viernes, septiembre 18, 2026
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UNA TAZA Y DOS DE CULTURA

Hackea tu microbiota

Cuando era niño, en casa la cena estaba relacionada con guisos sabrosos y tortillas de harina. Tres tacos eran “la media” en la cena; claro, sin contar la primera tortilla que daba mamá con mantequilla para abrir el apetito y, como dulce acompañante, la Coca-Cola. Una cena completa… completa de alimentos que, en conjunto, más adelante traerían una serie de complicaciones.

Sin duda no era la intención. Eran otros tiempos, con menos información y con hábitos que se repetían porque así habíamos aprendido a comer. No se hablaba, o al menos no era común hablar, de dieta, nutrición y mucho menos de microbiota.

Andrea Aldana es un ejemplo de la importancia de generar divulgación de la ciencia. ¿Cómo explicarle a las personas la importancia de lo que comen? ¿Cómo mostrar que es algo que va mucho más allá del peso y que la forma en que preparamos y combinamos nuestros alimentos influye en nuestra digestión y hasta puede reflejarse en nuestra piel?

Pareciera algo obvio, pero ¿a poco nos preocupamos realmente por ello?

No está de más que alguien nos apoye con el tema y, sobre todo, que nos ayude a dejar de dar por hecho que, porque un alimento nos generó malestar un día, necesariamente es el culpable. Puede ser parte del problema, sí, pero también pueden intervenir otros hábitos y costumbres relacionados con la forma en que comemos.

Encontrar a Andrea es fácil a través de sus redes sociales, pero también podemos encontrarla en su libro Hackea tu microbiota. Y no, no es un manual para entrar a los servidores de alguna empresa llamada Microbiota. Es una forma de conocer mejor nuestro cuerpo y aprender a cuidar lo que consumimos.

El libro toca temas incómodos, como los gases (giu), la inflamación o algo todavía más cotidiano: que no procuramos comer todo lo que nuestro cuerpo necesita. Uno podría dar por hecho que sabemos lo que comemos, pero ¿hacemos la mejor combinación para nuestro organismo o simplemente nos dejamos caer en el plato?

Los indicadores de sobrepeso y obesidad prácticamente nos están gritando que es un tema que debemos revisar. Y aquí hay algo que me parece especialmente interesante de la propuesta: presenta menús que añaden alimentos en lugar de convertir la alimentación saludable en una eterna lista de prohibiciones. Y, además, pueden ser deliciosos.

El objetivo que plantea el libro es bastante sencillo de entender: levantarnos llenos de energía y sin sentir que el cuerpo nos cobra factura desde que abrimos los ojos. Nada de “dormí mal” o, peor todavía, “sí dormí, pero no descansé”.

Desde el principio nos plantea que no deberíamos normalizar sentirnos permanentemente cansados a los 20 o 30 años —sin raspar muebles—. También cuestiona esa idea de que comemos bien simplemente porque en el plato abunda la carne mientras las verduras aparecen como decoración, y nos invita a poner atención a esa inflamación o barriga que poco a poco va apareciendo y que puede ser señal de que algo no está funcionando del todo bien.

Hackea tu microbiota busca ofrecernos la ciencia digerida y prácticamente en la boca, con conocimientos básicos para comprender qué sucede dentro de nosotros y qué podemos hacer para cuidar nuestra salud desde ahí.

A través de siete lecciones aborda distintos aspectos relacionados con la salud intestinal: desde entender qué es la microbiota y qué función cumple, hasta revisar algo que muchas veces sacrificamos sin pensarlo demasiado: dormir bien.

Y mientras uno avanza aparecen varios de esos momentos de: “¡Con razón!”. Con razón nos sentimos cansados, hinchados o con poca energía. Con razón algunos hábitos que parecían inofensivos terminan pasándonos factura.

También nos ayuda a entender qué podemos comer para alimentar a nuestras bacterias buenas —porque no todas son malas, aunque durante años la televisión nos haya hecho pensar lo contrario— y propone herramientas para atender gases, inflamación y otros problemas digestivos. Que a veces son hasta incomodos hablar con otras personas para ver como lo solucionamos.

Quizá “hackear” nuestra microbiota no tenga nada que ver con computadoras. Tal vez se trate de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: aprender a escuchar lo que nuestro cuerpo lleva años tratando de decirnos.