
La vida cotidiana colonial del Saltillo
Entre los ataques, las epidemias y las sequías, había también días ordinarios. La vida cotidiana no esperaba a que pasaran las crisis: transcurría junto a ellas, se abría paso entre ellas hasta volverse costumbre y continuaba a su lado pese a todo. Esa vida ordinaria y constante fue la que sostuvo a la villa de Santiago del Saltillo y al pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala durante sus dos siglos y medio, más que cualquier mandato real.
Desde los primeros años del siglo XVII, San Esteban funcionaba como una república de indios con plena autonomía interna. Los documentos de 1600 a 1602 registran la elección de gobernador, alcaldes y regidores tlaxcaltecas que administraban justicia, organizaban el trabajo comunal y defendían ante las autoridades virreinales los privilegios otorgados en las capitulaciones hechas antes de que partieran desde Tizatlán. En 1608, el virreinato confirmó formalmente los límites de las tierras comunales del pueblo tlaxcalteca de San Esteban, que incluían áreas agrícolas y de pastoreo. Ese reconocimiento legal fue el resultado de gestiones activas del cabildo tlaxcalteca, que sabía perfectamente que un derecho no defendido era, con el tiempo, un derecho perdido.
El agua, como siempre, era el asunto más delicado. En 1610, los registros municipales mencionan disputas entre Saltillo y San Esteban por el uso de las acequias y los manantiales del valle, especialmente en temporadas de sequía. Las negociaciones sobre turnos de riego se ventilaban en los cabildos de ambas comunidades y a veces llegaban a las instancias virreinales. El agua no era solo un recurso: era poder. Quien controlaba el riego controlaba la cosecha, y quien controlaba la cosecha. Esos pleitos, documentados año tras año, muestran a dos comunidades que aprendieron a coexistir no porque fueran naturalmente armoniosas, sino porque, a fuerza de necesidad, aprendieron a negociar sus diferencias. Los acuerdos relatan que el reparto del agua correspondía a los españoles durante el día y a los tlaxcaltecas durante la noche.
El tianguis donde se realizaba la compraventa de todo tipo de mercancías, situado frente al atrio del templo de San Esteban, era el corazón económico y social de ambas comunidades. Protegido de impuestos por las capitulaciones durante sus primeros treinta años, el mercado tlaxcalteca atraía a gente de la villa española, a arrieros del Camino Real y a comerciantes de muy diversas procedencias. Ahí se vendían productos agrícolas, artesanías textiles, animales y herramientas.
El náhuatl, lengua hablada por los tlaxcaltecas, se escuchaba constantemente en esas transacciones y fue dejando su huella en el vocabulario de la región: palabras para nombrar alimentos, utensilios y lugares que el español terminaría por incorporar a su propio léxico. Entre los alimentos más conocidos y su equivalente náhuatl encontramos el aguacate (āhuacatl), el tomate (tomatl), el jitomate (xitomatl), el elote (elotl), el camote (camohtli), el chayote (chayohtli) y el nopal (nōchtli).
Los documentos en náhuatl conservados en el Archivo Municipal de Saltillo, testamentos, actas de cabildo, contratos de compraventa, han sido poco explorados: apenas un diez por ciento del total se ha estudiado. Falta mucho por conocer sobre esta comunidad que coexistió durante los primeros años con sus vecinos españoles.
Los hábiles nahuatlatos sabían leer y escribir tanto su propia lengua como el español; al dominar las dos culturas, les resultaba más fácil defender sus derechos. La dinámica entre ambas comunidades se entretejió también con matrimonios mixtos entre familias de Saltillo y San Esteban, desde entonces se fueron creando lazos que quizá nadie imaginó que llegarían a darse.
Hacia finales del siglo XVII, la región comenzaba a estabilizarse. Los ataques de indios eran menos frecuentes, la economía agrícola y ganadera se consolidaba y la villa del Saltillo empezaba a ser algo más que un lugar alejado en el norte de la Nueva España. Lo que vendría en el siglo XVIII, el crecimiento comercial, la famosa feria anual, las reformas borbónicas, se empezaba a gestar. Por generaciones, las familias de ambas comunidades lucharon siempre por alcanzar un mismo objetivo: vivir bien y en paz.
Fuentes
Celestino Solís, Eustaquio. El Señorío de San Esteban del Saltillo. Voz y escritura nahuas. Siglos XVII y XVIII. Saltillo: Archivo Municipal de Saltillo, 1991.
Dávila del Bosque, Ildefonso. Los Cabildos Tlaxcaltecas. Saltillo: Archivo Municipal de Saltillo, 2000.
Cuello, José. «The Persistence of Indian Slavery and Coerced Labor in the Regional Political Economy of Saltillo, 1577–1700». Journal of Latin American Studies, vol. 21, núm. 3, 1989.
Valdés, Carlos Manuel y Dávila del Bosque, Ildefonso. Saltillo: historia breve. México: El Colegio de México / FCE, 2011.
Cavazos Garza, Israel. Saltillo en la historia y en la leyenda. Saltillo: Archivo Municipal de Saltillo, 1979.




