viernes, septiembre 4, 2026
Inicio OPINIÓN DIRECTAMENTE DESPROPORCIONAL

DIRECTAMENTE DESPROPORCIONAL

 Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana

Albert Einstein

En términos evolutivos, ignorar una amenaza puede costarnos la vida como individuos y la extinción como especie. Por eso es que constantemente nos estresamos ante lo que nuestra psique considera un peligro, y créame que en esta era la variedad de lo perturbador es inmensa y omnipresente.

El sistema nervioso está diseñado para proteger e incluso aumentar nuestras probabilidades de supervivencia; de ahí que desarrollamos ese extraño mecanismo de poner mayor atención a lo negativo, cuyo impacto es, por necesidad, emocionalmente intenso, lo suficiente para ponernos a la defensiva. ¿Qué defendemos?: nuestra identidad, a la que el ego considera el “yo”.

Permítame antes de continuar quitarle al ego esa etiqueta de estorbo que le hemos puesto. De su preservación y sana fortaleza sí depende, aunque usted no lo crea, nuestra sobrevivencia, porque es el mediador en la relación entre nuestra fragilidad individual y las personas de las cuales dependemos. Y todos dependemos.

En psicología cognitiva esta atención preferente a lo perturbador se llama sesgo de negatividad: los estímulos tienden a producir respuestas fisiológicas más intensas y dejar improntas que deberán servirnos en lo sucesivo para proteger nuestras identidades y vidas.

Se supone que el cerebro debe decidir qué merece atención antes de disponer de toda la información necesaria para juzgarlo. Primero detecta posible relevancia; después, si todo funciona razonablemente bien, vienen evaluación, contextualización y control cognitivo. La primera es rápida, automática y muy antigua. La segunda requiere comparación, contexto, memoria, razonamiento; la tercera es la conclusión.

El problema contemporáneo es que los entornos digitales inhiben este proceso y lo estancan en la primera etapa. Nos proporcionan información perturbadora con mucha mayor rapidez que la de nuestra capacidad para procesarla racionalmente, lo cual produce una pérdida de proporcionalidad no solo cognitiva, sino emocional, pues hay que recordar que estamos hablando de estímulos que provocan reacciones intensas.

Sentir algo muy intensamente no demuestra que aquello que lo provocó sea proporcionalmente grave, solo implica que reaccionamos más de lo que pensamos, que somos más emocionales que reflexivos. El cerebro confunde muy fácilmente la importancia con la saliencia; es decir, con lo que destaca sobre todo lo demás.

El uso constante de las redes sociales debilita los procesos mentales con los que asignamos distinta gravedad y peligrosidad a cosas diversas. Desde hace unas décadas, hemos dejado de distinguir lo malo de lo inaceptable, por eso nos conmocionamos con más fuerza ante las declaraciones irresponsables de alguien que frente a la guerra.

Todo el día y continuamente recibimos mensajes que traen una instrucción emocional: ¡indígnate! Y eso es lo primero que hacemos, con lo cual perdemos el intervalo durante el cual tendríamos que hacer preguntas para saber qué ocurrió exactamente, a quién y cuánto perjudica o beneficia, si la fuente es confiable, si su opinión es fundada, si la información es veraz.

Pero no crea usted que este fenómeno de la pérdida de proporción cognitiva y, por tanto, emocional, es moderno y derivado de las redes sociales. En realidad es tan antiguo como la humanidad misma. Ya Aristóteles pensaba en él hace milenios, cuando se ocupaba de la forma correcta de abordar la ira: enojarse con quien corresponde, por la causa adecuada, en el momento oportuno, durante un tiempo prudente y en una medida proporcionada.

La proporcionalidad, pues, no es nuestro estado espontáneo, sino resultado del proceso ya descrito líneas arriba, que además lleva su tiempo, esfuerzos cognitivos y voluntad de conocer a fondo o por lo menos saber lo suficiente para tener un juicio aceptable. Antes nos era más fácil, porque no atestiguábamos, como hoy, una competencia descarnada entre información alarmante sobre cualquier tema, proveniente de cualquier persona, instantánea, innumerable e incontenible.

En resumen, estamos todos los días y durante varias horas al día entrenando a nuestro cerebro a no pensar y embotándonos emocionalmente, en una irrefrenable imbecilización colectiva.

delasfuentesopina@gmail.com