miércoles, agosto 19, 2026
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LA CAPITAL DEL ACERO EN AMÉRICA LATINA

Desde Estación Hermanas, a más de treinta kilómetros de la factoría, el cielo encendido de Monclova era un espectáculo. La factoría y un proceso que me dicen se llamaba “colada” producían una inmensa luz que anunciaba la vida de la ciudad. 20 mil trabajadores construyeron sus vidas en los predios que donó un modesto alcalde para que se edificara la planta.

En mis años de universitario conocí la importancia de la fábrica. En la escuela de Derecho, decenas de jóvenes de la región centro del estado llegaban a formarse como abogados; eran hijos de obreros que, gracias a los sueldos de sus padres y a las becas producto de los contratos colectivos, tenían esa oportunidad. Hoy son notarios, juzgadores, académicos o litigantes. No pocos hicieron carrera judicial en el ámbito federal.

En los cuarenta, Monclova tenía la mayoría de sus calles sin pavimento y sus casas eran de adobe. Fue, en ocasiones, la capital de la provincia y vio pasar rumbo al norte a conquistadores y misioneros, padeció de los invasores americanos y franceses, nutrió la Revolución con muchos de sus hijos y en sus muros resuena la voz de Hidalgo y Allende, apresados en Baján.

Hoy todo es distinto y el pueblo, que tanto dio a la patria, tiene dificultades. Los días de Altos Hornos terminaron por el odio de un pequeño tirano que, en una venganza personal, arrastró a toda una comunidad. A ese dictador bananero no le preocupó dejar sin empleo ni esperanza a miles de personas. No solo en Monclova, también en la región centro y más allá:  Hércules, en medio del desierto, desapareció; sí todo un pueblo dejó de existir con todo y sus historias y sus lazos de amistad. Un haragán que nunca ha trabajado llegó a presidente de la República y dejó sin empleo y esperanza a miles de personas. Un tipo que no sabe de la cultura del esfuerzo y de luchar contra la adversidad, de vencer al desierto y menos de sostener a una familia, se ensañó contra una parte importante de Coahuila.

Monclova y la siderúrgica fueron el epicentro de la lucha sindical de los años setenta. La insurgencia laboral se dio desde una óptica muy particular: un movimiento con alto contenido ideológico y con actores formados en un activismo con contenido maoísta. Eran los días de expresiones como “Línea de Masas” e influyentes dirigentes que, en su bravura, poseían una alta calidad moral y un sobresaliente ánimo de lucha.

Obrador sabía las consecuencias del cierre de la planta y, más allá de su venganza, debió prever un rescate para la región y una nueva vocación económica. La siderúrgica representó el paso de una economía agrícola a otra industrial y también el crecimiento de la densidad poblacional. El mundo se vino abajo para quienes, expertos en producir acero, se quedaron sin empleo y sin la posibilidad de contratarse en otras factorías.

Felipe González Rodríguez, uno de los hombres  que mejor conocen la región, es autor de dos textos autobiográficos que narran de manera sencilla y bien informada lo que sucedió en el septentrión.