
Este fin de semana Ecolimpio cumplió 30 años. Yo tengo 29. Así que técnicamente llegó antes que yo. Después de escuchar el discurso de aniversario de Alfredo Apess, su director general y también mi padrino, entendí algo que uno de mis hermanos había dicho alguna vez y que, aunque sonaba a broma, probablemente era bastante cierto: Ecolimpio terminó convirtiéndose en el quinto hermano.
No porque coma en Navidad ni porque haya que incluirlo en el grupo familiar de WhatsApp (aunque por momentos casi), sino por la atención que recibió, las preocupaciones que generó, los desvelos que provocó y, sobre todo, porque terminó creciendo con los mismos valores con los que crecimos nosotros cuatro.
Mi papá cuidó muchísimo esa empresa. A veces creo que demasiado. Los hermanos sabemos perfectamente lo que significaba que una conversación familiar, de repente, terminara hablando de clientes, residuos, permisos, alguna experiencia de la semana o una pipa bautizada como “La Piporra”.
Ecolimpio siempre estuvo ahí. En las buenas noticias, en los problemas, en las llamadas y en las sobremesas. Yo, además, tuve la suerte de pasar ocho años trabajando dentro. Y digo suerte porque eso me permitió conocer al quinto hermano sin la versión bonita de la foto familiar. Lo vi cansado. Lo vi equivocarse. Lo vi resolver broncas. Lo vi cambiar. Y también vi a muchísima gente dejarle un pedacito de su vida.
Porque una empresa puede comprar maquinaria, contratar personas, abrir sucursales y llenar las paredes de frases bien bonitas. Lo verdaderamente difícil es transmitir una forma de hacer las cosas. Alfredo recordó que la misión de Ecolimpio no nació de una sesión nice de planeación, sino prácticamente antes que la propia empresa: preservar el medio ambiente mediante el manejo adecuado de residuos. Durante treinta años no fue una frase sexy. Fue una brújula.
Y aquí fue donde la comparación entre hermanos me hizo todo el sentido. En una familia, los valores rara vez se enseñan sentando a los hijos un domingo para explicarles el capítulo uno del manual familiar. Se aprenden viendo. Viendo cómo reaccionan tus papás cuando algo sale mal. Cómo tratan a alguien cuando no necesitan nada de él. Qué hacen cuando nadie los está viendo. Qué cosas están dispuestos a negociar… y cuáles definitivamente no.
Creo que con Ecolimpio pasó algo muy parecido. Nunca necesitó que alguien dijera todos los días: “hoy toca ser íntegros”. Se fue aprendiendo en la manera de trabajar. En cumplir lo prometido. En hacerse responsable cuando algo salía mal. En no esconder el error debajo de la alfombra esperando que desapareciera.
Alfredo dijo algo que me gustó mucho: que un error reconocido, corregido y del que se aprende termina convirtiéndose en conocimiento “pagado por adelantado”. Y una de las coincidencias más grandes entre esa empresa y nuestra casa. Nunca se trató de no equivocarse. Se trataba de dar la cara. Corregir. Aprender. Y seguir.
Porque equivocarte una vez puede ser experiencia. Equivocarte exactamente igual veinte veces ya empieza a parecer vocación. En nuestra casa también hubo siempre una idea muy clara del trabajo. Hay que chambear. Muchísimo. Pero el trabajo no puede terminar destruyendo precisamente aquello para lo que estás trabajando.
Alfredo dijo algo que tendría que enmarcarse: en Ecolimpio el trabajo es un medio y no un fin; nadie viene a entregar su vida a la empresa, sino a construirla, y la familia no debería ser el sacrificio que haces por trabajar, sino una de las razones por las que trabajas.
Otra vez: eso me sonó demasiado familiar. Creo que ahí terminé de entender lo del quinto hermano. Porque compartir apellido es una cosa. Compartir valores ya es otro boleto.
Ecolimpio ha tenido años extraordinarios y años bastante bravos. Perdió clientes, enfrentó cambios regulatorios, pasó crisis y atravesó una pandemia con gente que no podía trabajar desde casa porque los residuos no quisieron ponerse en cuarentena. Pero llegó a los treinta. Y no llegó siendo la misma empresa. Qué bueno. Nosotros tampoco somos las mismas personas que hace años.
La clave está en: cambiar sin dejar de reconocerte. Hoy Ecolimpio da trabajo a cientos de familias y atiende cientos de clientes directos y miles de manera indirecta. Pero también hace mucho dejó de pertenecer solamente a una familia. Porque durante treinta años, cientos de personas lo han cuidado, corregido, enseñado y hecho crecer. De alguna manera, muchísima gente ayudó a criar a ese quinto hermano. Y por eso este aniversario me pegó distinto. Somos cinco hermanos. Uno tiene 30.
Los otros cuatro tenemos distintas edades, personalidades, caminos y seguramente varias cosas que nuestros papás hubieran diseñado diferente si los hijos vinieran con instrucciones.
Pero viendo para atrás, me da muchísimo orgullo saber que, después de treinta años, todavía puedo reconocer en Ecolimpio muchas de las cosas que nos enseñaron en nuestra casa. Trabajo. Integridad. Responsabilidad. Familia. Levantarse. Volver a intentar. Y hacer las cosas bien, aunque nadie esté viendo. Así que sí. Este fin de semana cumplió treinta años nuestro quinto hermano. Y lo más fregon no fue verlo llegar a los treinta, sino descubrir que, después de crecer tanto, todavía sabemos perfectamente de qué casa viene.




