
Cuando el Estado decide cómo deben formarse sus ciudadanos
La decisión de la Secretaría de Educación Pública de ordenar el cierre de las escuelas militarizadas antes del inicio del ciclo escolar 2026-2027 trasciende el ámbito administrativo. No se trata únicamente de una determinación sobre un modelo educativo específico; en realidad, representa una declaración filosófica acerca del tipo de ciudadano que el Estado considera deseable y, por consecuencia, del tipo de nación que pretende construir.
Toda política educativa es, antes que nada, una teoría sobre el ser humano; y ningún sistema de enseñanza es neutral, porque detrás de cada plan de estudios existe una concepción de la libertad, de la autoridad, de la justicia y de la convivencia. La escuela no sólo transmite conocimientos; moldea hábitos, jerarquías de valores y formas de entender el mundo. La Nueva Escuela Mexicana parte de una premisa profundamente humanista, formar ciudadanos críticos, participativos, solidarios y capaces de resolver los conflictos mediante el diálogo antes que por la imposición; su ideal es una República donde la autoridad sea cuestionada cuando se aparta de la ley y donde la comunidad prevalezca sobre el individualismo; en el terreno de los principios, pocos podrían objetar semejante aspiración.
La historia demuestra que las democracias sólidas necesitan ciudadanos capaces de pensar por sí mismos; porque ningún régimen verdaderamente libre puede sostenerse sobre la obediencia ciega. La deliberación pública exige individuos que comprendan sus derechos, pero también que sean capaces de argumentar, disentir y asumir las consecuencias de sus decisiones, sin embargo, toda virtud llevada al extremo termina convirtiéndose en su contrario; porque una sociedad donde nadie cuestiona deriva en el autoritarismo; pero una sociedad donde toda autoridad pierde legitimidad termina inevitablemente en la anarquía. La diferencia entre ambas no radica en la existencia de autoridad, sino en la calidad moral y jurídica que la sustenta. Desde Aristóteles hasta Tocqueville, pasando por Edmund Burke, la filosofía política ha advertido que la libertad no florece en ausencia de disciplina, sino gracias a ella. La libertad necesita límites para no destruirse a sí misma. El ciudadano responsable no nace únicamente del pensamiento crítico; nace también del autocontrol, del respeto a las normas y de la comprensión de que toda comunidad requiere orden para sobrevivir. Es precisamente ahí donde aparece la mayor interrogante sobre la transición educativa que vive México.
El cierre de las escuelas militarizadas puede interpretarse como el abandono de un modelo basado en la disciplina jerárquica; pero eliminar un modelo no significa haber construido otro capaz de producir los mismos bienes públicos por vías distintas, porque la disciplina puede enseñarse mediante la obediencia, pero también mediante la convicción. La diferencia es enorme; la primera depende de la vigilancia permanente; la segunda depende del carácter. Y formar carácter es mucho más complejo que modificar un plan de estudios.
La Nueva Escuela Mexicana apuesta por una ciudadanía crítica; pero el pensamiento crítico no consiste en rechazar toda autoridad; consiste en distinguir entre la autoridad legítima y el abuso del poder, tampoco significa convertir el desacuerdo en virtud permanente. Porque una democracia madura necesita ciudadanos capaces de decir “no” cuando corresponde, pero también de reconocer cuándo el bien común exige cooperación, respeto y cumplimiento de las reglas. Existe además una tensión que pocas veces se discute con suficiente profundidad. Mientras la NEM enfatiza la participación colectiva y el diálogo horizontal, el mundo atraviesa una etapa marcada por una competencia internacional cada vez más intensa; las cadenas de suministro se reconfiguran, la inteligencia artificial redefine el empleo, las disputas geopolíticas alteran la economía y la innovación tecnológica premia a las sociedades con mayores niveles de preparación, organización y productividad. En ese escenario, educar únicamente para la convivencia resulta insuficiente; también es necesario educar para la excelencia; porque una nación requiere ciudadanos solidarios, pero igualmente competentes; necesita sensibilidad social, pero también rigor científico, necesita diálogo, pero también disciplina intelectual.
La historia económica demuestra que los países que prosperan logran equilibrar creatividad con orden, innovación con responsabilidad y libertad con instituciones fuertes. Ninguna de esas virtudes excluye a la otra. Por ello, el verdadero desafío de la Nueva Escuela Mexicana no reside en la nobleza de sus objetivos, sino en la capacidad del Estado para ejecutarlos; porque las ideas educativas fracasan menos por sus principios que por su implementación. Si los docentes no reciben formación suficiente; si los padres de familia permanecen al margen del proceso educativo; si la evaluación académica pierde rigor; si la autoridad escolar deja de ejercer liderazgo; si la responsabilidad desaparece detrás del discurso de los derechos, entonces el resultado no será una ciudadanía crítica, sino una sociedad incapaz de distinguir entre libertad y permisividad. Una democracia no puede construirse únicamente enseñando derechos; debe enseñar, con la misma intensidad, deberes. La autoridad tampoco puede desaparecer; debe transformarse. Pasar del miedo al respeto; del castigo a la legitimidad; de la obediencia automática a la responsabilidad consciente.
El cierre de las escuelas militarizadas, por tanto, no debería entenderse como una victoria ideológica de un modelo sobre otro. Sería un error reducir el debate a una confrontación entre disciplina y libertad, entre militarización y humanismo o entre pasado y futuro. La verdadera discusión es mucho más profunda; se trata de responder una pregunta que toda generación debe hacerse ¿Cómo se forma un ciudadano libre sin dejar de formar un ciudadano responsable? Porque las naciones no se derrumban cuando sus ciudadanos cuestionan al poder; se derrumban cuando dejan de reconocer cualquier forma legítima de autoridad. Y la educación —más que cualquier otra institución— es el lugar donde esa diferencia comienza a construirse.
La educación nunca es únicamente una política pública; es la arquitectura moral de la nación que todavía no existe.
jcdovala@gmail.com




