
En una empresa donde trabajé había un decálogo con una frase que me gusta mucho: “Comunicación: no asumas que todos saben lo que tú sabes, abusa de la comunicación”.
Suena fácil. Hasta que uno entra a una junta y descubre que el arquitecto, el abogado y el de ventas llevan veinte minutos diciendo “sí”, pero cada uno le está diciendo que sí a una cosa distinta.
Para explicarme, quiero empezar por mi familia.
Dos de mis hermanos, Diego y Angela, tienen gusto y facilidad para la música. Diego le dedica tiempo y empeño a dominar la guitarra. Detrás de lo que toca hay práctica, paciencia y horas que los demás no necesariamente vemos.
Angela tiene una voz que yo considero una bendición. Y, en ocasiones, me daba la impresión de que esa facilidad la llevaba a pensar que cualquiera que quisiera cantar podía hacerlo así.
Yo soy la evidencia de que el asunto requiere más consideraciones. En el mejor de mis intentos, seguramente espanto hasta a la esponja del baño.
Fuera de juego: cuando algo se nos facilita, podemos perder de vista cuánto le cuesta a alguien más.
Una parte del problema tiene nombre más sofisticado: la maldición del conocimiento. Colin Camerer, George Loewenstein y Martin Weber la estudiaron en 1989. Habla de la dificultad de dejar de lado información que ya tenemos para juzgar desde la perspectiva de quien no la tiene.
En pocas palabras: como yo ya sé, se me olvida que tú todavía no.
El ejemplo musical trae otra cosa. Saber y poder hacer no son lo mismo. Explicarme una nota no significa que yo pueda cantarla como Angela; ver a Diego tocar tampoco me transfiere sus horas de práctica. Entender una instrucción es apenas una parte de aprender a ejecutarla.
Y esto en las empresas pasa todos los días.
El financiero ve algo evidente en una tabla. El creativo encuentra una idea donde los demás vemos una hoja en blanco. El abogado detecta un riesgo en una cláusula que nosotros ya íbamos a firmar. Precisamente por eso los necesitamos: cada uno aporta algo distinto.
El problema empieza cuando convertimos nuestra fortaleza en requisito universal y soltamos una frase horrible: “Pero si está facilísimo”.
¿Para quién?
Lo que tú resuelves en diez minutos puede deberse a diez años de experiencia. Y eso que haces casi sin pensarlo puede exigirle al de enfrente una explicación, un ejemplo y varios intentos. Eso no lo hace flojo ni incapaz.
Por eso, a la frase del decálogo yo le agregaría: tampoco asumas que todos tienen tus mismas facilidades.
Y cuidaría cómo entendemos eso de “abusar de la comunicación”. Mandar cuarenta mensajes no garantiza claridad. A veces solo garantiza cuarenta notificaciones.
Ayuda más explicar qué necesitamos, para qué, quién lo hará y cuándo; mostrar cómo se ve un buen resultado y escuchar qué entendió la otra persona. Preguntar “¿cómo lo vas a abordar?” puede decir mucho más que un “¿sí quedó claro?” frente al jefe.
También nos toca reconocer cuándo necesitamos aprender. Preguntar debería ser parte del trabajo. Sale bastante más barato que fingir que entendimos y descubrir el malentendido cuando ya se construyó, se publicó o se vendió.
Al final, tener talento también exige cierta humildad: aceptar que tu facilidad no es la medida de los demás.
Diego puede poner la guitarra y Angela la voz. Yo puedo ayudar a organizar la reunión. Nada más no confundan trabajar en equipo con ponernos a todos a cantar.
La esponja ya sufrió suficiente.




