domingo, julio 5, 2026
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La nueva negociación de Norteamérica: lo que México puede ganar… o perder

Donald Trump ha vuelto a poner al T-MEC en el centro del debate internacional. Sus recientes declaraciones sobre la posibilidad de revisar el tratado de manera anual y endurecer las condiciones comerciales para privilegiar la producción estadounidense no son un simple discurso de campaña ni una estrategia de presión diplomática. Son la confirmación de que Estados Unidos ha cambiado su visión sobre el comercio internacional. Para Washington, la apertura comercial dejó de ser un fin en sí mismo y ahora forma parte de una política de seguridad nacional, reindustrialización y competencia geopolítica frente a China. La pregunta que México debe hacerse no es cómo responderá Trump, sino si nuestro país está preparado para competir bajo estas nuevas reglas.

Durante más de tres décadas, México construyó una parte importante de su crecimiento económico sobre una ventaja evidente: su cercanía con el mercado más grande del mundo. El TLCAN primero y el T-MEC después impulsaron la llegada de miles de millones de dólares en inversión extranjera, fortalecieron la industria manufacturera y permitieron que el país se convirtiera en uno de los principales exportadores del planeta. Ese modelo funcionó porque ofrecía certidumbre. Hoy esa certeza comienza a erosionarse. Las señales provenientes de Washington son claras. Estados Unidos busca cadenas de suministro más seguras, mayor contenido regional en los productos que importa, menos dependencia de China y un mayor retorno de inversiones hacia su territorio. En ese contexto, la revisión del T-MEC ya no se limita a discutir aranceles, también incluye energía, seguridad fronteriza, migración, industria automotriz, acero, aluminio, semiconductores y minerales estratégicos. En otras palabras, el tratado ha dejado de ser exclusivamente un acuerdo comercial para convertirse en un instrumento de política industrial.

Para México existen tres escenarios posibles. El primero es el más optimista: una negociación que fortalezca el tratado, preserve la integración regional y permita consolidar el nearshoring. El segundo, quizá el más probable, es un acuerdo sujeto a revisiones constantes que mantenga a inversionistas y empresas viviendo en una incertidumbre permanente. El tercero sería una renegociación profunda que reduzca parte de las ventajas competitivas de México y desvíe nuevas inversiones

hacia Estados Unidos. Ninguno de estos escenarios depende únicamente de la habilidad de los negociadores; depende también de las decisiones que México tome dentro de sus propias fronteras.

Durante años repetimos que el nearshoring representaba una oportunidad histórica. Y era cierto. Sin embargo, esa oportunidad exige mucho más que una ubicación geográfica privilegiada. Requiere infraestructura moderna, energía suficiente, seguridad jurídica, disponibilidad de agua, talento especializado, innovación y una política industrial capaz de anticiparse a los cambios tecnológicos. Ninguna empresa invierte miles de millones de dólares únicamente porque un país comparte una frontera con Estados Unidos. Invierte donde encuentra condiciones para crecer durante décadas.

Aquí aparece la discusión que con frecuencia evitamos. México suele reaccionar a las decisiones que se toman en Washington en lugar de construir una estrategia económica propia. Esperamos conocer las nuevas reglas antes de definir nuestras prioridades. Esa lógica ha funcionado mientras el entorno internacional favorecía la integración comercial, pero puede resultar insuficiente en una etapa donde las grandes potencias compiten por atraer industrias estratégicas mediante subsidios, incentivos fiscales y políticas industriales agresivas. La revisión del T-MEC debería entenderse como una llamada de atención. No basta con conservar el tratado; es indispensable aprovecharlo para elevar el contenido tecnológico de la producción nacional, fortalecer a las pequeñas y medianas empresas que forman parte de las cadenas de suministro y diversificar mercados de exportación. De lo contrario, México corre el riesgo de seguir siendo un extraordinario ensamblador de productos diseñados, desarrollados y patentados en otros países.

La discusión de fondo tampoco consiste en si Donald Trump tiene razón o no. Todo presidente estadounidense defenderá, por encima de cualquier otra consideración, los intereses económicos de su país. La verdadera pregunta es quién defenderá con la misma determinación los intereses estratégicos de México.

Hoy por hoy el mayor riesgo para la economía mexicana no es Donald Trump ni la revisión del T-MEC. El verdadero riesgo es seguir creyendo que nuestra competitividad depende únicamente de la cercanía con Estados Unidos. La geografía abrió la puerta hace treinta años; la innovación decidirá quién permanece dentro durante los próximos treinta. Si México no aprovecha este momento para redefinir su estrategia industrial, el país descubrirá demasiado tarde que los tratados comerciales no sustituyen una visión de Estado. Y cuando eso ocurra, ya no habrá negociación capaz de recuperar el tiempo perdido.