
Cuando nos referimos a la palabra lujo, es inevitable que la mente derive hacia una idea completamente errónea, pues se le asocia con exclusividad o con objetos materiales de alto costo que solo pueden poseer personas con un alto poder adquisitivo; es decir, objetos materiales que rebasan con creces las necesidades básicas. Se distinguen por ser bienes de marca, como automóviles, joyas, relojes, bolsas, ropa, zapatos, entre otros.
La sociedad ha decidido que estos objetos sean necesarios para demostrar que las personas que los portan son exitosas, poseen prestigio y, de esta manera, se ganan el reconocimiento social. Ahora es más fácil de difundir este estatus por medio de los medios electrónicos: lo invito a abrir cualquier red social y podrá observar inmediatamente como se exhiben, con gran orgullo, viajes acompañados, obviamente, de objetos de marca, o el acceso a eventos privados y únicos, o conciertos en lugares de alto costo. Esto se hace para ganar reconocimiento social y causar envidia en quienes los observan. Recuerdo a una conocida que se endeudó para comprar un bolso de marca, solo para publicarlo, las felicitaciones le duraron un día; la deuda años.
El Diccionario de la Real Academia Española define la palabra lujo como “demasía en el adorno, en la pompa y en el regalo y la abundancia de cosas no necesarias”; es decir, el exceso en cualquier cosa se relaciona con exclusividad, comodidad y alta calidad. Etimológicamente la palabra proviene del latín luxus, que significa dislocado, fuera de lugar o exceso. En un inició se refería a ir más allá de lo necesario, a romper el equilibrio. En la actualidad representa riqueza, exclusividad, confort y excelencia, busca un estatus.
El lujo no se basa solo en cosas materiales; también existe el lujo en las cosas intangibles. Me explico: para empezar, la vida es un lujo, estamos en esta dimensión por y para algo; nosotros mismos somos un lujo somos seres exclusivos, poseemos una gran riqueza, somos excelentes, únicos e irrepetibles.
Existen, entonces, dos tipos de lujo: el lujo material y el lujo de vivir. El primero no se lo recomiendo; lamentablemente, es en el que la mayoría de las personas busca obtener a costa de lo que sea. Está cargado de aspectos negativos, porque trae consigo una serie de problemas graves para la existencia humana: estrés, frustración, amargura, envidia y desvalorización; nos aleja de nuestra esencia y nos perdemos en la ambición. Solo interesa acumular cosas materiales sin importar el costo; se centra en obtener éxito, poder y riqueza material, con el único objetivo del reconocimiento social. Quien lo posee adquiere automáticamente superioridad, popularidad, dominio y admiración de los demás.
El segundo el lujo de vivir, se basa en la calidad de vida; se concentra vivir con lo necesario para hacerlo con plenitud, en aprovechar el tiempo, buscar insistentemente la tranquilidad, cuidar la salud y vivir experiencias únicas que eleven la autoestima y den la fuerza necesaria para enfrentar con dignidad los altibajos de la vida, para permanecer en paz. Y lo mejor es que no tiene costo alguno.
Por más que el panorama sea gris, alce la vista observe la belleza que lo rodea: el correr del agua, el canto de las aves, la risa de sus seres queridos, el abrazo de las personas que ama, los sonidos de su música preferida o los que nos regala la naturaleza; observe con detenimiento a las personas que caminan junto a usted, hable con esa persona que es significativa en su vida, sienta la lluvia en su rostro. Aprovechemos cada instante, porque hoy estamos vivos, mañana no lo sabemos. Antoine de Saint-Exupéry señala con gran sabiduría en su libro El Principito “Lo esencial es invisible a los ojos”.




