
Cada año, cientos de miles de personas en el mundo se someten a una colecistectomía (extirpación quirúrgica de la vesícula biliar) y la mayoría escucha la misma frase tranquilizadora: “no la vas a necesitar”. Pero la realidad médica es más compleja que ese consuelo de consultorio.
Ciudad de México.- Cada año, se realizan en México más de 100 mil colecistectomías, de las cuales el 50-65 por ciento se hacen por vía laparoscópica.
La colecistectomía es una de las operaciones abdominales más frecuentes. Se hace cuando hay piedras que duelen, una vesícula inflamada o infecciones que se repiten. Es verdad que no es como el corazón o un riñón: nadie muere por no tener vesícula. De esa verdad nació el mito popular de que es un órgano que sobra y que quitarlo no cambia nada.
En sentido estricto, no es un órgano vital. No fabrica la bilis, solo la guarda. Quien la produce es el hígado, y seguirá haciéndolo, aunque ya no tengas dónde almacenarla. La bilis encuentra de todos modos la forma de llegar al intestino delgado. Por eso, para el cirujano, extirparla no pone en riesgo la vida. Además, hoy casi siempre se hace por laparoscopia, es una cirugía segura y con una recuperación bastante corta.
Lo que esa frase tranquilizadora no cuenta
El problema es que «no es vital» se ha entendido como «no sirve para nada». Y sí sirve. Su trabajo es muy concreto: acumular la bilis, concentrarla y soltarla justo cuando comemos grasa. Así ayuda a digerir mejor los lípidos y a absorber vitaminas que dependen de la grasa, como la A, D, E y K.
Cuando ese reservorio desaparece, la bilis ya no se libera a demanda, sino que gotea de forma continua y poco regulada hacia el intestino.
Ese cambio tiene efectos para una parte importante de los operados. Lo más reportado en la literatura clínica es la diarrea después de la cirugía, porque ese goteo constante acelera el tránsito intestinal. En las primeras semanas también son frecuentes la distensión, la pesadez y la intolerancia a comidas muy grasosas o ultraprocesadas.
De hecho, la medicina reconoce un cuadro específico: el síndrome poscolecistectomía. Es el nombre que se le da a los síntomas digestivos o biliares que aparecen o persisten tras la operación. Según el Manual Merck, afecta a un porcentaje muy variable según el estudio, entre 5 por ciento y 47 por ciento de los pacientes, y puede incluir dolor abdominal difuso, hinchazón o mala digestión, más que el cólico típico de antes. En algunos casos se debe a una disfunción del esfínter de Oddi (la válvula que controla la salida de la bilis), en otros a piedras que quedaron, a episodios de pancreatitis o a reflujo biliar.
Sin embargo, sería un error irse al otro extremo. Los seguimientos a largo plazo, incluido un estudio chileno con 10 años de control, muestran lo mismo: la colecistectomía es muy eficaz, en la mayoría de los casos no deja dolores biliares ni complicaciones mayores, y el nivel de satisfacción de los pacientes es alto.
La diarrea crónica existe, está documentada, pero no es lo habitual y rara vez es incapacitante. En muchas personas aparece solo durante los primeros meses, mientras el sistema digestivo se acostumbra a trabajar sin reservorio.
Entonces, ¿es prescindible o no?
La evidencia nos deja en un punto medio. No es cierto que la vesícula sea un vestigio sin función: participa activamente en la digestión de las grasas. Pero tampoco es cierto que quitarla sea completamente inocuo. Cuando hay una indicación clara, es una cirugía segura y necesaria, y sus beneficios superan por mucho a los riesgos. Eso sí, casi siempre implica un periodo de adaptación y, en un grupo nada despreciable de pacientes, cambios duraderos en el ritmo intestinal y en la tolerancia a la grasa.
Por eso los gastroenterólogos prefieren explicarlo de otra forma: no es que te quiten un órgano que sobra, es que cambias un sistema de entrega de bilis a demanda por un sistema de goteo continuo. El cuerpo suele compensarlo bien, pero a veces no sin roces. Ajustes sencillos como comer porciones más pequeñas y más frecuentes, reducir la grasa en cada comida y sumar fibra soluble suelen bastar para que la digestión vuelva a la normalidad en los meses siguientes.
México tiene una prevalencia de enfermedad vesicular de 14.3 por ciento, una de las más altas del continente, por eso se mantiene como la intervención electiva más frecuente en los hospitales del país. (El Heraldo de Saltillo)
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