miércoles, septiembre 16, 2026
Inicio OPINIÓN LIBERTAD CON DISCIPLINA

LIBERTAD CON DISCIPLINA

Sin responsabilidad no hay verdadera libertad

En México nos hemos acostumbrado a exigir que las cosas funcionen, pero no siempre a preguntarnos qué parte de ese funcionamiento depende también de nosotros. Queremos mejores servicios públicos, instituciones eficientes, calles limpias, seguridad, educación de calidad y autoridades honestas; esto es legítimo exigirlo; pero ninguna Nación puede construirse únicamente a partir de lo que sus ciudadanos reclaman del Estado; también se construye con lo que cada persona está dispuesta a aportar a la vida colectiva. Ésa es una conversación que México necesita recuperar; porque una Nación no se sostiene solamente con leyes, instituciones, infraestructura o crecimiento económico; se sostiene también sobre el carácter de sus ciudadanos. Por eso, hablar de educación, civismo, autoridad, mérito, responsabilidad y sentido del deber no significa discutir cuestiones menores; significa preguntarnos qué clase de país queremos construir y qué clase de mexicanos serán necesarios para hacerlo.

México aspira legítimamente a convertirse en una Nación más próspera, segura, productiva y cohesionada, sin embargo, ningún país alcanza esos objetivos únicamente ampliando derechos, aprobando reformas o creando instituciones; una sociedad democrática necesita libertad, pero también ciudadanos capaces de ejercerla con disciplina, responsabilidad, mérito y sentido del deber. La libertad es indispensable, pero no se sostiene por sí sola. Sin responsabilidad puede convertirse en indiferencia; sin límites, en abuso; y sin deberes, en la cómoda idea de que siempre corresponde a alguien más resolver nuestros problemas; es ahí encontramos una de las contradicciones de nuestro tiempo: defendemos, con razón, nuestros derechos, pero nos resulta cada vez más incómodo hablar de las obligaciones que permiten sostenerlos.

La disciplina, por ejemplo, suele confundirse con autoritarismo, pero no son lo mismo. Una sociedad disciplinada no es aquella donde los ciudadanos obedecen sin pensar. Es aquella donde las personas comprenden que sus decisiones tienen consecuencias y que vivir en comunidad exige compromisos elementales: cumplir la palabra, llegar a tiempo, respetar una norma legítima, realizar correctamente el trabajo, cuidar los espacios públicos y responder por los propios errores. Parecen conductas pequeñas. No lo son. Un trámite que nunca se resuelve en el plazo prometido, una reunión que comienza sistemáticamente tarde, una obra realizada sin el cuidado necesario, basura abandonada en la calle, una regla que todos conocen pero nadie respeta o la búsqueda inmediata de una excusa cuando algo sale mal parecen hechos aislados. Multiplicados millones de veces terminan definiendo la manera en que funciona un país. La impuntualidad se convierte en pérdida de productividad; la negligencia, en accidentes; el incumplimiento, en instituciones ineficientes; el desprecio por las normas, en corrupción. Muchos de nuestros grandes problemas nacionales comienzan como pequeñas concesiones cotidianas al incumplimiento.

Pero la disciplina necesita estar acompañada del mérito. Defender el mérito no significa ignorar las desigualdades ni privilegiar a quien nació con mayores ventajas; significa procurar oportunidades reales para todos y, al mismo tiempo, reconocer que el esfuerzo, la preparación, la capacidad, la constancia y los resultados deben tener consecuencias positivas; la igualdad de oportunidades no obliga a fingir que todos los resultados son iguales. La escuela debería ser uno de los primeros lugares donde un joven comprenda una relación esencial las oportunidades deben abrirse para todos, pero aprovecharlas exige compromiso personal. Quien estudia, se prepara y cumple debe encontrar reconocimiento; quien se equivoca debe aprender a corregir; y quien incumple deliberadamente debe enfrentar consecuencias razonables, no como venganza o castigo, sino porque una sociedad donde los actos carecen de consecuencias termina educando en la irresponsabilidad.

A esta discusión debemos incorporar un concepto que ha perdido presencia en el discurso público; el sentido del deber. Durante décadas hemos hablado —correctamente— de los derechos indispensables para una sociedad libre; pero hemos hablado mucho menos de las responsabilidades que hacen posibles esos mismos derechos. Queremos ciudades limpias, pero necesitamos ciudadanos que no arrojen basura, queremos seguridad, pero ésta requiere policías que cumplan su función, autoridades que apliquen la ley y ciudadanos dispuestos a respetarla, queremos una buena educación, pero requiere maestros preparados, familias involucradas, estudiantes responsables y autoridades competentes, queremos instituciones honestas, pero la honestidad pública también exige ciudadanos capaces de rechazar la corrupción aun cuando pudieran beneficiarse de ella. Una democracia madura comprende que la ciudadanía tiene dos caras inseparables; derechos y responsabilidades, también necesitamos recuperar una idea que hoy puede resultar incómoda: la Nación no solamente nos debe algo; nosotros también le debemos algo a la Nación. Esto no significa obediencia ciega ni nacionalismo vacío; significa comprender que formar parte de una comunidad política supone contribuir a ella. Servir a los demás, cuidar nuestro entorno, participar responsablemente en la vida social, ayudar durante una emergencia o simplemente realizar con dignidad nuestro trabajo cotidiano son también expresiones de patriotismo.  El patriotismo más útil no siempre aparece en discursos, ceremonias o banderas; muchas veces se encuentra en actos silenciosos: cumplir la palabra, trabajar bien, respetar la ley y hacer lo correcto aunque nadie esté observando; existe, sin embargo, una condición indispensable: disciplina y deber jamás deben utilizarse como pretexto para eliminar el pensamiento crítico.

México no necesita ciudadanos dóciles; necesita ciudadanos capaces de respetar una autoridad legítima y cuestionarla cuando se equivoca; profesionistas capaces de seguir procedimientos, pero también de mejorarlos; trabajadores responsables; ingenieros que innoven; científicos que desafíen ideas establecidas; empresarios dispuestos a asumir riesgos y servidores públicos con criterio. La verdadera disciplina intelectual no consiste en aceptar todo sin cuestionarlo. Consiste en saber cuestionar con argumentos, evidencia y responsabilidad; ahí se encuentra uno de los equilibrios más difíciles de una sociedad democrática; respetar las reglas legítimas sin fomentar obediencia ciega y cuestionar la autoridad sin convertir toda rebeldía en una virtud automática. No todo acto de autoridad es autoritario; tampoco toda desobediencia es valentía. La formación de este tipo de ciudadanos tampoco puede recaer exclusivamente en la escuela o en el gobierno; La familia transmite hábitos y valores; la escuela desarrolla conocimientos y capacidades; la sociedad establece estándares de conducta y las instituciones fijan y aplican reglas; cuando estos espacios coinciden en principios básicos —respeto, responsabilidad, esfuerzo, honestidad y cumplimiento— forman cultura; por eso, detrás de cualquier discusión educativa existe una pregunta mucho más profunda ¿Qué clase de ciudadano necesita México? Uno libre, pero responsable; crítico, pero respetuoso; competitivo, pero solidario; consciente de sus derechos y también de sus obligaciones; orgulloso de su país, pero suficientemente maduro para reconocer sus deficiencias; respetuoso de la autoridad legítima, pero intolerante frente al abuso y convencido de que el progreso nacional también depende de su propia conducta. Pero ninguna exigencia dirigida al ciudadano será legítima si olvidamos la otra mitad de la ecuación; el Estado debe predicar con el ejemplo.

No puede exigir puntualidad mientras sus instituciones incumplen sus propios plazos; hablar de honestidad mientras la corrupción permanece impune; pedir respeto por las normas cuando quienes ejercen el poder parecen colocarse por encima de ellas, ni exigir sacrificios a los ciudadanos mientras conserva privilegios injustificados. El deber tiene que ser recíproco. El ciudadano tiene obligaciones frente a la Nación, pero la Nación, a través de sus instituciones, también tiene obligaciones frente al ciudadano. La disciplina pública comienza cuando las mismas reglas esenciales se aplican al poderoso y al ciudadano común; de otro modo, la exigencia pierde legitimidad. México no necesita caminar hacia una sociedad autoritaria; pero tampoco puede resignarse a una donde toda exigencia sea considerada opresión, toda corrección sea vista como agresión y toda responsabilidad pueda convertirse automáticamente en culpa de alguien más.

Existe un camino más sensato; una sociedad libre que vuelva a valorar la exigencia; una sociedad donde libertad no signifique ausencia de límites; disciplina no signifique sometimiento; mérito no signifique privilegio; autoridad no signifique abuso; y patriotismo no consista solamente en ondear una bandera, sino también en cumplir la palabra, trabajar correctamente, respetar la ley, servir a los demás y asumir nuestra parte de responsabilidad por el destino colectivo. Los países no cambian únicamente mediante grandes reformas; también cambian cuando millones de personas modifican pequeñas conductas todos los días. Una Nación comienza a transformarse cuando cumplir deja de ser extraordinario y se vuelve normal; cuando hacer bien el trabajo no depende de que alguien esté vigilando; cuando respetar una ley justa deja de considerarse ingenuidad; cuando reconocer el mérito deja de confundirse con discriminación; cuando aceptar un error deja de verse como debilidad y cuando entendemos que México no es solamente aquello que recibimos del Estado, sino también aquello que cada uno de nosotros aporta; ese es el equilibrio que debemos recuperar, libertad con disciplina; derechos con deberes; oportunidades con mérito; pensamiento crítico con responsabilidad; patriotismo con servicio. México no necesita ciudadanos que simplemente obedezcan, tampoco ciudadanos que solamente exijan; necesita ciudadanos libres que sepan ejercer sus derechos y cumplir sus deberes; que cuestionen cuando sea necesario y respeten las reglas cuando sean legítimas; que exijan instituciones mejores, pero comprendan que ninguna transformación nacional puede depender exclusivamente del gobierno, porque el destino de una Nación también se construye en la conducta cotidiana de quienes la integran; porque la verdadera libertad no consiste solamente en poder elegir nuestro propio camino, consiste también en tener el carácter, la responsabilidad y la disciplina necesarios para recorrerlo correctamente; porque una Nación verdaderamente libre no es aquella donde nadie tiene obligaciones. Es aquella formada por ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos.

 

jcdovala@gmail.com