
Tijuana es tan fascinante como atrayente. Es un crisol de cultura y patria. Es la tierra de Crosthwaite, el amigo de Julián Herbert. En sus calles, un río de humanidad; la vecindad con la séptima economía del mundo es un imán. Me refiero a California. Creció en el confín del país como un territorio y, en 1952, se convirtió en una entidad federativa. En algunos de mis libros de la niñez todavía se hablaba de tal condición y se incluía el relato de cómo estuvo a punto de perderse ante la codicia del vecino del norte.
Los Estados Unidos, la mayor economía del mundo, también son los que más droga consumen y más armas producen. En las calles se recuerdan los días de la prohibición del alcohol en la Unión Americana y la “prosperidad” que esto trajo a la región. El área fue sede de un legendario casino y de su propietario. También se edificó el suntuoso Jai Alai y el galgódromo. En las tertulias salen las viejas historias de los pactos para producir droga en México y surtir a los vecinos. Muchas veces las he escuchado con diferentes versiones.
En el famoso restaurante se sirve la mejor ensalada que con su nombre se conoce. El local recuerda al Crosby’s de Acuña y al Moderno de Piedras Negras, los dos desaparecidos en los terribles días de la violencia. En las paredes del negocio que, bajo la buena mano de Cesare Cardini, vio nacer en 1924 el fino bocadillo, hay decenas de fotografías que recuerdan momentos estelares de la ciudad. Las mesas están medio llenas de comensales, varios de ellos extranjeros. Al tiempo que preparan el aderezo y sumergen la lechuga que no resultó explosiva, recuerdo a la frontera de Coahuila con su historia de los Nachos, tan parecida a la que me narra el mesero.
Hay miedo en la población; las malas decisiones del gobierno recaen en la economía y la seguridad. La emergente clase política de Morena, llena de personajes controvertidos, se desgarra en una guerra interna. La borrachera del obradorismo se convirtió en una resaca de proporciones monumentales. La pandilla que arribó al poder bajo los vientos del cambio y el aliento de una narrativa donde todo parecía posible se baña en cubetas de estiércol, en las que no faltan traiciones personales e incluso a la patria.
La geografía de Tijuana es de contrastes. En Lomas Taurinas, la barda que promueve a Colosio resiste 30 años de calor y lluvia; junto a ella, unos sonorenses murmuran oraciones a quien fue asesinado. A unos kilómetros, frente al hotel que hospedó a los futbolistas iraníes, los ricos del pueblo juegan golf, mientras el Hong Kong, en la calle Coahuila, espera la noche para llenarse de luces y maquillaje.
México abandonó la lucha por traer del extranjero nuevas inversiones. El T-MEC se tambalea y las armadoras reducen su producción; la cervecera no se instaló y dejó mal sabor de boca a los empresarios. No obstante, la esperanza se mantiene: los buenos son más y mejores. En un salón hablamos por horas sobre las opciones para recuperar la ciudad y aprovechar su enorme potencial. Nadie se movió hasta concluir el evento.
La frase puede parecer un lugar común, pero en el caso de Tijuana es cierta: el potencial está en la gente. Son los más mexicanos entre los mexicanos, con un cúmulo increíble de conocimientos y aptitudes. El peso de la cultura se sostiene en la pluralidad y el amor a la patria.




