
Todo el mundo miente
Por: Jose Luis Cuevas Quintero
La economía, formalizada como ciencia a partir de los postulados filosóficos de Adam Smith, se ha transformado en un satélite del conocimiento numerado con el paso de los años. Más allá del pater putativus filósofo con las constantes tentativas de parricidio, esta capacidad de cambio y adaptación entraña su naturaleza más profunda. La versatilidad.
El estudiante de economía sabe “un poco de todo” debido a que los planes de estudio buscan atender las muchas áreas del conocimiento que abarca esta ciencia. Luego, podrá especializarse en alguna en función de sus capacidades, tanto por la vía académica como a través del mercado laboral. Estadística, sociología, micro, macro, regional, género, econometría, historia económica y un etcétera tan largo como los propios planes o las listas de buenas intenciones.
No obstante, en la condición de saber un poco de todo, se corre el riesgo de no conocer nada en concreto. Tal vez en ello estribe la razón de que los intereses educativos se encaminen más hacia la medición y la estandarización matemática, que a través del sendero de la discusión filosófica o la historia.
Aunque es un signo de los tiempos que representa los intereses del mercado, con todo lo que eso implica, las posturas no son antitéticas, sino complementarias.
A mitad de este proceso de matematización ¿qué hacer cuando las estadísticas demuestran ser falibles, en dónde buscar las claves de unos datos que son capaces de engañarnos, a pesar de los rigurosos procesos de validación que deben atravesar para ser empleados en la investigación o para la toma de decisiones?
No me refiero a los casos en que los procedimientos de corroboración resultan ineficaces, sino aquellos que recaban respuestas falseadas por sus emisores. Por supuesto, las razones de esto son variopintas y no se mantienen exentas de polémica.
El economista y ex analista de Google, Seth Stephens-Davidowitz, presenta una reflexión profunda, detallada y simpática sobre el origen de este fenómeno en “Todo el mundo miente” (Capitán Swing, 2019). Un libro motivado por la curiosidad y las preguntas inteligentes, donde la aparición de una interrogante lleva a la siguiente de forma “urobórica”.
Stephens-Davidowitz encontró que algunas personas son capaces de mentir ante una encuesta sobre sus preferencias, ingresos, elecciones o experiencias en un intento por averiguar las razones por las cuales las cosas que deseaban no ocurrieron. El motivo para recurrir a la posverdad radica en declarar una postura que les garantice bienestar, seguridad personal o reconocimiento, aunque eso no represente la realidad.
En contraposición con esta simulación, son capaces de confesarse ante los teclados de sus teléfonos y ordenadores como si estuvieran recostados sobre un diván para externar sus dudas más peregrinas.
Recurrir a internet para obtener certezas de la manera más expedita pareciera una nueva forma de acudir ante el oráculo délfico, empero, olvidando su máxima: conócete a ti mismo.
Como en la mayéutica de Sócrates, otra vez los filósofos metiendo las narices, no es casualidad que la parte más sustancial e interesante de la lectura no radique en el destino sino en el camino para llegar a hasta ahí. Es decir, en la función de dudar y generar cuestionamientos que ocasionalmente brindarán alguna respuesta.
El libro muestra la pugna entre el instinto y la investigación, a partir de la pregunta ¿qué está buscando la gente en internet? Por lo tanto, cuáles son sus intereses, preferencias, elecciones o ideas; y de qué manera, esto se puede incorporar en la interpretación de los datos.
Echando mano de la explotación de información a gran escala es que las ciencias sociales, economía entre ellas, se están convirtiendo en disciplinas más tecnificadas para seguir desarrollando la capacidad de cuestionarse a sí mismas y brindar medios que permitan cambiarnos la vida para mejor.




