jueves, agosto 13, 2026
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IRENE 1, EL TERROR 0

Estas vacaciones estaba haciendo una de las actividades más demandantes de nuestra generación: Perder el tiempo en Netflix. Entre una cosa y otra terminé viendo una película sobre Miguel Ángel Blanco, el joven político español que fue secuestrado y asesinado por ETA en 1997.

Yo había escuchado muchas veces esas tres letras, pero nunca me había metido realmente a entender qué había detrás. Y sí: un horror. Para el que, como yo, no tenga demasiado contexto, ETA fue una organización terrorista separatista que durante años utilizó asesinatos, secuestros, bombas y amenazas para intentar imponer su proyecto político en España.

Hasta ahí les voy a dedicar, no valen la pena. Porque leyendo sobre ellos terminé encontrando una historia muchísimo más interesante. La de Irene Villa. En octubre de 1991, Irene tenía 12 años. Iba al colegio con su mamá, María Jesús González, cuando una bomba colocada por ETA explotó en el carro en el que viajaban. Irene perdió las dos piernas y tres dedos de la mano izquierda. Su madre perdió una pierna y un brazo.

Doce años. A esa edad nos parecía la mayor tragedia que cancelaran el recreo. A ella le cambió literalmente la vida en unos segundos. Irene tenía todas las razones del mundo para vivir enojada. Todas. Podía haber convertido aquel 17 de octubre en su identidad. Podía haber pasado el resto de su vida explicándonos lo que le habían quitado. Y nadie habría tenido derecho a reclamarle nada.

Pero hizo algo mucho más impactante a mi opinión. Se dedicó a descubrir qué le quedaba. Estudió Comunicación Audiovisual, Psicología y Humanidades. Se convirtió en periodista, escritora, conferencista y publicó su primer libro, Saber que se puede, en 2004.

Pero luego se le ocurrió una idea: Esquiar. Y no irse tranquilamente un fin de semana a tomarse un chocolate caliente viendo la nieve. No. Competir.

Irene comenzó a practicar distintos deportes adaptados: bicicleta, vela, piragüismo, baloncesto en silla de ruedas. Pero se enamoró precisamente del que más trabajo le costaba: el esquí. Se caía. Se volvía a subir. Se volvía a caer. Se lesionaba. Y regresaba.

En 2007 formó parte del equipo femenino de competición de esquí alpino adaptado. Después vinieron medallas: oros en Cataluña, campeonatos nacionales, Copa de España y, en 2014, el campeonato de España de slalom.

Hay una frase suya que me llamó muchísimo la atención. Contaba que su papá, después de tantas caídas y lesiones, llegó a decirle que lo dejara, que ya no tenía nada que demostrar. Su respuesta fue básicamente que no estaba tratando de demostrar nada. Quería aprender. Quería competir. Quería ser feliz arriba de un monoesquí.

Qué diferencia. Muchos vivimos intentando demostrar. Que podemos. Que tenemos razón. Que somos exitosos. Que estamos bien. Que el otro perdió y nosotros ganamos. Irene simplemente quería vivir. Y tal vez por eso terminó ganando tanto.

Hay otra parte de su historia que me impacto todavía más: el perdón.

Irene ha hablado durante años de haber elegido perdonar y seguir adelante. Y creo que aquí hay que entender bien la palabra.

Perdonar no significa decir que lo que pasó estuvo bien. No significa olvidar. Mucho menos quitarle responsabilidad al que hizo daño. Significa decidir que, después de haberte quitado una parte de tu vida, no vas a permitirle quedarse también con todo lo que viene después.

Bastante habían ocupado ya su historia como para además rentar gratis un departamento en su cabeza. Eso me parece brutal. Porque todos cargamos cosas, evidentemente en escalas incomparablemente distintas. Una traición. Una enfermedad. Un fracaso. Alguien que nos hizo daño. Una decisión que salió de la fregada.

Y a veces, sin darnos cuenta, convertimos ese episodio en nuestra  carta de presentación. “Yo soy al que le pasó…” “Yo soy al que le hicieron…” “Yo soy el que perdió…”

Irene Villa pudo ser durante toda su vida “la niña del atentado”. Decidió ser muchísimo más. Periodista. Escritora. Psicóloga. Madre. Deportista. Campeona. Y, sobre todo, una mujer que se negó a entregarle el resto de su vida a quienes intentaron arruinársela.

Esa es la parte que más me llevo de haber perdido el tiempo en Netflix. Uno no siempre puede decidir lo que le pasa. A veces la vida llega sin avisar y te cambia las reglas, el tablero y hasta las piezas. Pero queda una decisión. Qué hacer después. ETA puso una bomba. Irene Villa construyó una vida. Y entre las dos historias, no tengo ninguna duda de cuál merece que sigamos contando.