viernes, julio 24, 2026
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DÓNDE ESTÁ EL MAL

La línea que separa el bien del mal atraviesa cada corazón humano
Aleksandr Solzhenitsyn 

El que aborda esta columna hoy es un problema antropológico, filosófico y psicológico que el ser humano no ha podido resolver en toda la historia de su existencia: la enajenación de la fuente del mal. Esté donde esté, no es adentro de quien lo señala.

Así que en la prehistoria el mal radicaba en los agentes invisibles que estaban detrás de las catástrofes naturales, la enfermedad y la muerte; en la centuria previa al nacimiento de Cristo estuvo en los dioses ofendidos, los demonios, la impureza, la hechicería e incluso un principio cósmico del mal; ya para la Edad Media, entrando en la modernidad, fue colocado en el diablo, aunque con la aparición del hereje y el pecador como personas que desobedecen las leyes de Dios, el eje se desplaza al ser humano, de manera que en la ilustración el mal se convierte en conductas como el fanatismo, la ignorancia y la superstición. Y es aquí, también, cuando, con la idea de las “instituciones irracionales”, vemos germinar la semilla de lo que más adelante será “el sistema”.

Posteriormente, siglos XIX y XX, con el marxismo y su posterior interpretación y aplicación, “el sistema” se convierte en el principal protagonista. Avanzado el siglo XX, entramos a la era del “capitalismo voraz” como fuente principal del mal. Y finalmente llegamos a donde estamos en este momento, con la maldad brotando de las redes sociales, la inteligencia artificial, las élites globales, el comunismo, la desinformación y, en el caso de la personalización, la “pareja tóxica” y el narcisista.

La fuente externa del mal existe, por supuesto; sin embargo, en la mayoría de los males que padecemos contribuimos de una u otra forma, solo que aceptarlo implicaría, además de responsabilizarnos por nuestra contribución, enfrentarnos a una imagen de nosotros mismos que ninguna persona toleraría, comenzando por quien se descubriría siendo el malvado o por lo menos el omiso, el que podía haberlo evitado y no lo hizo, el que no alzó la voz, el que no se opuso por indiferencia o apatía, o el que lo avaló pasivamente, porque creyó que no podía hacer otra cosa o porque la situación lo beneficiaba.

El mal ha sido motivo de estudio por parte de grandes pensadores y, hasta ahora, todavía un cabo suelto en el navío de la conducta humana, azotado frecuentemente por tormentas personales.

San Agustín, por ejemplo, veía la fuente del mal en el pecado de omisión; Carl Jung desarrolló la teoría de la “sombra”,  esa parte oscura que todos tenemos y que contiene aquellos aspectos de la personalidad incompatibles con la autoimagen; René Girard, ocupándose del aspecto colectivo, explica cómo una comunidad atravesada por rivalidades internas concentra su hostilidad en una víctima a la que le atribuye el origen de sus males y del desorden; Sykes y Matza han estudiado las formas en que los seres humanos conservamos una autoimagen moralmente positiva mientras nos damos la licencia de actuar como no le permitiríamos a otros hacerlo.

Estos últimos dos autores han identificado 5 patrones para salvaguardar la autoimagen: negación de la responsabilidad: “así funciona esto”; del daño: “no pasó nada”; de la víctima: “se lo buscó”, “algo habrá hecho”, “hubiera hecho lo mismo; condena a quienes condenan: “son de lo peor”, y apelación a lealtades superiores.

Stanley Cohen estudió la negación personal, cultural y estatal frente a las atrocidades y el sufrimiento, a través de tres formas: literal, que rechaza el hecho; interpretativa, que admite los acontecimientos, pero les cambia el significado, e implicatoria, que acepta lo sucedido, pero niega las consecuencias morales o prácticas.

La próxima semana continuaremos con este complejo tema. Mi intención es contribuir a una reconsideración del mal, para que, en principio, deje de ser una fuerza autónoma consciente de su propia malignidad. Aceptar el problema y nuestra participación en él es el primer paso para resolverlo.

 

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