
Monterrey, NL.- Hemos aprendido a medir el tiempo en productividad, el ejercicio en kilómetros, las comidas en gramos de proteína y el éxito en metas cumplidas. Hasta el descanso necesita una justificación.
Después de varios años de pantallas, videollamadas y vidas cuidadosamente editadas, algo tan sencillo como hacer una serie de poses frente a otra persona empieza a sentirse casi revolucionario.
Resulta curioso que una de las nuevas formas de convivencia entre universitarios consista en algo tan poco productivo como competir por “quién tiene más aura”.
Comenzó en TecMilenio, pero ya se llevó a cabo en el Tec de Monterrey, la UANL y la UDEM.
Lo que podría parecer una simple tendencia de internet empieza a parecerse más a un fenómeno social.
Y quizá por eso vale la pena preguntarnos qué estamos viendo.
Después de la pandemia, la necesidad de construir la mejor versión de nosotros mismos parecía casi una obligación. El fitness, el wellness, la alimentación saludable, los viajes, las rutinas y una vida cuidadosamente “aesthetic” formaban parte de ese ideal.
Byung-Chul Han llamó a esto “la sociedad del rendimiento”: una cultura en la que la exigencia ya no siempre viene de una autoridad externa, sino de nosotros mismos. Tenemos que ser más productivos, más saludables, más exitosos y, de alguna manera, mejores que ayer.
Entonces aparece el cringe.
Paradójicamente, puede ser liberador.
Una batalla de aura permite hacer exactamente aquello que la cultura de la perfección intenta evitar: exponerse al ridículo.
Johan Huizinga, en “Homo Ludens”, entendió el juego como una dimensión fundamental de la cultura: una actividad con reglas propias, delimitada en tiempo y espacio, que no necesita una utilidad inmediata para tener valor.
Eso es, en buena medida, una batalla de aura.
Y quizá por eso resulta particularmente interesante que esté ocurriendo en Monterrey.
En una ciudad asociada con la productividad, el trabajo y el emprendimiento, cientos de jóvenes están encontrando una razón para unirse alrededor de algo que carece de utilidad.
No están emprendiendo, no están haciendo networking, no están mejorando su cuerpo. Están jugando.
Y en una ciudad que nos enseña constantemente a convertir nuestro tiempo en inversión, jugar puede ser un acto de desobediencia.
Después de años en los que la convivencia estuvo atravesada por pantallas, volver a encontrarnos físicamente también significa recuperar la posibilidad de improvisar, equivocarnos y hacer el ridículo sin editarlo después.
Monterrey conoce bien la lógica contraria: trabajar, competir, producir, avanzar. Por eso quizá resulta tan interesante que sus universidades estén convirtiendo el absurdo en un espacio de encuentro.
Tal vez la verdadera aura no pertenezca a quien domina la escena, sino a quien ya no necesita controlar cómo se ve dentro de ella.
Quizá el verdadero acto de resistencia no sea dejar de querer ser nuestra mejor versión, sino recordar que no tenemos que ser una versión de nosotros mismos todo el tiempo. (AGENCIA REFORMA)




