
Se dice que algunas ausencias se convierten en una forma de presencia. Hay presencia en una fotografía pegada en un poste de luz, un nombre escrito en una pancarta de protesta, una madre que recorre los campos con una pala, un padre que ha dejado intacta la habitación de su hijo. Y esta presencia es hoy por hoy una tragedia pública, en una herida profunda de nuestra vida colectiva.
Este 30 de agosto se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. En 2026, la fecha cobra un significado especial pues han pasado veinte años desde la adopción de la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas. Las Naciones Unidas nos recuerdan que no puede haber normalidad mientras una sociedad desconoce el paradero de sus desaparecidos.
La desaparición, cualquier desaparición es dolorosa, Pero hay una en particular que además es vergonzosa para el Estado. Y se trata de la desaparición forzosa. Una persona desaparecida es aquella cuyo paradero se desconoce y cuyas circunstancias exigen sea buscada. Su desaparición puede ser el resultado de un delito cometido por particulares, un accidente, una privación ilegal de la libertad u otras circunstancias. Pero la desaparición forzada, en cambio, implica la privación de la libertad por parte de agentes del Estado, o de personas o grupos que actúan con su autorización, seguida de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o del ocultamiento de la suerte o el paradero de la persona afectada. Lo que hace que este delito sea particularmente grave es que, con ello, la víctima queda fuera de la protección de la ley. Por tal motivo, constituye una de las violaciones más graves de los derechos humanos.
Los números dan cuenta de esta tragedia. Detrás de cada registro oficial hay una vida en suspenso. Según datos del Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia A. C., en los tres últimos años hay un promedio de 12 mil personas desaparecidas durante año. Estas no son solo cifras, representan a miles de familias que viven en la cruel frontera entre la esperanza y el dolor.
Quizás por eso la literatura mexicana ha comenzado a preguntarse cada vez más cómo narrar aquello que parece imposible de contar. En Cocodrilos, de Magali Velasco, la ficción se acerca al mundo de las madres buscadoras y a la angustia de quienes enfrentan no solo la ausencia de sus hijos, sino también la impunidad y la indiferencia. La desaparición deja de ser una estadística y adquiere rostros, voces y una pregunta que no da tregua: ¿qué hace una madre cuando las instituciones no logran encontrar a la persona que ella no puede dejar de buscar?
Otras Novelas como Furia, de mi paisana oaxaqueña Clyo Mendoza, también retratan paisajes donde la violencia contemporánea y el propio territorio parecen devorar a las personas y devolver cuerpos. La desaparición no siempre se narra a través del lenguaje de un expediente judicial; a veces, la literatura revela su dimensión más profunda: un país en el que alguien puede salir de casa y, de repente, convertirse en una ausencia.
La literatura devuelve la individualidad a quienes las estadísticas reducen a números. Pero la ley conlleva la obligación de buscar, investigar, sancionar, reparar y garantizar la no repetición de tales actos.
México tiene que diseñar una política efectiva para atender este tema. La experiencia internacional demuestra que, incluso tras periodos de violencia masiva, existen formas de afrontar el pasado. Argentina creó mecanismos para documentar las desapariciones cometidas durante la dictadura e hizo de la memoria, y la investigación los pilares fundamentales de su reconstrucción democrática. Otros países latinoamericanos han establecido comisiones de la verdad, instituciones especializadas y mecanismos de búsqueda. Ninguno puede afirmar que el problema se haya resuelto por completo; las heridas que deja la desaparición pueden perdurar durante generaciones.
México debe aprender de esa perseverancia. Una desaparición no termina cuando se archiva un expediente. Tampoco termina cuando la atención de los medios se desvanece. Mientras se desconozca el paradero de una persona, la ausencia persiste.




