
He presenciado en varias ocasiones cómo, dentro de la conversación de un grupo de personas, se hacen comentarios desagradables sobre una persona que está ausente. Lo sorprendente es que, en otros momentos, cuando esa misma persona está presente en el grupo, la tratan con gran cariño, como si fueran grandes y entrañables amigas. Me asombra esa conducta cínica, cargada de una enorme falsedad. Y es que, si me detengo a pensarlo, la hipocresía parece haberse vuelto una conducta frecuente en la mayoría de las personas.
Pienso en lo que dice la Biblia al respecto. En Mateo 23:3 se lee: “No hagan lo que ellos hacen, porque ellos dicen una cosa y hacen otra” y en 7:5 “¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”. Es decir, Dios rechaza la hipocresía porque prefiere la verdad antes que las apariencias y las falsas virtudes.
El Diccionario de la Real Academia Española define la hipocresía como el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan. Suele esconder de los demás los motivos reales o sentimientos propios. La palabra proviene del griego hypokrisis, que significa «fingir» o «actuar»: los dichos, entonces, no coinciden con las acciones.
No cabe la menor duda que la hipocresía puede convertirse en un rasgo tóxico en la conducta, sobre todo cuando se utiliza para manipular la realidad del entorno. Además, desgasta la salud mental de quienes lo rodean, al construir un ambiente falso. Estas actitudes se transforman en dinámicas dañinas en el momento en que se abre una brecha entre lo que alguien dice y lo que realmente hace; cuando esto ocurre, las relaciones automáticamente dejan de ser auténticas y, sobre todo, seguras.
Las personas hipócritas se ponen una máscara de amabilidad, acompañada por supuesto de elogios, para ocultar sus intenciones y las críticas desmedidas que hacen a espaldas de otros. Aplican con eficacia la doble moral: ante el mundo fingen actuar con valores éticos, mientras que en su vida personal hacen lo contrario. De esta manera, desacreditan, invalidan o sabotean a la persona ausente. Con esa conducta buscan, a toda costa, conseguir la simpatía y la aprobación de quienes las rodean.
Quizá lo más sensato cuando uno se encuentra con este tipo de personas sea poner límites y tomar distancia. No siempre es necesario confrontar o desenmascarar a quien actúa de esta manera; a veces basta con observar, guardar silencio y no participar en ese juego. Cada persona tiene derecho a decidir qué tipo de relaciones quiere construir y qué clase de ambiente desea para su vida.
Al final, me queda claro que la verdadera fortaleza no está en saber fingir, sino en ser congruente. La hipocresía puede construir máscaras, pero tarde o temprano las caretas se caen. La verdad, no necesita disfraces. Es preferible la sinceridad, aun cuando pueda resultar incómoda, antes que una amabilidad fingida que esconda otras intenciones. La congruencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos es la manera más honesta de respeto hacia los demás, y también hacia nosotros mismos. Ya lo señalaba el dramaturgo Francés Molière: “La hipocresía es el colmo de todas las maldades”.




