
Treinta años cuidando al gigante Zapalinamé
Hay personajes que entran a la pista, hacen su número, reciben aplausos y desaparecen cuando cae el telón. Otros, en cambio, permanecen durante siglos vigilando la carpa. En Saltillo tenemos uno de esos gigantes silenciosos: la sierra de Zapalinamé, ese enorme guardián que se recuesta al oriente de la ciudad y cuya silueta recuerda al indio dormido que, según la leyenda, jamás abandonó el valle.
Este 2026 se cumplen 30 años de una etapa fundamental en la protección organizada de la sierra. En 1996 fue decretada como zona sujeta a conservación ecológica y comenzó a consolidarse un modelo en el que autoridades, organizaciones civiles, especialistas y ciudadanos entendieron algo elemental: cuidar Zapalinamé no era proteger solamente un bonito escenario natural; era cuidar una de las principales fuentes de vida de Saltillo.
Porque antes de que llegaran los reflectores, las avenidas, las industrias y los fraccionamientos, la sierra ya estaba ahí. Mucho antes de Alberto del Canto, de los españoles y de la llegada de los tlaxcaltecas, estos valles fueron recorridos por pueblos originarios dedicados a la caza y la recolección. Entre ellos se encontraban grupos huachichiles, y de esa historia surge el nombre que terminó bautizando a la montaña.
Zapalinamé fue un dirigente indígena asociado con la resistencia de los huachichiles frente al avance español durante el siglo XVI. No defendía un asiento en primera fila ni un espacio dentro del espectáculo político de su época. Defendía algo mucho más sencillo y profundo: territorio, agua y libertad.
La tradición cuenta que después de resistir a los conquistadores se refugió en las montañas y que, tras su muerte, su cuerpo terminó fundiéndose con la sierra. Desde entonces, quienes miramos hacia el oriente podemos imaginar su cabeza, su pecho y sus piernas acostadas sobre el horizonte. Es el famoso Indio Dormido. Aunque, viendo lo que ocurre alrededor, quizá sería mejor decir que duerme con un ojo abierto. Y tiene razones.
Zapalinamé es mucho más que paisaje. Sus bosques, su suelo y sus formaciones de roca permiten captar e infiltrar el agua de lluvia que alimenta los acuíferos de los que depende buena parte de Saltillo. Por eso cada árbol perdido, cada incendio, cada construcción irregular y cada cambio de uso de suelo representan algo más que un daño ambiental: significan reducir poco a poco la capacidad de la montaña para seguir dando agua.
No es una preocupación nueva. Desde 1937, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, parte de la serranía ya había sido considerada zona protectora forestal. Décadas después llegaron estudios, proyectos para conservar el Cañón de San Lorenzo y, finalmente, el decreto de 1996 que dio paso al modelo de conservación que conocemos actualmente.
Treinta años después, el Consejo Consultivo y las organizaciones que trabajan alrededor de Zapalinamé tienen frente a sí una función cada vez más complicada. Los enemigos ya no llegan montados a caballo ni cargan espada. Ahora se llaman crecimiento urbano, incendios, sequía, cambio climático, presión inmobiliaria y sobreexplotación del agua.
En este circo moderno todos queremos asiento, automóvil, casa, industria, centros comerciales y agua disponible cuando abrimos la llave. El problema es que seguimos creyendo que el espectáculo puede continuar indefinidamente sin pagar el costo de mantener la carpa.
Cuenta la leyenda que Zapalinamé se convirtió en montaña para proteger eternamente al valle. Tal vez, después de cuatro siglos, llegó el momento de invertir los papeles.
Ahora somos nosotros quienes debemos proteger a Zapalinamé. Porque el día que ese gigante deje de darnos agua, no habrá aplausos, segunda función ni acto de magia capaz de devolvernos lo que dejamos perder.
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