miércoles, septiembre 9, 2026
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TODOS QUIEREN TALENTO. HASTA QUE LLEGA

Hace unos días leí un artículo muy interesante: lo complicado que puede ser dirigir a gente brillante. De esa que trae ideas, cuestiona y, cuando la dejan trabajar, puede mover mucho más de lo que dice su puesto.

Y me dio risa porque en mi experiencia en las empresas pasa un fenómeno. Todos decimos que queremos talento. Hasta que llega. Porque el talentoso pregunta. Cuestiona. Propone cosas nuevas. Se desespera con procesos absurdos. Y a veces tiene la mala costumbre de decirte que algo está mal… dejando de lado la posición jerárquica.

Ahí es donde empiezan los problemas. Hay directores que quieren gente extraordinaria, siempre y cuando piense exactamente como ellos. Quieren creatividad, pero dentro de una misma línea de pensamiento. Iniciativa, pero sin salirse del carril. Ideas nuevas, siempre que no muevan mucho las cosas. Y pues así está difícil.

Si contratas a alguien porque sabe más que tú de marketing, construcción, finanzas o tecnología, lo lógico sería dejarlo hacer aquello para lo que lo contrataste. Pero muchas veces hacemos lo contrario. Contratamos al experto y luego le explicamos cómo ser experto. Le corregimos el diseño al diseñador. La campaña al marketero. El contrato al abogado. El plano al arquitecto. Y si nos descuidamos, también le decimos al doctor que y cuando recetar (perdón mama).

No digo que el jefe deba desaparecer. Para nada. Una empresa necesita orden, prioridades, reglas y alguien que tome decisiones. Libertad no significa que cada uno haga lo que se le antoje. Pero una cosa es poner estructura y otra muy distinta poner esposas.

Creo que el trabajo de un buen director debería ser quitar obstáculos para que su gente pueda hacer bien su trabajo. Resolver broncas. Conseguir recursos. Dar claridad. Proteger al equipo de juntas inútiles y burocracia. Y aparecer cuando verdaderamente se necesita.

No meterse en absolutamente todo solamente para demostrar que manda. Porque también existe el jefe que termina siendo el empleado más caro y el cuello de botella más grande de toda la organización. Todo pasa por él. Todo necesita su visto bueno. Todo tiene que llevar su opinión. Hasta que un día la empresa tiene veinte personas talentosas esperando a que una sola conteste WhatsApp. Y ahí las cosas ya salieron mal.

También creo que para dirigir gente muy buena se necesita mucha seguridad. Seguridad para aceptar que alguien de tu equipo sabe mucho más que tú de ciertas cosas. Seguridad para escuchar una idea mejor. Seguridad para cambiar de opinión sin sentir que perdiste autoridad. El buen líder no necesita ganar todas las discusiones. Necesita que gane la empresa.

Uno de los errores más caros que puede caer un director es contratar personas inteligentes y después cansarlas hasta que se vayan. Y no siempre se van por dinero. A veces se van porque dejaron de aprender. Porque dejaron de ser escuchados. Porque se hartaron de pedir chanza de hacer su trabajo. Y ahí está la paradoja.

Pasamos meses buscando a la persona correcta, entrevistándola, convenciéndola y contratándola. Para después dedicar los siguientes meses a decirle exactamente qué hacer.

Creo que liderar no es conseguir que todos trabajen como tú. Es construir un lugar donde personas mejores que tú en muchas cosas puedan hacer cosas que tú jamás habrías podido hacer solo. El talento no se desperdicia solamente cuando se va. También se desperdicia cuando se queda, pero deja de proponer.