lunes, septiembre 14, 2026
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EL AVIÓN NO FUE EL PROBLEMA

La semana pasada semana Carín León tenía que cantar frente a miles de personas en el Sphere de Las Vegas. No llegó. El primer avión que lo llevaría desde Hermosillo tuvo una falla en los frenos. Consiguieron otro. También tuvo problemas. Y aquí quiero dejar algo clarísimo: hicieron perfectamente bien en no volar.

Ni Carín León, ni Taylor Swift, ni los Beatles justifican subirse a un avión que no está en condiciones. El problema no fue ese. El problema es otro. ¿Por qué un evento de tal tamaño dependía de que prácticamente todo saliera bien ese mismo día? Ahí cambia mucho la cosa.

Porque una cosa es tener un imprevisto y otra muy distinta es construir un plan donde un imprevisto relativamente normal tenga la capacidad de tirarlo todo. Y esto no solamente pasa en los conciertos. Pasa todos los días en la chamba. El proveedor tenía que entregar hoy porque mañana inauguramos. El depósito tenía que caer hoy porque mañana pagamos. El arquitecto manda los planos en la noche porque la junta es a las ocho de la mañana. El director llega cinco minutos antes de su presentación porque, en teoría, el vuelo aterrizaba con tiempo.

Todo funciona bien. Hasta que deja de funcionar. Tenemos una extraña obsesión con administrar al límite. Inventarios al límite. Tiempos al límite. Presupuestos al límite. Agendas al límite. Y luego, cuando algo se mueve cinco centímetros, sale nuestra frase favorita: “Es que nadie podía preverlo”.

A veces sí. Tal vez no podías prever qué iba a fallar, pero sí podías prever que algo podía fallar. Eso es diferente. La planeación no trata de adivinar el futuro. Consiste en dejar suficiente espacio para sobrevivir cuando el futuro no ayuda mucho. A eso algunos le llaman colchón, otros contingencia, otros margen. Yo en este caso, le llamaría respeto.

Respeto por el cliente, por tu equipo, por el proveedor y por todas las personas que organizaron parte de su vida alrededor de una promesa que tú hiciste. Mientras el artista pierde un concierto, alguien más perdió un vuelo, una noche de hotel, un día de vacaciones, una cena reservada o simplemente la ilusión de algo que llevaba meses esperando.

Y aquí viene una reflexión que me encanta para cualquier director. Mientras más grande es el compromiso, mayor debería ser el margen. No menor.

Curiosamente hacemos lo contrario. Cuando algo se vuelve importante queremos exprimir cada minuto, cada peso y cada recurso para hacerlo “más eficiente”.

No se trata de vivir esperando una tragedia. Tampoco de llegar tres semanas antes a todas partes por si cae un meteorito. Se trata de entender que dirigir también significa pensar en lo que pueda pasar antes de que ocurra. ¿Qué pasa si falla esto? ¿Tenemos otra opción? ¿Cuánto tiempo necesitamos? ¿Dónde está nuestro punto de no retorno? Son preguntas aburridísimas. Hasta el día que salvan el proyecto.

Carín León ya hizo historia siendo el primer artista latino en encabezar Sphere, y un tropiezo no borra tremendo logro.  Pero precisamente porque los proyectos crecen, también tiene que crecer la responsabilidad alrededor de ellos.

Porque el éxito trae aplausos. Pero también obligaciones. Y creo que la enseñanza de esta historia es bastante simple: Los imprevistos van a existir siempre. Nuestra chamba no es eliminarlos. Es procurar que cuando aparezcan no tengan el poder de destruir todo el plan. Porque a veces el verdadero lujo no es tener más recursos. Es tener más margen y depender menos de  milagros.