viernes, julio 31, 2026
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A QUIÉN TEMER

 En su mayor parte, el mal lo causa gente

que nunca toma la decisión de ser buena o mala.

Hannah Arendt

Así como existe el mal que proviene de la maldad, es decir, de un acto elucubrado para dañar, hay otra forma que adquiere la categoría de fenómeno social, oculto a la moral de quien lo causa, porque ejecuta la acción de manera inconsciente o suficientemente justificada para que el remordimiento sea una débil llama que se apague con un suspiro.

A nuestra sensible mirada hay demasiados malvados y, como dice una frase que se puso de moda, “somos más los buenos”. Sin embargo, me atrevo a decirlo, es apabullantemente mayor la cifra de los que hacen el mal y no se dan cuenta, porque no hay una víctima a la vista o, aunque la haya, el daño es colateral, o sea, involuntario; porque existe una buena justificación o definitivamente el dañado se lo merecía.

Por eso podemos hacer pasar por héroes y salvadores a los perversos, los que sí son malvados, aquellos que trazan una ruta para vengarse de sus “enemigos”, o quieren y planean, por envidia, la destrucción de otros, pero traen una muy buena narrativa, convincente, para que los demás crean que están haciendo bien y se unan a ellos.

Así se crean las lealtades entre gente que ya no busca quién se la hizo, sino quien se la paga, personas que cargan resentimientos, odios, frustraciones, viejas heridas expuestas, pero que socialmente encuentran adherentes y todas las justificaciones necesarias para hacerse pasar por los buenos.

Y los vamos a encontrar en todos los ámbitos de la vida social, polarizando. Siempre han existido, solo que hoy son más notorios gracias a la tecnología, específicamente a las redes sociales. Se les llama en general haters.

Pero este tipo de seres humanos que comparten malas intenciones disfrazadas de causas justas o de merecidas licencias es solo la parte visible. La realidad es que todos contribuimos al mal, de diversas formas y en diferentes grados, ya sea por acción o por omisión. Tan simple como tirar basura en la calle. No hay una víctima a la vista, porque es toda la sociedad en su conjunto, y a quien realiza este acto los demás no le importan.

Ya se imaginará, pues, que nos falta conciencia social, ciertamente, y no esa que “lucha en contra de la opresión”, se manifiesta en las calles y comete actos de vandalismo, sino aquella que nos hace entes responsables dentro de un colectivo y nos obliga a actuar de la manera en que queremos que otros lo hagan.

Si no contribuimos al bien, lo hacemos al mal. No hay medias tintas en esto. Ninguna de nuestras acciones es inocua para la sociedad, no somos inofensivos. Cuando realmente seamos conscientes de ello quizá nos volvamos más críticos con nosotros mismos y menos con los demás. No es a ellos a los que tenemos que cambiar ni convencer de nada, con nuestra verdad como la única válida. En este acto ya hay una deformación de la conciencia o cuando menos una limitante.

Hablando del mal como fenómeno, en acción individual podemos dañar por indolencia: no me importa quien salga perjudicado; por omisión: podría hacer algo, pero no lo haré, y por ignorancia elegida: con lo que sé me conformo, no necesito saber más (esta es, por cierto, una de las actitudes más dañinas a nivel colectivo).  Como parte de una estructura, podemos hacerlo por obediencia: recibí órdenes; por pertenencia: solo soy una parte de esto, y por conveniencia (ni qué explicar acerca de esta, que es la más común).

Y así el caos social, “cada quien para su santo”, como reza el viejo dicho. Pero, ¿existe una solución dentro de este esquema de individualidad? Sí, se llama metacognición, y sobre ella hablaremos la próxima semana. No espere una que cambie “el sistema”. Esas no han funcionado nunca y jamás lo harán.

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