Hay algo que admiro profundamente de los emprendedores. Y es que casi siempre empiezan donde nadie más quiere estar. Con el cliente que compra poquito. Con el mercado que todavía no existe. Con el producto que todavía tiene muchas cosas por mejorar. Con una oficina improvisada. Con tres empleados que hacen de todo. Y, normalmente, con alguien diciéndoles: “Eso nunca va a funcionar”.
Hace unos días me tocó leer un artículo de Clayton Christensen, Michael Raynor y Rory McDonald de innovación disruptiva. Y entre tanta teoría, ejemplos y conceptos, hubo una idea que me gustó muchísimo. Muchas de las empresas que terminan cambiando industrias enteras no comenzaron compitiendo contra los gigantes. Comenzaron atendiendo algo que los gigantes dejaron de ver.
Y leyéndolo, inevitablemente pensé en Roberto. Roberto es un muy buen amigo y compañero de maestría. Pero, sobre todo, es de esas personas a las que yo definiría como emprendedor nato. Es muy inteligente, sí. Pero creo que tiene algo todavía más difícil de encontrar: astucia. Esa capacidad de ver posibilidades donde otros vemos problemas. De conectar puntos que aparentemente no tienen nada que ver. De combinar creatividad, experiencia y muchísimo empuje hasta lograr algo que, para mí, define bastante bien a un emprendedor: hacer que las cosas sucedan.
Porque ideas tenemos todos. En una carnita asada podemos arreglar una empresa, inventar tres negocios, solucionar el tráfico de la ciudad y hasta mejorar la economía nacional. El lunes es otra cosa. El lunes hay que ejecutar. Y ahí empiezan a separarse los emprendedores de los fantasiosos.
El artículo platica que una verdadera innovación disruptiva normalmente comienza precisamente en lugares que las empresas establecidas han dejado de atender: segmentos pequeños, clientes menos rentables o incluso personas que antes ni siquiera podían consumir “X” producto o servicio. Al principio no se ve impresionante. Y eso es justamente lo interesante.
Netflix, por ejemplo. Cuando apareció en 1997 no parecía el asesino de Blockbuster. Mandaba películas por correo. Por correo. Había que escoger una película en internet y esperar varios días para recibirla.
Mientras, podías manejar diez minutos, entrar a Blockbuster, escoger una película y regresar a tu casa. No había comparación. Blockbuster tenía razones bastante lógicas para no morirse de miedo.
Pero Netflix siguió avanzando. Mejoró. Cambió. Llegó el streaming. Y aquel pequeño competidor terminó ofreciendo algo suficientemente bueno para atraer al mercado principal. El articulo utiliza justo este caso para explicar cómo una disrupción puede tardar años en avanzar desde los márgenes hasta convertirse en una verdadera amenaza para las empresas establecidas.
Eso me hizo pensar en algo. Qué fácil es admirar al emprendedor cuando ya le fue bien. Cuando la empresa vale millones, sale en revistas y el fundador da conferencias, aparecen los que dicen: “Yo siempre supe que iba a pegar”.
Sí, cómo no. A mí me parece mucho más admirable la etapa anterior. Cuando nadie sabe. Cuando no hay aplausos. Cuando hay que vender. Cobrar. Pagar nómina. Equivocarse. Corregir. Volver a vender. Y regresar al día siguiente.
Por eso admiro tanto esa característica que tiene Roberto y en muchos buenos emprendedores. No necesariamente saben exactamente cómo van a llegar. Pero avanzan. Preguntan. Buscan. Conectan personas. Pivotean. Prueban otra cosa.
Si la puerta no abre, buscan la ventana. Y si tampoco abre, ya están pensando quién vende bisagras. Eso es astucia. Y también es emprendimiento. Porque otra cosa interesante de la disrupción es que no sucede de un día para otro. Es un proceso.
Christensen y sus coautores insisten en eso: las innovaciones comienzan muchas veces como miniexperimentos. Nosotros, creo que a veces, romantizamos muchísimo el resultado. Nos encantan las historias del unicornio. Mucho menos las del compa que lleva siete años intentando que su negocio funcione.
Nos fascina hablar del levantamiento de capital. Mucho menos del emprendedor que un viernes está haciendo cuentas para pagar la nómina.
Nos gusta el éxito. Pero el emprendimiento pasa antes del éxito. Y tampoco significa que todos van a triunfar.
El artículo lo aclara: no todas las trayectorias disruptivas terminan bien y no toda empresa exitosa necesariamente fue disruptiva. Justo por eso creo que emprender merece tanto respeto. Porque no existen garantías. Es apostar tiempo, dinero, reputación, tranquilidad y seguramente una cantidad considerable de pelo como Roberto. Es ver algo que aún no existe y tener la creatividad para imaginarlo, la astucia para encontrarle camino y el empuje para hacerlo suceder.
Y esa es la reflexión que más me dejó esta lectura. Nunca hay que hacer menos al que empieza pequeño. Las empresas grandes deberían tener muchísimo cuidado con dejar de ver hacia abajo. No por miedo. Por humildad.
Porque mientras algunos estan en una sala de juntas discutiendo presupuestos, márgenes, presentaciones y estrategias, probablemente haya un Roberto en algún lugar resolviendo de una forma mucho más sencilla un problema que nosotros dejamos de considerar importante.
Hoy vende poco. Hoy tiene pocos clientes. Hoy nadie sabe cómo se llama. Y existe la posibilidad de que fracase. Claro. Pero también es un perfil que normalmente seguirá intentando, aprendiendo, conectando puntos y haciendo que las cosas sucedan. Hasta que un día deje de ser el chiquito. Y entonces todos vamos a verlo. Aunque algunos tuvimos la suerte de admirarlo desde antes.




