México frente al regreso de Washington
La geopolítica de América Latina ha cambiado drásticamente desde el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca. De pronto, la región volvió a girar alrededor de Washington. En consecuencia, México fue perdiendo protagonismo.
Hoy el país tiene menos liderazgo, pocos aliados y su margen de negociación se redujo frente a su principal socio, justo cuando la Oficina del Representante Comercial de Trump anunció que el T-MEC no se renovará automáticamente, sino que entrará en un proceso permanente de revisión y negociación.
Estados Unidos volvió afilado. Y cuidado con pensar que todo obedece a la personalidad de Donald Trump. No. Lo que vemos es un reordenamiento de sus prioridades. América Latina, y particularmente México, vuelven a ser de interés en el tablero estadounidense.
Fue la competencia con China y el avance del crimen organizado lo que llevó a Estados Unidos a replantear su estrategia continental. La Estrategia de Seguridad Nacional presentada por la administración Trump señala con precisión ese nuevo rumbo.
Los estadounidenses buscan recuperar su influencia en la región, reducir el margen de maniobra de China y, atención, restablecer el orden en territorios dominados por el crimen organizado.
Se trata de construir una red de aliados confiables para competir en términos comerciales y para combatir a las organizaciones criminales, hoy consideradas amenazas para la seguridad nacional.
Ya no es solo el comercio. Ahora también cuentan la seguridad, los recursos estratégicos y la política.
Basta escuchar los discursos de Donald Trump o del secretario de Estado, Marco Rubio, para entender los criterios de esta nueva relación. Serán aliados los países que reduzcan su dependencia de China, contengan la migración ilegal, combatan al narcotráfico, protejan sectores estratégicos y ofrezcan certeza jurídica a las inversiones estadounidenses.
Esta visión trasciende coyunturas políticas. No desaparecerá al irse Trump. Puede cambiar el tono, pero el objetivo permanecerá. Washington está mirando de nuevo a América Latina y así será por mucho tiempo.
Y es aquí donde México tiene que remar contra corriente.
Si Estados Unidos está decidido a recuperar su influencia en la región, como lo demostró con Venezuela, ¿cómo llega México a este nuevo escenario? ¿Con qué elementos negociará una relación que ya no depende únicamente del comercio y la vecindad, sino también de la seguridad y la coincidencia de intereses?
El problema es que, durante los últimos años, México usó su posición geográfica como estrategia. Supuso que la vecindad con Estados Unidos seguiría bastando para negociar. Hoy descubre que no tiene una estrategia integral y que sus alternativas son pocas.
No leyó los cambios en el mercado global y soslayó las tendencias políticas. Ignoró las señales que anticipaban el endurecimiento de la política exterior estadounidense frente al crimen organizado.
Descuidó la formación de alianzas regionales, descalificó a gobiernos del continente por diferencias ideológicas, no avanzó en la diversificación de mercados, dejó crecer la inseguridad y perdió competitividad.
Estas decisiones debilitaron su liderazgo regional y redujeron su margen de negociación frente a la Casa Blanca.
La pregunta no es qué pretende Estados Unidos. Eso ha quedado claro. Lo quiere todo. La cuestión es qué debe hacer México para restablecer su liderazgo regional y ampliar nuevamente su margen de negociación.
La respuesta no está en Washington. Está en México.
Antes de buscar nuevos aliados, México debe volver a ser un socio confiable y exitoso, un ejemplo a seguir. Es necesario, por tanto, restablecer la paz, garantizar el Estado de derecho y elevar la competitividad. Son tareas más complejas que renegociar un tratado, pero es la única forma de recuperar el peso perdido.
Como dicen, primero hay que ordenar la casa.




