
Cuando la red falla, la industria paga
Durante años, en México se ha hablado de energía casi exclusivamente en términos de generación: cuántas plantas se construyen, cuántos megawatts se incorporan y qué porcentaje proviene de fuentes limpias. Esa conversación sigue siendo indispensable, pero ya no es suficiente. La industria requiere energía disponible en el lugar, en el momento y con la calidad que demandan sus procesos. Cuando cualquiera de esas condiciones falla, la electricidad deja de ser un insumo y se convierte en un riesgo para la competitividad. La señal más reciente está en el Mercado Eléctrico Mayorista. Entre la semana del 16 al 22 de agosto y la del 30 de agosto al 5 de septiembre de 2026, el Precio Marginal Local promedio reportado pasó de $856.69 a $1,674.63 pesos por megawatt-hora: un incremento de 95.5 %. Pero ojo, esto no significa que todos los usuarios verán duplicarse su recibo. Los efectos dependen de la tarifa, del contrato de suministro y del grado de exposición al mercado de corto plazo. Pero sí confirma, sin embargo, que la demanda elevada, las restricciones de red y la disponibilidad del parque generador pueden trasladar volatilidad y presión de costos a una parte importante de los grandes consumidores.
Para una empresa manufacturera, el problema no termina en la factura. Un corte de segundos puede detener controles, robots o líneas automatizadas; una interrupción de mayor duración puede hacer perder materia prima, producción, afectar entregas y obligar a reiniciar equipos. En sectores como el automotriz, metalmecánico, alimentario, logístico o de centros de datos, el costo de la energía no sólo se mide en pesos por kilowatt-hora. También debe medirse en producto no fabricado, horas improductivas, penalizaciones y confianza perdida frente al cliente.
En este contexto, los sistemas de almacenamiento de energía en baterías, conocidos como BESS, dejan de ser un accesorio tecnológico. Bien diseñados, pueden funcionar como una herramienta de continuidad operativa y administración de costos. La batería se carga cuando la energía es más económica, cuando existe menor demanda o cuando hay excedentes de generación solar, y se descarga en los periodos de mayor costo o mayor carga. Con ello puede reducir picos de demanda, desplazar consumo y aprovechar mejor la energía generada dentro de la propia instalación.
La segunda función es la resiliencia. Si el proyecto cuenta con inversores capaces de formar una red interna, sistemas de transferencia, protecciones adecuadas y cargas críticas claramente separadas, la batería puede mantener procesos esenciales durante una interrupción. Ésta es una precisión importante: instalar baterías no garantiza por sí mismo respaldo durante un apagón. Un sistema conectado a la red, pero sin capacidad de operación en isla, puede desconectarse por seguridad al perder la señal eléctrica. La ingeniería importa tanto como la capacidad instalada. También es necesario diferenciar potencia y energía. Los kilowatts o megawatts indican cuánto puede entregar el sistema en un instante; los kilowatt-hora o megawatt-hora determinan durante cuánto tiempo puede sostener esa entrega. Si una planta necesita recortar un megawatt durante dos horas, no basta con comprar una batería anunciada como de un megawatt. Deben considerarse la energía útil, la eficiencia del ciclo, la reserva operativa, la temperatura, la degradación y el crecimiento futuro de la carga. Comprar primero y estudiar después suele ser la ruta más rápida hacia un activo subutilizado.
La rentabilidad tampoco debe justificarse con una sola fuente de ahorro. El caso de negocio sólido suma varias capas de valor: reducción de demanda máxima, arbitraje entre periodos, mayor autoconsumo fotovoltaico, protección frente a precios spot cuando exista exposición contractual y, especialmente, pérdidas evitadas por cortes. A esa suma deben restarse la inversión, el financiamiento, la operación, los seguros, la eventual ampliación de módulos y el costo asociado al desgaste por cada ciclo. La batería más barata no necesariamente entrega la energía más barata a lo largo de su vida. México ha avanzado al reconocer jurídicamente el almacenamiento. En abril de 2026, la Comisión Nacional de Energía publicó nuevas disposiciones para integrar estos sistemas al Sistema Eléctrico Nacional, sustituyendo el esquema emitido en 2025 y estableciendo un marco acorde con la nueva legislación sectorial. El avance regulatorio es relevante, pero no elimina la necesidad de revisar permisos, interconexión, medición, seguridad y obligaciones aplicables a cada modalidad. Para la industria, la certidumbre se construye proyecto por proyecto.
La oportunidad es particularmente clara en estados industriales como Coahuila, donde conviven manufactura intensiva, crecimiento de carga, recurso solar y presión por atraer nuevas inversiones. Un programa estatal de diagnósticos energéticos podría identificar plantas con alto costo por demanda, procesos sensibles a interrupciones y techos o terrenos aptos para combinar generación solar y almacenamiento. La prioridad no tendría que ser subsidiar equipos, sino facilitar medición, ingeniería, financiamiento y proyectos piloto con resultados verificables. Las baterías no sustituyen la expansión de transmisión y distribución, ni resuelven por sí solas la falta de generación firme. Son una pieza de una política más amplia que debe incluir redes, eficiencia, respuesta de demanda, contratos adecuados y nueva capacidad. Pero esperar a que toda la infraestructura esté lista tampoco es una estrategia empresarial. Cada usuario industrial puede reducir parte de su exposición y convertir su sistema eléctrico interno en un activo gestionable.
Hoy por hoy, México no puede aspirar a captar más manufactura, centros de datos y cadenas de suministro avanzadas si la continuidad eléctrica sigue tratándose como un asunto externo a la empresa. La tecnología ya permite almacenar energía, administrar picos y proteger procesos críticos; lo que falta es medir correctamente el riesgo y convertirlo en decisiones de inversión. La pregunta incómoda ya no es cuánto cuesta instalar baterías, sino cuánto le está costando a la industria mexicana seguir operando sin ellas.
X: @pacotrevinoag




