
El 9 de agosto de 1982, en la entrada de Palacio de las Naciones Unidas, en Ginebra, alguien preguntó: —¿Ustedes a qué vienen?
La pregunta pudo haber sido hecha en la entrada del Palacio de las Naciones, en Ginebra. No tenía nada de extraordinario. Era la clase de pregunta que se hace a quien pretende entrar en un lugar reservado para otros. El Palacio estaba acostumbrado a los Estados. A los funcionarios con carpetas bajo el brazo, trajes oscuros y nombres escritos en pequeñas placas sobre las mesas.
Pero aquella mañana comenzaron a llegar personas distintas.
Venían de lugares que muchos de los hombres y mujeres que trabajaban allí apenas podían ubicar en un mapa. No llegaban como gobiernos. No traían ejércitos. Venían a hablar. Y quizá eso era precisamente lo extraño.
Durante décadas, las Naciones Unidas habían estudiado su situación y habían discutido su discriminación. Pero los propios pueblos indígenas apenas habían encontrado un lugar desde el cual hablar dentro de aquella enorme maquinaria internacional.
Años atrás, en 1971, la ONU había nombrado a José R. Martínez Cobo, diplomático ecuatoriano, como Relator Especial para estudiar la discriminación contra las poblaciones indígenas. Martínez Cobo comenzó a reunir testimonios y denuncias. Lo que encontró fue mucho más grande de lo que probablemente esperaba. La discriminación no era un accidente: ¡Era una estructura!
Su informe comenzó a llegar a las Naciones Unidas en 1981 y continuó durante los años siguientes. Las páginas fueron llenándose de historias sobre despojo, discriminación, pobreza, pérdida de territorios, destrucción cultural y negación de derechos. Entonces algo comenzó a moverse.
El 7 de mayo de 1982, se creó formalmente el Grupo de Trabajo sobre Poblaciones Indígenas. Y tres meses, el 9 de agosto de 1982, el Grupo de Trabajo celebró su primera reunión en Ginebra. Fue entonces cuando los pueblos, llegaron desde todos los rincones del mundo. Venían a ser escuchados por la comunidad internacional.
Los pueblos indígenas llegaron con sus propias formas de nombrarse y de reconocerse. Y llegaron también con sus ropas. En medio de la arquitectura solemne de Ginebra, aparecieron los colores, los tejidos, los símbolos, las joyas de pueblos que durante siglos habían sido obligados a esconder precisamente aquello que los hacía diferentes.
Pero sobre todo llegó el mensaje de la resistencia.
No era la primera vez que quienes habían sido expulsados de la historia regresaban para reclamar un lugar en ella.
Había ocurrido muchas veces antes: cuando los esclavos de Haití decidieron que la libertad no era una palabra reservada para los hombres que los gobernaban; cuando Frederick Douglass se levantó frente a una sociedad que hablaba de libertad mientras mantenía a otros hombres encadenados; cuando las sufragistas irrumpieron en los espacios donde durante siglos se había decidido el destino de las mujeres sin ellas.
En Ginebra ocurrió algo distinto, pero pertenecía a la misma historia. No llegaron para ser representados. Llegaron para representarse a sí mismos.
Y aquello, en una institución acostumbrada a hablar en nombre de la humanidad, era un acto de resistencia.
Erica-Irene Daes, una de las figuras centrales de aquel proceso dentro de las Naciones Unidas, dedicaría décadas a ese trabajo. En Indigenous Peoples: Keepers of Our Past, Custodians of Our Future, reconstruiría parte de aquella larga batalla para que los pueblos indígenas dejaran de ser únicamente objeto de estudio y se convirtieran en sujetos de derechos dentro del derecho internacional.
En 1982 nadie sabía todavía hasta dónde llegaría aquello. Doce años después, el 23 de diciembre de 1994, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió que cada 9 de agosto sería el Día Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo.
Desde entonces, cada 9 de agosto volvemos a recordar aquella fecha. Pero quizá deberíamos hacerlo de otra manera. No como quien celebra una efeméride. Sino como quien recuerda una deuda. Porque la historia de los pueblos indígenas no comenzó en Ginebra. Y tampoco terminó allí.
Los pueblos indígenas ya estaban aquí cuando las fronteras fueron dibujadas. Cuando las leyes comenzaron a decir quién tenía derechos y quién debía obedecer. Lo que ocurrió en Ginebra fue otra cosa.
Por primera vez, una parte de la comunidad internacional comenzó a comprender que no podía seguir hablando sobre los pueblos indígenas sin escucharlos hablar por sí mismos.
Por eso, cuando hoy alguien pregunte:
—¿Ustedes a qué vienen?
La respuesta debería ser sencilla.
Venimos de muy lejos.
Venimos de antes.
Intentaron borrarnos de los mapas, y de las leyes. Y, sin embargo, contra todos los pronósticos de la historia, seguimos aquí.




