
Ciudad de México.-Colectivos que buscan la despenalización de la eutanasia marcharon al Zócalo, encabezados por Samara Martínez, paciente terminal.
‘NECESITO IRME TRANQUILA’
Carolina Maya y Angélica Ruiz, madre e hija, caminaban por Donceles tomadas de la mano.
A diferencia del resto de asistentes a la marcha en favor de la aprobación de la Ley Trasciende, ninguna de las dos entonó alguna consigna.
«No he podido gritar, porque de verdad me cuesta trabajo vivir ese momento de aceptar esa muerte», contó Carolina.
Angélica, de 30 años, padece insuficiencia renal desde hace 15 y actualmente recibe tratamiento.
«La hemodiálisis le funciona bien, pero sabemos que esto es algo sustitutivo nada más, desgraciadamente, van empeorando con esta enfermedad, el tratamiento los agota, los desgasta y es muy triste ver cómo cómo van cada día decayendo», lamentó su madre.
Aunque ha acompañado a su hija en cada etapa del tratamiento, Carolina reconoció que lo más difícil ha sido aceptar su deseo de morir.
«Tiene 15 años viviendo con esta enfermedad, pero me quiebro cada vez que hablo de ella porque me duele, quiero que ella tenga una vida plena y desgraciadamente no la puede tener», relató.
Pese a considerarse profundamente religiosa, reconoció que la experiencia personal amplió su perspectiva frente a la muerte digna.
«Sé que mi religión prohíbe la eutanasia, pero aquí estoy. Es fácil decir eso no es correcto, pero no estamos en esta posición para decidir por los enfermos, porque ellos son los que sufren. Yo lo he vivido con ella las veces que ha tenido sus crisis.
«No, yo no deseo su muerte, pero muchas veces ellos dicen, ya no quiero vivir. No nos queda de otra a nosotros como familiares, que apoyar esa decisión de decir hasta dónde quieren llegar», señaló.
Vestidas de blanco, continuaron marchando
«Hace tres años estoy con métodos sustitutivos y sé bien que esto no va a ser para siempre, mi cuerpo se va a ir debilitando poco a poco. Si ahorita tengo una vida digna, necesito una muerte digna, no quiero ser un peso para mis cuidadores y los dolores yo no sé cómo vayan a ser y necesito irme en paz y tranquila», contó.
Con una sonrisa agridulce, Angélica y su madre llegaron hasta la plancha del Zócalo.
«Que esté aprobada la ley no significa que sea obligatoria para toda la gente. Cada quien tiene derecho de decidir cómo vive y cómo muere», concluyó Angélica.
‘SU MUERTE FUE INDIGNA’
En las inmediaciones de la reunión entre la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, y los representantes del contingente a favor de la Ley Trasciende, Ariel García aguardaba apoyado sobre una valla metálica; al pecho, portaba una fotografía de dos adultos mayores encamados.
«Mi padre me pidió que lo matara, y yo, por amor, no pude hacerlo», apenas pudo pronunciar entre lágrimas.
Su padre, Víctor García, padeció osteoporosis durante dos décadas, enfermedad que destrozó su columna vertebral y convirtió sus últimos cinco años de vida en agonía.
«Su muerte fue tan indigna, un espectáculo horrendo y tétrico. En el hospital me tomaba la mano y me decía: ‘Mátame, hijo, ya no aguanto este dolor’. Yo no tenía palabras, y por él estoy aquí», relató.
Pese a que su padre padeció múltiples infartos, un marcapasos colocado años atrás le impedía morir.
«Ni la cocaína, ni la morfina, ni la mariguana podían saciar el dolor. Eran noches de llanto, de lágrimas, ver a un anciano llorar tortuosamente, sin poder morir», recordó.
Finalmente, hace un año, Víctor falleció tras quedar inconsciente por la intensa agonía física.
En la fotografía, recostada a un lado de su padre, está la madre de Ariel, quien tras el asesinato de su otro hijo sufrió una rápida pérdida de memoria.
«Ella aceleró una especie de amnesia. Los teníamos a los dos en cama y, aunque mi madre ya no era ella, por inercia le tomaba la mano a él. Es comprensible: el afecto, los vínculos, la dignidad», contó García.
Tres días después de que tomará la fotografía que ayer aferraba a su pecho, su madre murió, pues olvidó cómo comer.
Tras el fallecimiento de sus padres, Ariel abandonó su negocio y se dedicó al estudio de la tanatología.
«Me llena de rabia cuando los doctores no entienden la eutanasia. La tanatología sigue relegada, la eutanasia se sataniza. Para mí es vital que se apruebe esta ley, porque abrirá un gran paradigma», afirmó.
Aunque se mantiene cercano al movimiento, reconoció su temor de que la falta de voluntad social y política aletarguen la legalización.
«La marcha será larga. No tengo esperanza todavía, porque la sociedad y la política siguen cerradas. Pero este es un buen inicio; vendrán otras muertes hasta que algún día se venza (el estigma)», opinó.
VIAJAN PARA APOYAR LEY
Tras un viaje de seis horas en autobús desde la Sierra Norte de Puebla hasta la Capital, Ivoneri Fernández acudió a la primera marcha por la legalización de la eutanasia en el País.
Paciente crónica desde los 12 años, acumula cinco diagnósticos distintos, lo que le impide conocer con certeza cuál es la enfermedad que padece.
«Hubo temporadas en las que yo no podía caminar, que simplemente mis pies no respondían. En el tiempo de bachiller, no podía mover mis brazos, explicó.
Motivada por la historia de Samara Martínez, líder promovente del movimiento a favor de la Ley Trasciende, Fernández acudió a la concentración únicamente con una cartulina blanca y fue de las últimas asistentes en marcharse.
A escondidas de su familia, viajó sola para defender un derecho a futuro, al que quiere acceder antes de que su dolor se convierta en agonía.
«Ya he estado con especialistas, he estado con ortopedistas, decían que era distrofia muscular, lo cual era una enfermedad degenerativa. Me recomendaron que descansara lo más que me fuera posible, que era mejor estar sentada, una de las cosas que dije fue ‘si yo me quedo sentada, no voy a vivir'», contó. (AGENCIA REFORMA)




