
La emoción es nuestro sentir sobre los cambios corporales a medida que ocurren
William James. 1884.
Entre “esto no me gusta” y “esto no debería estar pasando” median miles de años de incapacidad humana para entender la función del malestar emocional. Lo hemos tratado históricamente como enfermedad, anomalía o debilidad. Hemos, por tanto, intentado sanarlo, corregirlo o desaparecerlo. Incluso creamos toda una manía por el positivismo, el bienestar y la felicidad como corolario de nuestra “misión” en la vida.
Por más que nos digan que es natural, que tiene una función primordial en nuestras vidas, que no es prescindible ni desaparecerá jamás, siempre nos resistimos a él. En la medida en que persistimos en ello, nos estresamos y nos ponemos ansiosos.
Para comenzar a bajar la guardia respecto de nuestro malestar, lo primero que tenemos que conocer es su función: nos está diciendo algo sobre nosotros mismos, que debemos atender y remediar. Puede, efectivamente, provenir de años o incluso generaciones atrás. Aunque científicamente hicimos una división para su estudio. la mente y el cuerpo del ser humano son mucho más complejos de lo que hemos creído y, de hecho, constituyen un solo sistema en constante interacción.
Esa falsa dicotomía ha inducido en el imaginario social moderno la idea de que las mal llamadas emociones negativas pertenecen solo al ámbito psicológico y en su mayor parte tienen que ver con nuestras experiencias traumáticas en el pasado, particularmente en la niñez. No obstante, el gran descubrimiento científico es que sentirse mal emocionalmente no equivale a tener problemas emocionales.
El malestar emocional es tan natural, cotidiano y funcional, que puede provenir directamente del cuerpo, sin que medie enfermedad alguna, ni dolor específico, mucho menos una herida de infancia. Una simple incomodidad o una necesidad apremiante que no puede ser satisfecha, entre otras circunstancias, pueden ocasionar irritación, escalar a enojo y explotar en ira; pueden provocarnos angustia, frustración y hasta envidia, si alrededor hay alguien que sí está en posibilidades de hacer lo que nosotros no.
Vamos a ver una de las situaciones más simples y comunes: dormimos y el cuerpo, por la tensión acumulada durante el día, una mala postura o necesidad de que nos levantemos para ir al baño, altera el sueño hasta convertirlo en pesadilla; despertamos con miedo, angustia o frustración y, aunque ni siquiera recordemos lo que soñamos, la emoción sigue ahí. Podemos quedarnos conectados por tiempo indefinido a ella si no nos percatamos de nuestra condición.
La sociedad contemporánea puede exigir simultáneamente dos cosas contradictorias: ignorar las señales corporales para continuar funcionando y administrar las emociones para continuar sintiéndose bien. Si está exhausto, siga; si está triste por estar exhausto, trabaje además en su bienestar emocional. Hay algo tragicómico en este mecanismo.
Además, tenemos cánones que nos dicen cuándo dormir y cuándo comer, independientemente de lo que nos diga el cuerpo; jornadas que exigen concentración cuando estamos exhaustos; pantallas que prolongan artificialmente la vigilia; estimulantes para seguir funcionando y analgésicos para calmar dolores sin preguntarnos qué los produce. El cuerpo dice basta con malestar emocional primero, pero si no lo oímos, no lo atendemos y, en consecuencia, enferma, a veces de muerte.
Si hasta aquí ha comprendido el círculo vicioso en que estamos metidos cuando nos desconectamos de nuestro organismo, está en el momento exacto de romperlo, con un tipo de introspección que le ayudará no solo a familiarizarse con sus malestares emocionales, sino a evitar enfermarse en la medida de lo posible: se llama interocepción, y es la percepción de las sensaciones que produce en el cuerpo el malestar emocional: opresión en el pecho, nudo en la garganta, vacío en el estómago, alta frecuencia cardiaca, respiración agitada, entre muchas otras señales. Solo hay que sentarse, cerrar los ojos y sentir. Puede resultar ciertamente perturbador al principio, pero si sostenemos el ejercicio, se convertirá en algo muy revelador. De esto se trata escuchar al cuerpo.




