
No dedicaré mi artículo al tema de actualidad que es el Segundo Informe de la presidenta Claudia Sheinbaum, porque lo caracterizaron las mentiras.
Como si estuviera asesorada por Pinocho, mintió al calificar de excelentes los resultados de sus dos años de gobierno y omitió los excesos, vergüenzas y corrupción de sus narco colaboradores.
Asqueada por lo que dijo, escribiré acerca de una de las principales preocupaciones de los machos de cualquier especie: dejar descendencia.
Para lo que recurren a lo que sea, demostrando que la naturaleza no siempre premia al más imponente; sino al que encuentra otra vía para llegar al mismo destino.
Algunas de estas vías fueron descubiertas hace pocas décadas, por el investigador del comportamiento animal a través de la biología evolutiva y profesor de la Universidad de Arizona, John Alcock.
Sorprendido porque un día que paseaba por el campo vio cientos de abejas volando ruidosamente a ras de suelo y algunas escarbaban con energía mientras otras salían de los agujeros, Alcock decidió estudiarlas.
Del resultado y de otros semejantes, informó El País este 7 de junio.
*Esas abejas son de la especie Centris pallida viven el desierto de Sonora que se extiende sobre el suroeste de Estados Unidos y noroeste de México y lo que sucede es que las hembras vírgenes emiten al nacer bajo la tierra, un olor especial que los machos detectan.
Y los más grandes llamados patrulleros las desentierran para aparearse con ellas, pero se las ganan machos más pequeños que no crecieron por falta de alimento siendo larvas, porque alcanzan a las recién salidas del hoyo cuando huyen de los agresivos patrulleros.
*Lucanus cervus es el escarabajo más grande de Europa, su nombre procede del parecido de las mandíbulas de los machos, que en los más potentes llegan a medir 9 centímetros, con la cornamenta de los ciervos.
Usan las mandíbulas para pelear por las hembras, pero lo que las tienen más pequeñas suplen con astucia lo que les falta en tamaño y las arrinconan para aparearse sin ser vistos por los grandulones.
*El Porichthys notatus es un pez del Pacífico de cabeza tan desproporcionada, que se conoce como pez sapo cabezón.
Los machos más grandes emiten fuertes zumbidos para que las hembras se fijen en ellos y depositen huevos en los nidos que les construyeron al cortejarlas, pero son espiados por ejemplares chicos que por emitir sonidos leves no atraen a las hembras.
Y que aprovechan descuidos de los que andan noviando y abanicando con sus aletas a sus parejas, para llegar a los nidos ajenos y fertilizar los huevos debido a que sus testículos son ocho veces más grandes y su esperma contiene tres veces más espermatozoides que la de los grandes, lo que les garantiza que los pececitos que nazcan serán sus hijos.
Mucho tiempo se creyó que las especies sin machos no podrían reproducirse, pero eso es desmentido por un pez de los ríos de México y el sur de Texas, que ha sobrevivido 100 mil años sin machos.
Resulta que las hembras se dejan llevar por la corriente y elijen pareja; y como quien no quiere la cosa, rozan al elegido con sus escamas plateadas y así fecundan sus huevos.
Este robo biológico se llama ginogénesis y solo nacen hijas; cada una clon de sí misma.
Nuevas investigaciones están insinuando que las especies asexuales son más resistentes de lo que se creía; desafiando la vieja idea que la vida sin reproducción sexual, estaba condenada al fracaso.
“La vía sexual es una forma bastante extraña y complicada de reproducirse”, afirma Edward Ricemeyer biólogo de la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich.
Añade que tener sexo, no es tan fácil; hay que encontrar pareja y competir por ella y cada progenitor aporta solo la mitad de su ADN.
Y además son las hembras las que generalmente invierten más energía que los machos en la concepción, el parto, la incubación y la crianza.
La reproducción asexual, insiste, no requiere encontrar pareja ni lidiar con ella y se pueden transmitir el 100 por ciento de los genes propios.
En cambio, Dave Speijer biólogo evolutivo de la Universidad de Ámsterdam especializado en los orígenes de la reproducción sexual, sintetiza que el 99 punto 9 por ciento de las actividades animales son dictadas por la necesidad de tener sexo.
Advierte que los llamados nacimientos virginales o partenogénesis, en los que serpientes o tiburones en cautiverio se reproducen sin pareja, no son alternativas permanentes porque cuando las condiciones lo permiten, vuelven a reproducirse sexualmente.
Agrega que el sexo lleva a explorar el “espacio genético de posibilidades” de forma más eficiente y permite que el ADN de ambos progenitores se recombine, dando a cada descendiente una combinación única de genes.
Lo que es beneficioso para la supervivencia de la especie y ofrece protección contra los defectos y errores que en las clonales se transmiten una y otra vez, hasta la extinción.
Mientras que en la reproducción sexual, si el ADN se daña las células pueden usar una copia de un gen como plantilla para repararla; proceso conocido como conversión génica que se describe como un mecanismo de “copiar y pegar” y que repara silenciosamente algún daño al ADN.
Finaliza indicando que comprender estas estrategias alternativas para lidiar con “errores” genéticos, podría tener implicaciones más amplias para la salud humana; porque el cáncer es, entre otras, una enfermedad de mutaciones.




