
Un aumento de medio metro del nivel del mar de aquí a finales de siglo amenaza con transformar la vida de cientos de millones de personas, especialmente en comunidades costeras y pequeños Estados insulares. Naciones Unidas advierte de que, además de invertir en adaptación para que las personas puedan permanecer en sus hogares, será necesario preparar reubicaciones seguras y dignas allí donde quedarse deje de ser posible.
Ginebra, Suiza.- El aumento del nivel del mar no suele provocar desplazamientos de un día para otro. Sus efectos se acumulan gradualmente: el agua salada contamina fuentes de agua dulce, los cultivos dejan de ser viables y las marejadas penetran cada vez más tierra adentro.
Pero la escala potencial es enorme. Una subida de medio metro de aquí a finales de siglo podría obligar a entre 150 y 300 millones de personas a abandonar sus hogares, mientras que la intrusión de agua salada podría dejar a hasta 500 millones sin acceso fiable a agua dulce o tierras aptas para producir alimentos.
“Es a menudo un proceso gradual”, explicó a Noticias ONU Andrew Harper, asesor especial sobre acción climática del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.
Bangladesh muestra hasta qué punto ese proceso puede afectar a países que apenas han contribuido al calentamiento global. Con más de 175 millones de habitantes, genera menos del 0,5% de las emisiones mundiales, pero cerca del 18% de su territorio es vulnerable al aumento del nivel del mar. En esas zonas se produce además más del 30% de los alimentos del país.
“Si vives en un lugar que no tiene capacidad para adaptarse, construir diques o garantizar el acceso al agua, la vida se vuelve mucho más precaria”, señaló Harper. “Y entonces veremos a la gente desplazarse”.
Quedarse mientras sea posible
Para muchas comunidades, la primera opción no es marcharse, sino encontrar formas de seguir viviendo donde están.
Los sistemas de alerta temprana, la restauración de manglares, mejores drenajes y defensas costeras pueden ganar tiempo y reducir el impacto de las inundaciones y la salinización.
Pero no todas las comunidades tienen los mismos recursos para hacerlo.
Cuando quedarse deja de ser viable, la mayoría de las personas se desplaza dentro de su propio país, a menudo hacia ciudades que ya afrontan presión sobre la vivienda, el empleo y los servicios públicos.
Harper sostiene que esos movimientos deben planificarse antes de convertirse en desplazamientos forzosos.
“Tenemos que ayudar a las personas que viven en la pobreza a trasladarse a zonas más seguras”, dijo. “Debemos prevenir el desplazamiento forzoso y garantizar una reubicación planificada, para que puedan ir a un lugar donde no solo puedan vivir, sino también trabajar”.
Algunos países ya están experimentando con este tipo de mecanismos. Australia, por ejemplo, ofrece cada año hasta 280 visados permanentes a ciudadanos de Tuvalu en virtud del Tratado de la Unión Falepili.
En África Oriental, un protocolo regional permite también la admisión temporal de personas que cruzan fronteras como consecuencia de desastres y los efectos del cambio climático.
No existe un estatus de “refugiado climático”
El derecho internacional no reconoce una categoría específica de “refugiado climático”. Huir de una sequía, una inundación o del aumento del nivel del mar aún no basta, por sí solo, para obtener el estatuto de refugiado.
“No existe una convención internacional específica sobre el desplazamiento climático o por el aumento del nivel del mar”, explicó Harper.
La cuestión se vuelve especialmente compleja para los pequeños Estados insulares cuya superficie podría llegar a ser inhabitable.
Existe un creciente respaldo jurídico a que esos países mantengan su condición de Estado, sus derechos marítimos y sus vínculos legales con sus ciudadanos incluso si parte de su territorio deja de ser habitable.
Pero para las comunidades afectadas, el problema va mucho más allá de conservar la nacionalidad.
“En muchas partes del mundo, la gente se desplaza entendiendo que algún día podrá regresar”, dijo Harper. “¿Pero qué ocurre si ya no existe un lugar al que regresar?”
Para muchos pueblos costeros e insulares, abandonar la tierra supone también alejarse de sus antepasados, su cultura y sus tradiciones.
Harper insistió en que cualquier decisión sobre adaptación o reubicación debe tomarse con la participación de las propias comunidades y acompañarse de financiación suficiente.
De cara a las próximas discusiones internacionales sobre el aumento del nivel del mar, pidió que los compromisos se traduzcan en resultados concretos sobre el terreno.
“Que se vea el dinero que está llegando a las comunidades afectadas para ayudarlas a sobrevivir”, urgió. (ONU NOTICIAS)




