miércoles, septiembre 9, 2026
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La cadena de frío rompió en algún punto entre el campo y la ciudad y el registro GPS es el único que dice dónde

Un cargamento de insulina salió de una planta de distribución en Querétaro un miércoles a las 06:40 de la mañana, y para las 14:15 ya estaba descartado. Nadie en el almacén de destino en Guadalajara supo explicar qué pasó entre esos dos puntos, porque el único registro disponible era un termómetro de mínimas y máximas pegado con cinta adhesiva a la pared interior del contenedor. Marcaba 11 grados cuando abrieron las puertas, pero eso solo contaba el final de la historia, no el momento exacto en que la temperatura salió del rango de 2 a 8 grados que exige el protocolo farmacéutico ni cuánto tiempo estuvo fuera. El lote completo, unas 4000 unidades más o menos, fue a destrucción. Según datos de la OMS, hasta el 25% de las vacunas llegan degradadas a su destino final y cerca del 20% de los productos farmacéuticos sufren excursiones de temperatura durante el traslado, y esas cifras probablemente se quedan cortas porque muchos incidentes simplemente no se registran o no se reportan.

Lo que diferencia a ese cargamento perdido en Querétaro de otro que llegó en condiciones el mismo día por la misma ruta es bastante simple. El segundo camión llevaba un sensor BLE conectado al rastreador GPS del vehículo, transmitiendo lecturas de temperatura cada 90 segundos junto con coordenadas de ubicación, y cuando el sistema de refrigeración del contenedor falló a las 10.52 cerca de la caseta de Irapuato, la plataforma de monitoreo disparó una alerta al coordinador de logística antes de que la temperatura subiera más de medio grado por encima del límite. El conductor recibió instrucciones de detenerse en un centro de distribución auxiliar a 40 minutos de ahí, transfirieron la carga a otra unidad refrigerada y el producto llegó a Guadalajara con la cadena de frío intacta. Toda la excursión quedó documentada con marca de tiempo y coordenadas GPS, que es lo que las autoridades sanitarias piden cuando hay una reclamación.

Roberto Fuentes, que coordina operaciones de distribución farmacéutica en una empresa con base en Monterrey, me dijo que antes de instalar sensores conectados al GPS perdían entre tres y cinco cargamentos al mes por excursiones de temperatura no detectadas a tiempo. “El problema nunca fue que el equipo de refrigeración fallara, eso pasa y va a seguir pasando,» comentó. «El problema era que nos enterábamos cuando ya no había nada que hacer, cuando el conductor abría las puertas en destino y alguien veía el termómetro en rojo.» La empresa opera unos 35 vehículos refrigerados que mueven producto farmacéutico entre seis estados del norte de México. Fuentes calcula que las pérdidas por cadena de frío rota les costaban quizás 800000 pesos al mes antes del monitoreo en tiempo real, aunque admite que la cifra real era más alta porque no siempre documentaban todo.

El sector de alimentos perecederos enfrenta el mismo problema multiplicado por volúmenes mucho más grandes y márgenes más delgados. Un estudio de la industria encontró que el 46% de los transportistas de perecederos ha tenido que descartar cargas completas por fallas en la cadena de frío, con pérdidas promedio de 1.08 millones de kilogramos de alimentos por transportista al año. En América Latina la situación es particularmente complicada porque la infraestructura de la cadena de frío sigue en desarrollo, las distancias entre zonas de producción agrícola y centros urbanos son enormes, y muchas rutas pasan por tramos donde la temperatura ambiente supera los 35 grados durante buena parte del año. Los datos del rastreador GPS de www.gpswox.com/es/fleet-tracking-and-management-software apuntan en la misma dirección, con la combinación de sensores de temperatura y rastreo permitiendo identificar no solo cuándo se rompe la cadena de frío sino exactamente en qué punto de la ruta ocurre, lo que cambia completamente la conversación con aseguradoras y clientes porque ya no se trata de señalar culpables sino de tener datos verificables.

Ana Lucía Mendoza, gerente de calidad en una cooperativa de productores de aguacate en Michoacán, me contó que empezaron a rastrear temperatura y ubicación simultáneamente después de perder un embarque de 22 toneladas que iba a un puerto de exportación en Lázaro Cárdenas. «Sabíamos que algo había pasado porque el producto llegó con signos de deshidratación, pero no podíamos demostrar en qué tramo de la ruta ocurrió la falla,» dijo. Ahora cada camión lleva entre dos y tres sensores BLE distribuidos en diferentes zonas del contenedor, porque la temperatura no es uniforme adentro, la parte trasera cerca de las puertas siempre es más caliente que el centro, y un solo sensor puede dar una lectura engañosa. Los datos se suben automáticamente a una plataforma que genera reportes por viaje, y si hay una desviación el sistema manda una alerta antes de que la temperatura se aleje demasiado del rango.

La parte regulatoria está empujando en la misma dirección. A partir de enero de 2026 se intensifica la fiscalización en varios mercados, y los transportistas deben rastrear temperaturas en cada punto de la cadena, almacenamiento, transferencia, crossdock, retener registros por dos años y poder presentar datos en 24 a 48 horas si se los piden. Para vacunas la exigencia es aún mayor. Un inventario de equipos de cadena de frío en cuatro países encontró que entre el 17% y el 33% de los equipos estaban inactivos al momento de la evaluación, y en estudios en instalaciones de salud entre el 10% y el 46% de los equipos exponían las vacunas a riesgo de congelamiento, con un promedio del 29%. En Nigeria, el tiempo promedio para reparar un refrigerador a nivel de gobierno local oscilaba entre dos meses y dos años, y sin un registro continuo de temperatura vinculado a coordenadas GPS esas fallas simplemente no se documentan.

Diego Páramo, que trabaja en logística de distribución de vacunas para un programa estatal de salud en Oaxaca, describió una situación que probablemente se repite en docenas de estados. «Tenemos refrigeradores que funcionan bien el 80% del tiempo, pero ese 20% restante puede coincidir con un corte de luz a las tres de la mañana y nadie se entera hasta que llega el personal a las siete,» me dijo. La solución que implementaron fue sensores inalámbricos que miden temperatura cada 60 segundos y transmiten datos vía un gateway con conexión celular. Si la temperatura sube de 8 grados o baja de 2 por más de diez minutos, el sistema llama automáticamente al encargado de guardia. En los primeros seis meses detectaron 14 excursiones que antes habrían pasado desapercibidas, y en al menos tres casos lograron mover producto a otro punto de almacenamiento antes de que se perdiera.

El mercado de logística de cadena de frío en América Latina alcanzó unos 5870 millones de dólares en 2025 y se proyecta un crecimiento anual del 11.6% en los próximos años. Pero el crecimiento del mercado no significa necesariamente que la cadena de frío funcione mejor, solo que mueve más volumen. Mendoza, la gerente de calidad en Michoacán, lo resumió de una manera que se me quedó. «Movemos más producto refrigerado que nunca, pero seguimos perdiendo porcentajes similares porque la infraestructura crece más lento que la demanda,» dijo. Un dato que circula bastante en la industria es que cerca del 20% de los alimentos se echa a perder durante el transporte a nivel mundial, y en regiones con infraestructura deficiente esa cifra sube fácil a 30 o 35%.

Un sensor BLE con capacidad de medir temperatura cuesta entre 15 y 40 dólares y se conecta al rastreador GPS que muchas flotas ya tienen instalado para otros fines. Lo que falta, según casi todos los que entrevisté, no es el hardware sino la voluntad de implementar procesos que obliguen a actuar sobre los datos. Páramo en Oaxaca fue bastante directo al respecto. “Puedo mostrarte el dashboard con todas las alertas del último mes, pero si el presupuesto para mover vacunas a otro refrigerador de emergencia no existe, la alerta no sirve de mucho”.