
Hoy, viendo un caso en mi clase de Política de Empresa II, salió un tema que no había pensado de esta manera y que, mientras más lo discutíamos, más ejemplos se me venían a la cabeza. La lógica de emprender parecería bastante simple: encuentras un problema y buscas cómo solucionarlo.
Pero resulta que muchas veces hacemos exactamente lo contrario. Primero encontramos la solución. Nos enamoramos de una tecnología, conocemos una metodología nueva, vemos una plataforma que hace maravillas, compramos una máquina buenísima o regresamos de algún curso convencidos de que acabamos de descubrir el hilo negro. Y de ahí viene el pequeño detalle: Ahora hay que encontrar para qué sirve.
Parece broma, pero pasa muchísimo. Es como comprarte unos esquís en Saltillo porque estaban buenísimos y después empezar a buscar dónde demonios usarlos.
El peligro no está en conocer nuevas herramientas. Al contrario. El problema empieza cuando nos enamoramos tanto de una que terminamos buscando a fuerza un problema que la justifique.
Y creo que con la inteligencia artificial tenemos un ejemplo buenísimo. Hoy escuchamos constantemente a empresas preguntar: “¿Cómo podemos meter inteligencia artificial aquí?”
Yo mismo soy bastante entusiasta con el tema, pero quizá estamos empezando por donde no es. Antes habría que preguntar: ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué nos quita demasiado tiempo? ¿Qué le molesta al cliente? ¿Qué proceso cuesta de más? ¿Qué problema tenemos?
Y ya después vemos si aquello se arregla con inteligencia artificial, con una persona, cambiando un proceso o, aunque duela aceptarlo, con un Excel bien hecho.
Porque también tenemos esa costumbre de complicar lo sencillo. Compramos un software carísimo para resolver algo que antes llevaba una secretaria en una libreta. Contratamos un consultor para implementar una metodología y, cuando no funciona, en lugar de cuestionar la metodología, intentamos acomodar toda la empresa alrededor de ella.
Y ahí empieza el juego. Cuando uno ya metió dinero, tiempo, juntas, presentaciones y hasta presumió el proyecto al consejo, reconocer que aquella gran idea no tenía tanto sentido se vuelve dificilísimo.
Ya no estamos defendiendo una solución. Estamos defendiendo nuestro ego. Entonces aparecen frases padrísimas: “El mercado todavía no lo entiende”. “El cliente necesita educación”. “Tenemos que darle tiempo”.
Puede ser. Pero también existe otra posibilidad: Que nadie lo necesita. Y creo que ahí está una de las cualidades más difíciles de desarrollar cuando uno emprende o dirige una empresa: saber soltar una buena idea.
Porque una idea puede ser buenísima y aun así no servir para tu proyecto. Una tecnología puede ser impresionante y no resolverle nada a tu cliente. Y una metodología puede haber funcionado espectacularmente en Harvard, Silicon Valley o Japón y hacer agua cuando la quieres meter a fuerzas en una empresa de Saltillo.
No todo lo nuevo es innovación. Innovación, al final, debería significar que resolviste algo mejor. No que compraste algo más moderno.
Desde hoy me quedó una pregunta que creo que vale la pena llevar a cualquier junta donde aparezca una nueva gran iniciativa. Antes del presupuesto, antes del PowerPoint, antes del nombre del proyecto y, sobre todo, antes de diseñarle logo: ¿Qué problema estamos resolviendo? Si todos se quedan viendo durante cinco segundos… aguas. Porque a veces el fracaso de un emprendedor no está en no encontrar una solución. Está en haberse enamorado tanto de una, que terminó inventándose el problema.




