
Una de las ideas más atractivas para mí, durante la visita a China, fue la idea rectora de que la infraestructura conecta lugares y la conectividad se convierte en desarrollo.
Un ejemplo impresionante es el ferrocarril que conecta China con Laos y, particularmente, el tramo ubicado en la provincia de Yunnan, en el suroeste de China. El puente Beipanjiang pasa por zonas montañosas de enorme complejidad. Para construirlo hubo que resolver problemas geológicos importantes en una zona de montañas. A manera de metáfora, pero muy cercano a la realidad, el expositor dijo, “antes ese tramo se recorría en horas, ahora solo en minutos”.
Sea como fuere, el ejemplo palpable es que una montaña deja de ser un aislamiento. Una comunidad puede quedar más cerca de otra. Los caminos también preservan cultura.
Y aquí aparece otra de las ideas atractivas de este viaje: la manera en cómo China aborda la pluriculturalidad nacional.
China reconoce oficialmente 56 grupos étnicos. La gran mayoría de su población pertenece al grupo Han; de acuerdo con los últimos censos, los grupos considerados minorías étnicas representaban el 8.89 % de la población.
Lo más interesante es observar qué ocurre en algunos de los lugares donde esas comunidades tienen una presencia histórica y cultural importante.
Porque, al menos en los sitios que visitamos, la política hacia las minorías no parecía reducirse a una sola acción. Aparecía una combinación de infraestructura, educación, preservación cultural, turismo, memoria histórica y formación de nuevas generaciones.
Un ejemplo está en Beijing. En la avenida Chang’an, una de las más importantes de la capital, se encuentra el Palacio de la Cultura Étnica. El edificio forma parte de los grandes símbolos arquitectónicos y alberga un museo con más de 50 mil piezas relacionadas con los distintos grupos étnicos de China. Hay libros antiguos, herramientas, vestimentas, instrumentos musicales, documentos, objetos religiosos y numerosas expresiones de la vida cotidiana.
Puede parecer simplemente un museo. Pero conservar la memoria de un pueblo nunca es solamente guardar objetos detrás de una vitrina. También significa decir que esa historia forma parte de la historia de todos.
Y esa idea me resultó particularmente cercana.
En México sabemos que preservar la memoria de los pueblos indígenas no es un asunto folclórico. Tiene que ver con identidad, dignidad, lengua, territorio, conocimiento y derechos.
Otro ejemplo lo encontramos mucho más al noreste, en la ciudad de Yanji, capital de la Prefectura Autónoma Coreana de Yanbian, en la provincia de Jilin.
Ahí está la Universidad de Yanbian, actualmente incorporada a la iniciativa nacional Double First-Class. Es una universidad importante de la región y tiene una relación particularmente estrecha con la cultura coreana y el entorno bilingüe de la prefectura.
Esta universidad, situada en una región con identidad étnica propia, prepara a sus estudiantes para participar en la economía y en el mundo contemporáneo, desde una óptica respetuosa de la cultura ancestral.
Medicina, agricultura, ciencias, relaciones internacionales, y principalmente estudios étnicos, conviven con los estudios vinculados con la cultura y la lengua coreanas. Preservar una cultura no necesariamente significa encerrarla en el pasado. También puede significar darle herramientas para competir en el presente. Eso lo vimos nuevamente en Yanji, donde visitamos el Centro de Actividades Juveniles que cuenta con espacios dedicados a la preservación y difusión de la cultura tradicional.
Había actividades relacionadas con artes tradicionales, impresión antigua, elaboración artesanal de papel, teatro de sombras y conocimientos de medicina tradicional, pero también cursos de robótica, y programación. La combinación resulta interesante.
No se trata de decirle a un joven: “elige entre tu cultura y la tecnología”. El mensaje parece ser otro: puedes conocer de dónde vienes mientras aprendes las herramientas que necesitas para decidir hacia dónde quieres ir.
Y quizá ahí está una de las grandes lecciones que me llevo de este viaje.
Cuando hablamos de pueblos indígenas en México, con frecuencia la conversación queda atrapada entre dos extremos: conservar la tradición o incorporarse a la modernidad.
Pero quizá la pregunta correcta sea otra.
¿Cómo hacemos para que la modernidad no tenga como precio la desaparición de la identidad? Y, al mismo tiempo, ¿cómo hacemos para que la defensa de la identidad no condene a nuestros pueblos a quedarse al margen de la tecnología, la educación y las oportunidades?
No tengo una respuesta china para un problema mexicano. Ni creo que debamos copiar modelos de otros países como quien compra una camisa de talla única. Pero sí creo que vale la pena mirar.
En este sentido, quiero reconocer a las compañeras mexicanas Laura Pérez Pérez y Anahí Estefanía López Aguilar, que expusieron –con claridad, bien documentada y precisa–, ante la Comisión Nacional de Asuntos Étnicos de China algunos de los cambios derivados de la reforma al artículo 2º de nuestra Constitución, publicada en septiembre de 2024. Y eso me parece especialmente valioso.
México está viviendo un momento particularmente importante para los pueblos y comunidades indígenas y afromexicanas. La reforma constitucional de 2024 modificó de manera profunda el reconocimiento de sus derechos y su relación con el Estado.
Por eso este viaje no fue solamente una oportunidad para conocer China. Porque después de ver carreteras, puentes, universidades, museos, jóvenes aprendiendo robótica y culturas que buscan conservarse sin quedar fuera del futuro, una pregunta resulta inevitable: ¿qué podemos aprender nosotros de todo esto sin dejar de ser México?




