
El mundo entero es un teatro
Shakespeare
La pertenencia es, sin duda, la primera instancia en la formación de la identidad; es decir, de aquello que creemos ser. Y digo creemos, porque saber realmente quiénes somos es una tarea de toda la vida, en la que uno de los aspectos principales del pertenecer juega un rol esencial: caber; o sea, ocupar un lugar específico en el grupo, nuestro y de nadie más, pero que puede ser diferente en la familia, que entre los amigos, en el trabajo o toda la sociedad.
Puede o no ser un lugar importante, pero es ese en el que nos sentimos cómodos, donde encontramos el reconocimiento que necesitamos y desempeñamos un rol particular. Caber es, pues, la dimensión funcional de pertenecer y elemento sine qua non de la misma, porque sí usted todavía no sabe cómo cabe en un grupo, no será extraño que se sienta inadecuado.
Caber, no caber o dejar de caber tienen distintos significados en nuestras vidas y diferentes formas de resolución. Si cabe, los demás y usted mismo tendrán una expectativa sobre cómo debe desempeñar el rol que le toca. Si no cabe es muy probable que se sienta tan incómodo que termine yéndose y, aquí viene lo importante, si deja de caber es momento de moverse y cambiar, no de reajustar toda su estructura mental y su conducta para permanecer, que es lo que todos solemos hacer.
La psicología social ha llamado role engulfment al proceso por el cual un papel absorbe otras dimensiones de la identidad: una vez que cabemos, puede aparecer una presión muy fuerte para conservarla nuestra posición, porque de ello dependerá la pertenencia, de manera que la psique identifica aquello por lo que se nos reconoce con el yo mismo.
Ya no puedo permitirme “ser” cualquier cosa que contradiga aquello que se espera y espero de mí. Este fenómeno explica mucho mejor el manido asunto de la autoestima: no solo necesito que piensen bien de mí, sino que me consideren necesario y adecuado para mi rol.
Eso puede producir una forma peculiar de impostura, es decir, de sensación de que no damos “el ancho”. Supongamos que una mujer ha sido durante años la fuerte y la competente de su familia, hasta que un día está agotada, aterrada o simplemente necesita que alguien la sostenga. El problema es que ya no sabe si puede dejar de ser lo que se espera de ella sin alterar el sistema de relaciones en el que desempeña ese rol, así que no pide ayuda o no se deja ayudar cuando alguien se lo ofrece. Mayor será la presión, además, mientras más importancia tenga en la jerarquía grupal.
Evidentemente, en algún momento sufrirá una crisis y habrá un colapso emocional en su vida. Es muy probable que enferme físicamente de manera grave. Tiene dos caminos, tratar de recomponerse, o soltar, reconociendo que su fortaleza ha sido un rol, no su ser; aislarse para que nadie se dé cuenta de que se “quebró”, o aceptar que puede ser tan débil como fuerte; negarse a dejar de cumplir la expectativa ajena y propia, o evolucionar.
Es importante señalar que cuando hablamos de impostura no lo hacemos desde la perspectiva del engaño o la mentira: la persona originalmente era fuerte y competente. La “falsificación” comenzó cuando la realidad humana inevitablemente dejó de coincidir con la expectativa, pero el personaje creado a partir del rol siente que no puede permitirse mostrar esa discrepancia.
El personaje social que somos nace de una negociación elemental con el grupo, que distribuye reconocimiento en función de ciertas aportaciones materiales, emocionales y simbólicas. Y por supuesto también caben los roles incómodos: el rebelde, la víctima permanente, el irresponsable al que todos rescatan. Incluso los papeles disfuncionales otorgan un lugar estable, porque refuerzan la función de quien corrige, castiga, disciplina, da consejos y, claro, del “bueno”.
¿Usted conoce sus roles?




