
“¿Dónde estoy?”. En sus manos, un “casco” lleno de agua. Recuerdo cada palabra que dijo, sus zapatos gastados y su mirada perdida. Me lo topé de frente hace más de 50 años; si hoy vive, debe tener unos 60, y si logró su objetivo se encuentra como residente en los “yuesei”. Era un muchacho de pelo muy negro y en su cara vivía el cansancio.
En Estados Unidos, 40 millones de mexicanos han construido su destino. Una nación se mudó al norte y, con su esfuerzo, contribuye a la mayor economía del mundo. Los hay políticos, empresarios, militares y también trabajadores de la construcción o del campo. La grandeza de Estados Unidos no se puede entender sin los mexicanos.
La Alameda Zaragoza, en Saltillo, fue diseñada en los días en los cuales Antonio López de Santa Anna pasó por la ciudad para tratar de impedir lo que al final sucedió: el despojo de Texas. El dictador resplandeciente, como lo llamara Rafael F. Muñoz, estableció su cuartel en lo que hoy es la calle de Xicoténcatl y le prestó a la comunidad uno de sus ingenieros para diseñar el trazo de un jardín a las afueras de la población. La historia la conocemos muy bien los de Coahuila: en 1836, el presidente, muy inútil, se quedó dormido en una tarde de abril y fue apresado por unos colonos al mando de un tal Sam Houston, quienes consumaron la “independencia” de las tierras que tiempo atrás les habían prestado otros inútiles. Años después, los americanos entraron a nuestro territorio y se quedaron con la mitad del país. No solo eso: de pasada cometieron un sinfín de atrocidades, entre ellas, asesinar a población indefensa y violar a cientos de mujeres.
Se pueden llenar cientos de páginas sobre las asimetrías entre norte y sur. Pero no hay duda: la migración tiene un motivo: la necesidad de una salvación. La gente, en los países expulsores, padece por la falta de satisfactores esenciales, entre ellos, comida, paz o trabajo digno. Una buena parte de su condición precaria tiene como razón el saqueo que los del norte han realizado sobre las economías sureñas. Hay que sumar la conveniencia de las potencias por limitar la democracia y la autodeterminación en las naciones en subdesarrollo. Esto no es novedad y tampoco un secreto: de cualquier texto de historia de los que se usan en la educación elemental se puede desprender esta conclusión.
El mexicano en el extranjero, aun cuando tenga otros “papeles”, es tan mexicano como los que nos encontramos entre el Bravo y el Suchiate; y puedo asegurar que, en su tierra de acogida, la mayoría se comporta como un buen ciudadano.
En el sexenio de Ernesto Zedillo, con los votos del PRI, se abrió la posibilidad de tener una doble nacionalidad. El tema era muy sencillo: los mexicanos no querían perder la suya y, si obtenían la gringa, por mandato constitucional se les despojaba de la tricolor. Quedaban entre la espada y la pared: al no asumir la americana, no podían prosperar en su nueva casa y tampoco defenderse de las injusticias. En el sexenio de Fox, y con el apoyo del PRI, se dio a los paisanos el voto en los comicios federales.
Resulta increíble que Morena, un partido que se dice de izquierda, maltrate y ofenda a los migrantes con una iniciativa que pretende prohibir a los mexicanos con doble nacionalidad ser presidente o gobernador. Es un agravio a millones de compatriotas en el extranjero y a sus hijos. A ellos, que envían miles de millones de pesos en remesas. La idea es un disparate, sobre todo si consideramos que la lealtad no se mide por un papel y que en la legislación vigente ya existen mecanismos para garantizarla.
El encuentro con aquel niño fue en la Alameda de mi pueblo, a unas pocas cuadras de la estación de ferrocarril. Su imagen no la he podido sacar de mi mente. Teníamos la misma edad, tal vez nueve o diez años. No sabía en qué lugar se encontraba; yo hubiera llorado de estar en su lugar: en la soledad del que migra. Por ser cristiano, mi lugar es junto al migrante; por ser mexicano, mi posición es junto al paisano y, como priista, mi voto es contra la iniciativa de Morena que estigmatiza y discrimina a los que viven fuera de su patria.




