
Esta semana fui al supermercado porque, como siempre, olvidé comprar lo más importante y, en esta ocasión, fue el pan de caja. Al llegar a la fila para pagar, la persona que estaba delante de mí llevaba aproximadamente treinta mercancías. Se me ocurrió preguntarle gentilmente si me permitía pasar primero a la caja. La persona me barrió con la vista y de sus labios salió un rotundo: No. En nuestro quehacer diario vemos escenas parecidas a esta, o incluso peores. Todo esto, me hizo pensar ¿en qué nos estamos convirtiendo? No cabe duda de que somos seres extraños que, muchas veces, pensamos únicamente en nosotros.
Sí, es verdad que los tiempos actuales son complicados, sobre todo en lo que se refiere a la convivencia con nuestros semejantes. Considero que en ello influyen la prisa, la gran cantidad de personas que queremos obtener el mismo bien o servicio, los pensamientos egoístas, la influencia de la tecnología, el exceso de información. Todo esto nos va convirtiendo en personas que hacemos todo de manera automática. Nos impide detenernos y observar lo que ocurre a nuestro alrededor. Surge entonces la necesidad de ponernos en primer lugar ante cualquier circunstancia, y estas acciones complican seriamente las relaciones humanas.
Pensamos solo en lograr obtener aquello que nos proponemos, nos olvidamos de las personas que nos rodean, de los «otros». Esta expresión gramatical del otro hace referencia a quienes son diferentes de nosotros. El otro, en filosofía, representa la alteridad, es decir, todo lo que es diferente e independiente del «yo». Desde punto de vista del filósofo lituano Emmanuel Lévinas, la ética nace del encuentro cara a cara con otro. Ese encuentro implica nuestro compromiso de asumir una responsabilidad hacia él. Es una acción interminable con el otro.
El conflicto surge cuando dejamos de pensar en el otro porque consideramos prioritaria nuestra supervivencia. Damos preferencia a nuestras necesidades antes que a las de los demás y caemos, irremediablemente, en una postura egoísta. Tomar esta postura lleva a comportarnos sin consideración alguna con los demás. Es indudable que la falta de empatía nos impide comprender las necesidades de los otros. Este tipo de comportamiento daña considerablemente la convivencia social, afecta la confianza e impide que la sociedad se organice para solucionar problemas que afectan a todos.
Pensemos en el problema de la basura. Observe a su alrededor y verá que tristemente, la mayoría de las personas no les importa conservar limpio el entorno. Tiran la basura indiscriminadamente y, obviamente no piensan en las consecuencias de ese acto: inundaciones urbanas, problemas de salud, contaminación ambiental, entre otras. Lo lamentable es que el que lo hace termina sufriendo las consecuencias de sus acciones. Basta observar el daño que causan los residuos, especialmente las bolsas de plástico en los seres vivos y en los ecosistemas que nos rodean.
Ser empáticos nos aporta beneficios personales, pero, sobre todo, grandes beneficios sociales. La empatía nos permite entender lo que sienten los demás y contribuye a crear un ambiente armónico y tranquilo, que nos proporciona seguridad. Ayudar genera una profunda satisfacción y nos permite crecer como seres sociales. Lo invito a vivir desde el respeto. Es simple, al salir a la calle piense “solo por hoy, no perjudicaré con mis acciones a las personas que me encuentre en el camino”. Estoy convencida que este simple cambio será suficiente para transformar nuestra convivencia y contribuir a vivir en un entorno mejor para nosotros y nuestras familias.




