miércoles, septiembre 9, 2026
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VIVIR ES AHORA

 

Coach Tey Leal 

Autoridad o Apariencia: cuando la “corona” duele

Cuando un líder no aprende a gobernarse a sí mismo, su corona se convierte en jaula para los demás.

Vivimos la era de las “grandes marcas” y los “grandes relatos de logro personal”. Y, en el fondo, el crecimiento y la transformación es algo altamente contributivo. El problema consiste en vivir extremos que conducen a excesos.

Detrás de muchos lemas inspiradores y organigramas pulcros hay una verdad incómoda: el peor liderazgo no siempre nace de la maldad, sino de la herida. Cuando quien dirige no ha hecho el trabajo interior necesario, el líder pasa de ser un guía transformador a una proyección de un ego quebrantado. Y el precio lo pagan las personas, la cultura organizacional y, al final, los resultados que se pretendían alcanzar.

La ciencia nos lo recuerda con un implacable realismo: la neurociencia muestra que, ante el feedback o la crítica, un cerebro que no ha aprendido a regularse emocional y mentalmente reacciona primero desde la amígdala: alerta, amenaza, supervivencia. La respuesta automática es defensiva: justificarse, minimizar, atacar o congelarse. Y no se toman decisiones estratégicas, se toman decisiones reactivas para salvar la sensación de valía: “ pues si no te gusta te desocupo”, “si no tienes tiempo extra no me sirves”… Y no es que el líder quiera dañar; es que su cerebro busca restaurar primero su seguridad emocional no trabajada. El resto; ya sea el equipo, los procesos o la planificación, quedan en segundo plano ante la búsqueda de querer seguir con la posición de poder.

Esa reactividad tiene consecuencias concretas en la organización: un liderazgo que nace de la inseguridad tiende a imponer metas irreales o mal definidas para demostrar valía, sin criterios medibles ni recursos adecuados. También comienza a proyectar juicios constantes que desvalorizan el aporte real de colaboradores, generando miedo a equivocarse, a tener vida propia y generando una cultura de apariencia, opresión y silencio.

Al delegar mal,  ya sea con cargas de trabajo excesivas por tratar de sostener el personaje, o simplemente no delegar, se confunde la necesidad de control con la responsabilidad. Se toman decisiones impulsivas buscando gratificación inmediata o la ilusión de control. Y, más allá; se promueven horarios y exigencias que atraviesan la vida personal y la salud, esperando una “entrega total” como prueba de lealtad.

Recordemos: trabajamos para vivir, no vivimos sólo para trabajar.

La inteligencia emocional no es un accesorio; es una competencia central para cualquier persona que lidere. Regular las propias emociones, reconocer la propia vulnerabilidad y separar la identidad del rol profesional son actos que preservan la integridad del equipo y la eficiencia de un negocio. Un líder que se conoce, que reconoce sus límites y que pide ayuda, genera un ambiente de seguridad psicológica donde la creatividad, la responsabilidad real y la autonomía florecen.

Un líder requiere un trabajo de identidad y humildad estratégica profunda, aprender a autorregularse, conocerse e identificar cuáles son los gatillos que le conducen a sus heridas de autoestima y de vacía. Para que pueda reencuadrar situaciones y generar recursos en pro de la organización, no sólo de sí mismo. Tomar conciencia de que el diseño de objetivos y negociaciones requieren ser sobre metas reales, específicas, medibles, alcanzables y con límites de tiempo y recursos. Y, sobre todo, aprender a escuchar el feedback como un punto de apoyo, no como un ataque personal a su ego herido.

El liderazgo transformacional no es un catálogo de técnicas; es una práctica moral y técnica que nace de la coherencia entre palabra, emoción e intención. Requiere de una gran humildad para aceptar que dirigir primero implica aprender a sostenerse a uno mismo y priorizar la salud psicoemocional del equipo tanto como las métricas de negocio.

Si tu equipo pudiera hablar sin miedo, ¿Qué te diría sobre la coherencia entre lo que predicas y lo que practicas? Para pensarse, ¿verdad?…