad con que nos estimulan las redes sociales reduce a casi nada esa oportunidad.

Parafraseando a Daniel Goleman si nuestras habilidades emocionales no están en nuestras manos, no importa cuán inteligentes seamos, no vamos a llegar muy lejos.

delasfuentesopina@gmail.com