
Hace poco me tocó hacer un estudio de mercado para Montecito, un desarrollo residencial en el que hemos estado trabajando desde hace tiempo. Entre muchas preguntas bastante normales (metros, acabados, áreas verdes, amenidades) apareció una que terminó dándome material para esta columna.
Se preguntaba a la zona de influencia qué preferían: juegos para niños o un pet park.
Yo daba por hecho que los juegos infantiles iban a ganar caminando. Columpios, resbaladeros, el área donde los papás platican mientras un niño intenta aventarse de cabeza por donde obviamente no debe.
Pues no. El pet park tuvo más aceptación. Firulais le ganó a Maxito. Y aunque podría quedarse como una anécdota chistosa de un estudio inmobiliario, creo que hay un cambio social bastante más interesante.
México sigue siendo un país sumamente familiar, pero la definición de “familia” se está moviendo. Según INEGI, prácticamente siete de cada diez hogares tienen alguna mascota. Al mismo tiempo, la tasa global de fecundidad pasó de 2.21 hijos por mujer en 2014 a 1.60 en 2023.
No estoy diciendo que la gente esté cambiando bebés por chihuahuas. Pero sí parece evidente que algo está cambiando.
Las personas se casan más grandes. Tienen hijos más tarde. Algunas deciden no tenerlos. Las viviendas son distintas. Los ritmos de trabajo cambiaron. El costo de criar un hijo tampoco es precisamente el de comprar una plantita y acordarse de echarle agua.
Y en medio de todo eso salió ganón el perro. Pero ya no el perro de antes. No hablo del pastor alemán que vivía en el patio, cuidaba la casa y su cama era, con suerte, un costal doblado.
Hablo del fenómeno “perrhijo”. El que tiene cumpleaños. El que va a guardería. El que tiene sesión de fotos. El que usa impermeable porque está lloviendo. El que probablemente come mejor que uno. Y el que, si lo piensas, ya está opinando indirectamente sobre qué amenidades debe tener un fraccionamiento.
Lo interesante no es hacer gracia del fenómeno. Es entenderlo. Porque el mercado inmobiliario, como casi cualquier mercado, termina siendo un reflejo de cómo nos comportamos.
Hace años, vender un desarrollo familiar significaba hablar de escuelas cercanas, parques infantiles y habitaciones cómodas para los hijos. Hoy también significa banquetas para caminar con el perro, áreas verdes, espacios de convivencia y lugares donde una pareja joven (con hijos, sin hijos o con un bulldog francés) pueda sentirse en casa.
Y eso obliga a las empresas a hacer algo que a veces cuesta muchísimo: dejar de diseñar productos para la familia que imaginamos y empezar a diseñarlos para la familia que realmente existe.
Los consumidores rara vez mandan un comunicado explicando que la sociedad cambió. Lo hacen comprando distinto. Preguntando distinto. Usando distinto. O, en nuestro caso, levantando la mano por un parque para perros antes que por unos juegos infantiles.
Sera que dentro de veinte años los sociólogos estudien enormes bases de datos para explicar cómo cambió la estructura familiar en México. A nosotros nos bastó un estudio de mercado enfocado en los 15Km a la redonda de Boulevard Fundadores. Preguntamos por una amenidad. Y terminó contestándonos una generación entera.




