viernes, julio 3, 2026
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EL GALIMATÍAS DE LA SEGURIDAD

La seguridad es un estado mental

Eleanor Everet

 La búsqueda prioritaria del ser humano es la seguridad mental. Es el escudo psíquico del instinto de supervivencia, aquello que le permite al individuo dormir, comer, pensar, vincularse, proyectar, actuar y resolver con una relativa estabilidad, no carente de inquietudes ni problemas, mientras sean manejables.

Por eso la seguridad no se reduce a un techo, un ingreso, una familia, un grupo de apoyo y una vida tranquila; todos esos elementos son sus formas externas, ciertamente imprescindibles, pero no suficientes. Lo fundamental es la sensación de estar seguro, basada en la creencia de que, aunque el entorno se mueva, la persona conserva algún margen de previsión, respuesta y, por tanto, control.

Cuando sucede algo que está fuera de ese margen puede rompérsenos la estabilidad en un segundo y, por tanto, la seguridad. No es necesaria una catástrofe, solo basta que un acontecimiento cualquiera no esté en nuestro catálogo de lo que podía ocurrirnos en ese momento. Se activa nuestro mecanismo autónomo de alarma, el cuerpo se pone en tensión, entramos en pánico y luego en crisis. Mire, tan sencillo como perder el celular.

Cuando entramos en crisis, lo primero que hacemos es poner la vida en suspenso hasta reestabilizarnos. Y aquí tenemos “de dos sopas”: nos obsesionamos mentalmente con armar el rompecabezas imaginario del control, para sentir algún alivio, o nos desprendemos de esa actividad frenética, circular y torturante del pensamiento, aceptamos que la seguridad no es más que una ilusión y confiamos en la vida.

Pero mire, justo para que no nos pasen estos episodios de descontrol es que nuestra mente crea escenarios catastróficos. Se trata de que los integremos al catálogo de las posibilidades, de manera que estemos preparados en caso de que sucedan. Solo que cuando hacemos esta operación no contamos con nuestro eterno y nunca bien ponderado compañero: el miedo, ese delincuente emocional que asalta nuestra psique y se esconce a la mirada de la conciencia, para susurrarnos horrores al oído hasta ponernos frenéticos, ansiosos, angustiados, sin que hayamos apuntado las placas.

Volvamos al redil. Para existir y evolucionar, el ser humano necesita reducir su vulnerabilidad, lo cual hace coexistiendo con sus semejantes. Cuando la vida se organiza socialmente, la seguridad se vuelve un asunto muy complejo.

Para empezar, se enajena y pierde su cualidad principal de estado mental; es decir, se coloca fuera de nosotros y se pone en manos de los líderes; luego se jerarquiza: más seguros estamos y nos sentimos mientras más ascendemos socialmente, más poderosos nos volvemos y más recursos tenemos para “administrar seguridad”; más vulnerables, mientras más poder y libertad hemos cedido.

Por eso el ser humano no busca únicamente sobrevivir, sino escalar, ocupar un lugar que le permita sentirse menos expuesto y, si se puede, poderoso, porque el poder literalmente embriaga y se vuelve adictivo: activa circuitos de recompensa que generan dopamina, vinculada con recompensa, motivación, placer y sensación de agencia, que es la experiencia interna de que yo soy quien actúa y produce un efecto en el mundo; es decir, quien controla, y como el espejismo del control es el pilar que sostiene la estructura de la seguridad interna, una vez que nos sentimos poderosos ya no queremos volver a sentirnos vulnerables.

No podemos ignorar que existe también el cómodo estado de necesidad, vulnerabilidad y dependencia permanentes, pero no deja de ser un intento de control de quién desea hacer sentir a otro obligado a proveerlo y protegerlo, ni la moneda de cambio en las relaciones entre quien necesita controlar desde el poder y quien le hace creer que está siendo controlado. La humanidad se divide en su mayoría en estos polos, y créame cuando le digo que esto es producto de la desigualdad más grave que existe: la del conocimiento. A más ignorancia mayor vulnerabilidad.

Y ya ve por qué satisfacer la necesidad psicológica básica de sentirse seguro se vuelve todo un galimatías.

delasfuentesopina@gmail.com

 

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