martes, julio 14, 2026
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VIVIR ES AHORA

Lealtades que matan: una llamada al liderazgo consciente

¿Sabías que nuestro cerebro valora la pertenencia? Desde el principio de la humanidad, el permanecer en comunidad permitía cuidar la vida y colaborar en el crecimiento de los núcleos sociales: implicaba la protección a los más vulnerables. La exclusión, por otra parte, significaba la muerte, es decir, estar condenado a vivir en soledad ante las amenazas de las inclemencias del tiempo y las bestias salvajes.

En la actualidad, tenemos impresa la creencia de que, si no pertenecemos, podríamos llegar a morir, aunque las condiciones sean completamente diferentes. Nuestro cerebro, a través del paso de la historia, adaptó sus actividades para poder pertenecer: las redes construidas a través de relaciones sociales y afectivas activan circuitos de recompensa, es decir, infunden a nuestro torrente sanguíneo dopamina y oxitocina, hormonas de la felicidad, cuando sentimos aceptación. De igual manera, la exclusión activa respuestas de amenaza a través de nuestra amígdala.

Es por eso que, mantener lealtades, disminuye la ansiedad a corto plazo ya que reduce el riesgo de rechazo, pero también condiciona al sistema límbico a priorizar “seguridad” sobre “verdad y aprendizaje”. Además, la toma de decisiones se apoya en la corteza prefrontal: bajo presión emocional o miedo al conflicto, esta área reduce su actividad, y buscamos decisiones rápidas o conservadoras. En resumen: lealtades arraigadas sesgan la evaluación racional y emocional, disminuyendo la asertividad y la claridad moral.

Las lealtades ocultas, esas promesas no escritas hacia personas, ideas o roles, pueden convertirse en bombas silenciosas que erosionan la confianza y destruyen relaciones. En la familia, la lealtad ciega obliga a mantener patrones que no sirven, silencia la verdad y perpetúa resentimientos. En el trabajo, las lealtades hacia líderes, grupos o rutinas impiden cuestionar prácticas ineficaces, bloquean la innovación y generan favoritismos que minan la equidad. Cuando actuamos por lealtad en lugar de por criterio, nuestra visión se nubla: confundimos protección con justicia, preservación con progreso, crecimiento con traición, y terminamos sacrificando asertividad y salud por aceptación.

En la familia, la lealtad suele nacer del afecto y la historia compartida; aquí la asertividad requiere equilibrio entre el cuidado emocional y la verdad. Decir “te amo y esto me duele” puede transformar dinámicas. En el trabajo, la lealtad puede ser funcional o tóxica: la asertividad exige claridad en roles y resultados. Poder comunicar: “valoro nuestra relación, pero nuestro compromiso es con la calidad y la equidad”. En ambos ámbitos, la responsabilidad consciente garantiza que la lealtad fortalezca a las personas, en vez de destruirlas.

¿Qué estás protegiendo con tu silencio y tu actitud? ¿Y qué precio estás pagando en tu integridad y la salud y confianza del grupo?

La lealtad es una virtud, pero cuando esa lealtad se da a través del miedo al rechazo o de creencias limitantes como: “para ser bueno necesitas aguantar todo”, puede traer grandes consecuencias: la pérdida de la confianza por la incoherencia, heridas que siguen sangrando por conflictos no resueltos, decisiones pobres y poco acertadas por optar por lo familiar o “lo que siempre se hace” en lugar de lo justo y lo efectivo, y la desmotivación de crecer y potenciar la riqueza, en todos sus sentidos, por la percepción de favoritismos o silencios hostiles y pactados.

Si actuaras desde la responsabilidad y no desde el miedo al rechazo, ¿qué decisión tomarías hoy que beneficiaría más a todos?

Para actuar con más asertividad y fortalecer un liderazgo consciente a través de la responsabilidad consciente, requerimos convertirnos en adultos emocionales. Que tengan el valor de detectar sus lealtades sabiendo que, reconocerlas, no justifica tu mal actuar ni te convierte en víctima que no se hace responsable. Sino te da la fortaleza para recalibrar tus intenciones y mantener el equilibrio y la paz que permita alcanzar resultados éticos y eficaces.

En este día, te invito a comenzar a entrenar la pausa prefrontal: antes de reaccionar, respira 10 segundos, nombra la emoción y formula la intención con claridad. Esto facilita que la corteza prefrontal retome el control. Practica la comunicación responsable: expresa tu posición con respeto, evidencia y límites claros. Y elige ser el “adulto”: responsable y justo. Establece acuerdos explícitos sobre roles y consecuencias.

Recuerda que responsabilizar no es buscar un culpable para castigar ni para justificar tus conductas infantiles e insanas. Es clarificar expectativas y ofrecer apoyo para el crecimiento. Seamos promotores de la cultura del feedback y la escucha activa: transformemos el error y el conflicto en una oportunidad de aprendizaje y de cercanía, no de condena eterna.

 

coachteylealg@gmail.com