lunes, julio 27, 2026
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SALTILLO PASO A PASO

Los privilegios de San Esteban de la Nueva Tlaxcala

El 2 de septiembre de 1591, el oiartzuarra Francisco de Urdiñola presentó los nombramientos ante las autoridades de la villa de Santiago del Saltillo. Once días después, el 13 de septiembre, se otorgaron formalmente las mercedes de tierra y quedó fundado el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala. Dos comunidades separadas por unos cuantos metros: la villa española de Santiago del Saltillo y el pueblo tlaxcalteca de San Esteban. Mismo valle, mismos manantiales, mundos distintos, que coexistirían bajo el mismo cielo durante más de doscientos cincuenta años, hasta que en 1834 se unieran para formar una sola entidad.

La separación inicial no fue accidente ni capricho. Estaba escrita en las capitulaciones, el acuerdo legal entre la Corona y la cúpula tlaxcalteca que establecía con detalle los derechos y obligaciones de los colonos. El documento fue un logro extraordinario para la época. Garantizaba a todos los tlaxcaltecas migrantes y a sus descendientes el título perpetuo de hidalgos, con el derecho de anteponer don a sus nombres, portar armas y montar a caballo: privilegios que la gran mayoría de los indígenas en otras regiones de la Nueva España nunca tuvo. Establecía además una autonomía política completa: San Esteban tendría su propio cabildo, con exclusión total de españoles y de otros grupos indígenas en su administración interna. Sus asuntos legales contarían con un Capitán Protector de Indios que mediaría en los conflictos y, en casos graves, podían acudir directamente al virrey. Se prohibió expresamente que españoles o religiosos compraran tierras dentro del pueblo de San Esteban.

Las condiciones económicas eran igualmente sólidas: exención perpetua de tributos, alcabalas y servicios personales; mercados y tianguis libres de impuestos por treinta años; tierras, aguas y arroyos, así como terreno para labrar y edificar casas. La Corona se comprometió además a suministrarles alimentos durante los primeros dos años y a dotarlos de arados, herramientas agrícolas y ganado para asegurar el inicio de sus labores. Para proteger sus cultivos, se prohibió otorgar mercedes de tierras para ganado mayor a menos de cinco leguas (24.14 km) de sus asentamientos, y para ganado menor a menos de tres leguas (14.48 km). Era un régimen de protección tan generoso que despertó la envidia de más de un colono español de la región, motivado en buena parte por la lealtad de los tlaxcaltecas y su ayuda en la conquista de Tenochtitlán.

Con los años, las prerrogativas se ampliaron. Una Real Orden de 1697 les permitió ingresar a seminarios y universidades, y acceder a cargos políticos y eclesiásticos, algo impensable para la mayoría de la población indígena de la Nueva España de otros lados. Los tlaxcaltecas de San Esteban supieron usar el sistema colonial a su favor mejor que casi nadie: conservaron los documentos de las capitulaciones, que más tarde les sirvieron para legitimar sus logros; defendieron sus derechos en los tribunales, y mantuvieron activo su cabildo de manera ininterrumpida desde 1591. Para 1827  San Esteban ya se llamaba Villa Longín, y Saltillo llevaba el nombre de Leona Vicario. En 1834, un decreto suprimió los ayuntamientos de ambas entidades, restituyó a Saltillo su nombre original y fusionó las dos entidades en un solo municipio. Ahí terminó la existencia legal de San Esteban como cabildo independiente; de esa unión nació la ciudad de Saltillo.

Durante esos dos siglos y medio de vida paralela, Saltillo y San Esteban vivieron conflictos constantes, casi siempre por el agua, pero también intercambios y convivencia. Los matrimonios mixtos, el comercio cotidiano, las fiestas compartidas y las crisis enfrentadas juntos fueron tejiendo lazos que ninguna ley había previsto. Cuando llegó la fusión, la línea que separaba a las dos comunidades era ya más un recuerdo administrativo que una frontera real. Saltillo es, desde entonces, una ciudad con dos raíces profundas, que no se pueden olvidar.

 

Fuentes

 

Celestino Solís, Eustaquio. El Señorío de San Esteban del Saltillo. Voz y escritura nahuas. Siglos XVII y XVIII. Saltillo: Archivo Municipal de Saltillo, 1991.

 

Dávila del Bosque, Ildefonso. Los Cabildos Tlaxcaltecas: Ayuntamientos del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala desde su establecimiento hasta su fusión con la villa del Saltillo 1591–1834. Saltillo: Archivo Municipal de Saltillo, 2000.

Gibson, Charles. Tlaxcala en el siglo XVI. México: Fondo de Cultura Económica, 1991.

 

Cavazos Garza, Israel. Saltillo en la historia y en la leyenda. Saltillo: Archivo Municipal de Saltillo, 1979.

 

Valdés, Carlos Manuel y Dávila del Bosque, Ildefonso. Saltillo: historia breve. México: El Colegio de México / FCE, 2011.