
Columna de El Colegio de Economistas de Coahuila, A.C
Derecho Animal y Economía
Por: Xaviera Rodríguez Lucio
Recientemente, tuve la dicha de ver “La Odisea” dirigida por Christopher Nolan, ciertamente, una gran película en muchos sentidos, pero una de sus escenas más relevantes e impactantes para mí fue cuando Odiseo, tras volver 20 años después de la Guerra de Troya a Ítaca, disfrazado como mendigo, en primera instancia únicamente puede ser reconocido por Argos, su fiel perrito de caza. Lo anterior es una demostración en todo el sentido de la palabra del carácter noble y puro de los animales y de cómo han sido nuestros más leales y serviciales amigos en nuestras hazañas a lo largo de la historia, por lo que la reacción sensata es tener sus derechos en mente y abogar por ellos.
Muchas civilizaciones y personas ilustres han expuesto ideas y planes de acción sobre la materia. Pitágoras, siendo uno de los primeros filósofos, defendía el vegetarianismo y se abstuvo de comer carne, al igual que pensadores como Plutarco y Porfirio. Ashoka, el tercer emperador del Imperio Maurya, durante su mandato y tras convertirse al budismo, estableció de las primeras leyes de protección animal, expresando que sólo la rectitud de los hombres puede aumentar cuando se tiene una política de no violencia contra la vida y no se matan otros seres vivos; en el Antiguo Egipto, animales como los perros, los toros, los cocodrilos y los gatos eran considerados encarnaciones de los dioses y por ende, se les veneraba en los templos; y de manera más aterrizada, Jeremy Bentham en 1789 estableció que la capacidad de sufrir (ser sintiente), y no la razón o el habla, es el criterio neural para otorgar consideración moral a los animales, enfoque que después fue retomado y complementado por Peter Singer en 1975.
Dicho esto, queda más que claro que el maltratar a los animales y ejercer crueldad sobre ellos, aún y cuando han sido una gran compañía y un pilar fundamental en la actividad económica al ser alimento, ropa y fuerza de trabajo, constituye una forma de violencia, y ésta siempre es de crecimiento exponencial. La antropóloga Margaret Mead publicó Cultural Factors in the Cause and Prevention of Pathological Homicide en 1964, exponiendo ahí que las conductas de crueldad hacia los animales ejercidas por niños, eran un indicio de posible criminalidad en la vida adulta; por su parte, estudios recopilados por Animal Legal Defense Fund, aseveran que un individuo que maltrate animales tiene hasta cinco veces más probabilidades de cometer crímenes violentos contra seres humanos; asimismo, en el artículo Animal Abuse as an Indicator of Domestic Violence: One Health, One Welfare Approach de Mota-Rojas et al. y publicado en 2022, se expone que en los hogares donde se abusa a las mascotas, existe un porcentaje considerable de abuso infantil, violencia de género o maltrato a ancianos, al muchas veces utilizarse al animal para infundir miedo o incluso, ejercer violencia vicaria.
La violencia con su crecimiento exponencial tiene efectos alarmantes sobre la economía como menor inversión y empleo, gasto público ineficiente y pérdida de capital humano, y todo esto puede ser atribuible a una menor percepción de bienestar, y, por consiguiente, menor bienestar subjetivo. Carol Graham y Alois Stutzer, desde la economía de la felicidad, analizan cómo variables no mercantiles afectan la utilidad de las personas, porque tener miedo constante al crimen afecta la racionalidad clásica que sustenta mucha parte de nuestra ciencia.
En este tenor, el respetar los derechos de todos los animales es indispensable, no sólo porque es lo mínimo que se merecen tras todo su servicio hacia nosotros, sino, porque también es algo que servirá para preservar nuestra tranquilidad, productividad y economía al ser parte crucial de lo que supuestamente nos hace civilización. En la medida en la cual las leyes de protección a los animales no sean aplicadas con todo el rigor debido, no podemos decir que somos una sociedad civilizada, y así, ¿qué nos puede deparar?




